lunes, 24 de julio de 2017

Donde otros nos sueñan...

            

            
               En los poemas finales de la segunda parte de Ultramor, Alfonso Brezmes sitúa al lector en los sueños, en los ideales, en aquello mantiene el color del cotidiano. Sí, después del tiempo nuestro poeta nos lleva a mirar  los sueños,  esos que los poemas emplean (pg. 71), esos donde el poeta está “sumergido” y desde donde tiene que emerger y “salir afuera” a rescatar (¿la intuición poética?). º

              Confesó que leía
               mis poemas para coger sueño,
               sin darse cuenta de que,
               en realidad, eran mis sueños
               los que usaban los poemas
               para entrar en ella.

             Más adelante, el sueño del poeta lleva a considerar la realidad centaurina de ser hombre-animal. Un binomio que el yo literario subraya al decir 
“que siga durmiendo / 
el antiguo animal que me habita /
para que, cuando logre salir, /
 sea yo también el que salga/
…/ 
y alguien dirá que nos vio/ 
claveteando de pasos la noche, fundidos en una sola montura” 
(pg. 85). 

              Estos versos recuerdan la imagen de Sagitario donde el instinto y la razón traban una lucha constante. Será esto lo que quiere decirnos el poeta, que hay que superar esa lucha donde la razón (parte de la realidad) quiere sofocar el instinto –la intuición. Acabar con la intuición es también sofocar los sueños, o el hecho de soñar.

              Miremos por donde miremos da la impresión que, en esta segunda parte del poemario, importa soñar, intuir, dar luz a la razón ideal.  El poeta sueña, imagina lugares 

que, de tanto imaginarlos, / 
poco a poco se desplazan, / 
hasta aparecer un día/
en otro punto del espacio.” 

               Es vital estar “donde otros nos sueñan/ y nunca estemos aquí/ donde nadie nos nombra” (pg.87).

sábado, 22 de julio de 2017

El tiempo como camuflaje...

        

                   La segunda parte de ULTRAMOR, con 32 poemas, Alfonso Brezmes nos sitúa ante un “corazón que presiente” indicándonos que lo importante es la intuición (deseo) de la realidad, más allá de la propia realidad: “no existe la realidad/-dice- es deseo el que la hace posible” (pg. 15). Con estas expresiones de texturas metafísicas y platónicas, lo espiritual toma un sentido casi corporal. 

                  Es en este contexto donde nuestro poeta coloca unos versos sobre el tiempo.

              El tiempo, nos enfrenta con la realidad más real, aquella que “nos encontró despiertos”-dice- (pg. 59), dejando lo ideal en el sentimiento profundo de una pregunta sin resolver. Estar despiertos en esta realidad confunde dejándonos a merced de una paradoja, la de no ser y ser: “los fantasmas no existen, porque los fantasmas somos nosotros” (pg. 58). El tiempo, ese que el poeta puede detener con un Nevermore,:  “en su palabra todo se det(iene)” (pg.62). Porque la palabra escrita hecha literatura “siempre vence” a pesar de ese sentimiento kafkiano que acompaña a quien escribe: sentirse libre en la cárcel de su ser mismo (ver pg.64).

             El tiempo, que el poeta nos expone en esta segunda parte, es algo más que tiempo cronológico, es el camuflaje “de hechos cotidianos, de pequeños accidentes impalpables/ que poco a poco nos devuelven a la vida” (pg.68). Ese tiempo, se transforma en droga de la noche que
vuelve/ 
con su dosis exacta para hundirse/ 
en la tinta sedienta de palabras/ 
y con ellas iniciar sobre el papel/ 
su viejo ritual de apariciones” (pg.69). 

Es en la noche y en sus silencios donde “todo lo que no soy yo-dice el poeta- llega a mí y me señala” (pg.70).

            Este tiempo ideal reafirma, se encuentra en el recuerdo, y el poeta lo sabe, considerándolo un “peso invisible”, un “extraño pasajero” con el que se “viaja hacia el ayer, /sentado en un asiento de tercera” (pg.75). Sí, el recuerdo, ahora memoria, que el yo literario reclama: 
Ven,…, habítame, /
olvida ya sus ritos fúnebres/ 
y dispón sobre la mesa/ 
ese ceremonial de exhumación/ 
con el que invocas a los muertos.//
….// 
Habla,…, cuéntame/ 
otra vez mi vida…” (pg. 77). 

Porque es en la memoria, dice el poeta, donde hay que crear la realidad (el mundo ideal). 

               Así, con el más puro instinto platónico indicará que “aquí solo es posible: allí tan solo puede ser real” (pg.78). 

Para el poeta todo es reflejo: 
las llamas sobre el juego de té…// 
El sol sobre tus gafas…//…//
mi pálido fantasma en la pantalla…” (pg.81) 

              A pesar de todo, en este vivir imaginado, soñado, siempre hay un día después, 

un instante en el que gira el mundo//…
y nuestra mirada encuentra al fin otra mirada, / 
y la vida logra de este modo detenerse, /
y el corazón puede por un tiempo descansar” (pg.82). 

          Ese es el corazón que el poeta del misterio y del terror romántico, Edgar Allan Poe, entrega “al que va a nacer” (pg.83). Porque el poeta está naciendo a una nueva forma de crear y mirar lo que le rodea.


viernes, 14 de julio de 2017

La libertad del desengaño.



La libertad del desengaño. José Infante Martos. Editorial Olifante.2013

                        Este poemario de José Infante, premio ciudad de Zaragoza de 2013, es uno de los mejores de sus múltiples escritos.

                     Sólo el título merece un comentario por este hecho de unir dos palabras que tienen connotaciones diferentes y opuestas: Libertad y desengaño. Unidas las dos hace reflexionar sobre este hecho de ser libre desde el desasosiego que provoca la vida, ese diario real que te hace dirigir la mirada sobre lo que eres sin fingimiento.

                       Al abrir el poemario, la foto de Infantes con una seriedad tranquila, con una mirada atenta -que no vigilante-, es el frontis perfecto para comenzar el poemario. Este se inicia con varias citas, una de Luis Cernuda que dice: Caí en lo negro, / en el mundo insaciable. La cita te predispone a mirar el contenido de la obra, La libertad del desengaño,  con una atención especial. No es por azar que el autor la sitúa en la entrada de su creación.

               El libro contiene diez poemas, diez elegías sobre el hecho de sentirse envejecer. Esta verbalización del estar en un proceso de deterioro es la mejor forma de crecer en el ser. Nunca se debe rechazar la realidad porque esta se vuelve contra uno mismo. Y esto es lo que hace Infante Martos, mirarla para aceptarla y defender la dignidad del ser humano que se observa con capacidad para lo mejor y lo peor.

                 Se abre el poemario con el sentimiento del ser humano ante su cuerpo,  ese cuerpo extraño donde uno llega “ya sin remedio hasta la ancianidad,/aunque dentro de mí me sienta más joven/que los años que he cumplido/ con una precisión abrumadora y puntual.” Sí, es ese cuerpo donde el yo lírico dice no encontrarse porque todo le “parece extraño.” El final de la obra es más contundente ya que se centra sobre el hecho vital de la memoria. El poeta cuestionará la desmemoria ante el ser querido de la madre. Curioso cierre sobre la mirada materna que “no encontraba a nadie en su incesante búsqueda”. Magnífico final esta cuestión de la desmemoria o, como dice el poeta, la forma deliberada de estar ausente en la vida. Este desengaño existencial del inicio y final de la obra plantea la realidad de lo humano. El poeta lo hace sabiendo que en situaciones límites el ser  toma su libertad para pensarse y sentirse.

                  El contenido de este libro de poemas situará al lector en diferentes aspectos de la vida: el amor, la soledad, la muerte

              Así, el poeta anota el amor pero este como una realidad que mata, parafraseando a Freddie Mercury. Un amor que “mató a toda una generación que un día/ se sintió libre…” Esta es la verdad del SIDA, esa realidad que hace decir que “somos unos juguetes en manos/ de la nada que se empeña pertinaz/ en perseguirnos, en atraparnos siempre…

                     Y junto al amor, la soledad de la noche amanecida. Sí, “te quedas solo. Como antes estabas. Antes de habitar el laberinto siniestro de la noche…” un poema dedicado a Clarin, el escritor controvertido de finales del siglo XIX. “Él, Leopoldo Alas, se marchó y nos dejó más solos,/ más vulnerables a los peligros/ de esa terrible fosa que nos amenaza/…

                    No hay soledad que no lleve la locura como compañera, o mejor, la locura va siempre pegada al ser humano. “Está ahí. Siempre detrás de alguna puerta/ que muchas veces has sentido que se abría/ y te invitaba imperiosamente a atravesarla.” 

            Aunque, desde el sentir del poeta, es mejor admitir la realidad,esa insoportable realidad…/ (que) como una pegajosa costumbre (está) adherida a tu piel.” Y con esta aceptación de o irremediable el hombre vuelve a ser libre, libre en medio del desengaño que produce el deterioro. Es así, “las señales de la decadencia y de la vejez avanzan muy adentro…frente al mundo, el enemigo no vencido”. Qué desengaño, verse morir y a pesar de todo el hombre “espera, siempre espera/ que la dignidad le impida morir de viejo,…”

                  La reflexión elegíaca de Jose Infantes toma el pulso a la existencia cuando se refiere a la vida como un laberinto, un espacio donde el ser humano ha estado (está) perdido. “Un oscuro laberinto/ que tan solo conduce al infierno y la nada”. Es a este a donde se desciende “sin pausa”, se pregunta el yo lírico cuando pregunta que “después de la tristeza ¿qué es lo que queda?/ ¿qué queda tras el dolor de la soledad/ y la amargura? ¿Qué hay después del desconsuelo/ y la desesperación?"

                Importante enfrentar la realidad de lo que somos, dejando que esa libertad propia del desengaño nos haga mirar de frente y no para otro lado dejando que la verdad ocupe el lugar que le pertenece en el paisaje humano de la dignidad.

                Merece la pena leer estos diez poemas, estas diez elegías, sobre el ser  humano que -a pesar de verse morir- se siente vivo y que -más allá del desengaño- no ha perdido la libertad de ser.

jueves, 13 de julio de 2017

Silencio, escuchemos el reflejo del verso...

           


         Sigue sorprendiéndome Ultramor. Ahora, en los últimos poemas de la primera parte "Ojos que no ven", Alfonso Brezmes nos habla de la importancia del silencio y de la escucha atenta. Es por esto que  el yo buscador de esperanza, -el propio poeta- antepone el silencio a la escritura. Así dice, 

hoy no quise escribir para escuchar/ 
el dulce percutir de las palabras, /… / 
el corazón de todos los silencios.” 

         Esto es la razón misma y la esencia de la creación, la vocación del poeta, dejar que la palabra llegue en el silencio, en la noche del verbo,  que “es ahora/ el lugar de todos los advenimientos”. (pg. 25). Porque el hecho de escribir está- en un sentido metafísico- en esa otra parte donde “las cosas cambian de lugar/ y las viejas historias recuper(a)n/ la frágil densidad de lo posible.” (pg28).  Por ello hay que salir de la luz para enfrentarla, para dejarse invadir por ella y quedar ciego, como Homero, Borges, o Brezmes, dejando un rastro de oscuridad, en esa “casa sin puertas/ cuyo muros son palabras” (pg.29).

            Después del silencio, viene el escuchar, como dice Bizet, cita con la que arranca uno de los poemas, “todavía creo escuchar/ oculto bajo las palmeras/ su voz tierna y sonora…” Escuchar, y soñar evitando que la mirada se refleja en los espejos porque estos provocan miedo. Sí, mirar en el alma es un atrevimiento que provoca vértigo y el poeta lo sabe por eso mismo es mejor soñar “huyendo de la realidad y sus disfraces” (pg.33). “Frente al espejo hay un hombre, /…ese hombre es el recuerdo/solo proyecta lo que tiene detrás” (pg. 48). Este es el precio de lo impar, del ser uno-único, “despertar y no verse reflejado en el espejo” (pg.51).



            Finalmente, cuando el silencio ha serenado el alma y el oído interno es capaz de escuchar los reflejos del alma entonces el poeta se siente ir, y sueña, mucho más allá del propio estar. Porque no se está se va, y se vuelve. Un continuo moverse con “una moneda/…/ siempre en el bolsillo”. Con una pieza, sin valor, como testigo de lo permanente (pg. 37).  Y en esta acción de idas y venidas, a veces, es el alba- la metáfora del comenzar- quien sorprende en este volver a seguir soñando de “los despiertos”. 
                     “Tardó en llegar el alba silenciosa/ 
                     y nos sorprendió dormidos/ 
                    cuando tú, mi sombra rezagada, / 
                   volvías de regreso ya a tu hogar” (pg. 41), 

             En este hogar poético sólo hay silencio y escucha atenta, porque “el poeta no es de este mundo” (pg.43), pertenece a ese otro mundo donde la imagen es la realidad más pura. El poeta es “el hombre que un día quis(o) ser” (pg. 45). “Siempre sucede así. / La ubicación espacial no es fortuita…/ Todo se funde, la realidad comienza a desdoblarse” (pg. 49). 

               Por esto, importa cerrar los ojos para saber que “estás aquí/…/ Y basta” (pg.53).

miércoles, 12 de julio de 2017

Sufrir el poema.



             La lectura de Ultramor, este nuevo libro de versos de Alfonso Brezmes me lleva por caminos insospechados de la reflexión sobre el ars poetica. Nunca un poemario, como este, me había hecho sentir  tan hondamente la metapoesia, este hecho de hablar de la poesía haciéndola.

            En las primeras páginas del libro Brezmes indica que el poema es como encontrar algo que estaba y se perdió y anota que "donde he perdido algo camino con más cautela". Estas son los primeros versos desde donde el  yo poético empieza a reclamar la presencia del tú lírico para entrar en un dialogo donde se marcan las pautas de la creación. Así , el yo ruega que le espere en un lugar, virgen, donde “el mundo huele aún a recién hecho”. Después, le pide que vaya “dejando guijarros en la niebla” para evitar la confusión del no saber volver; y le exige esconderse “en un pliegue de la tarde para que cuando él, ese yo -como novio esperado- llegue, sea “el tenue resplandor de () las pupilas () el único faro que () guíe/ a los acantilados escondidos/ por donde despeñar () oscuridad”.

             Alfonso Brezmes en estos versos apunta al hecho mismo de la creación. De esta forma, el ir dejando guijarros, pistas para algo que nunca se sabe definitivo, son como los primeros titubeos del verso; más adelante, en el imaginario poético de aguardar en ese punto de “la tarde" es como si el trabajo tuviera llegar a un punto de reposo similar al crepúsculo,  donde  es mejor dejar que el poema repose. Al final,  vendrá la luz, a modo de faro, que no evitará la batalla con los escollos-acantilados-, hasta terminar despejando la oscuridad.  Con estos versos Brezmes parece decir que el poema hay que sufrirlo, batallar-lo.

       La preocupación del poeta, salir de la ignorancia y mantener la luz para seguir buscando “ese lugar () como un templo: / (donde) existe lo posible/…/ el oscuro animal de la esperanza” (pg. 21). El poeta, -ese yo lírico- dice nacer “en un pecio que emergía/…/ con todos los libros que iba a leer, /y los poemas que iba a escribir.”(pgs. 22-23).

              Más adelante dirá, con tonos de nostalgia, que el poeta elige vivir en (una) “ciudad de inviernos…/ para poder soñar lo que (le) falta: /aquella isla, la luz,…/ donde brilla oculto ese tesoro/ que un día enterr(ó)  junto a (la) infancia “(pg. 24).

             Magníficos versos estos de las páginas 22-24 donde se apunta a como despertar de un sueño ( lo poético?), de como nace ( el poema?) en medio de un naufragio. Importante releer estos versos. 

              Gracias Alfonso por traer tanta luz a la palestra de lo poético. 

miércoles, 5 de julio de 2017

Alto.



Alto, donde la luz deja su estela,
esa figura blanca que adjetiva la tarde. 
Alto, donde la huella de la voz 
es el vértigo de un grito. 
Alto, donde tú y yo, arropados,
dejamos que la brisa nos abrace.

Crear buceando en la palabra...

                

                          La primera parte de Ultramor está formada por 34 poemas.  En este apartado, con tonalidades platónicas, el poeta aparece como un ser de búsqueda, alguien que va más allá de lo dado. Al borde mismo de la metapoesía, este capítulo es una especie de breve tratado sobre el creador y sus encuentros con la palabra-luz.

                        Aquí, en los primeros poemas de este “ojos que no ven”, el yo literario comienza preguntándose por el “locus” existencial que conforma el ser, ese que “rema en un mar de plomo” (pg. 13), donde no pretende “pararse”, sino que es donde “revive” y “late/en el dulce formol de las palabras” (pg. 14). Con expresiones como estas, mar de plomo,Alfonso Brezmes  apunta al esfuerzo de trabajar la palabra-, al hecho de la creación, aunque en sus versos diga que “no sabe muy bien por dónde empezar” (pg.15).

             Sí, comienza por la historia misma del poeta, de ese que “inauguró con palabras de miel la época del ruido” (p. 16), transformando la realidad. Un poeta, a lo Proust, para quien el recuerdo se significa en forma de “dulcísima/ y amarga magdalena de la infancia” (pg. 17). Maravillosa expresión que metaforiza el ser del poeta en un tiempo donde todo es impulso. Por otro lado, en el poema siguiente el tiempo, el espacio poético, se transforma en inquietud y búsqueda: El poeta, los poetas son como “nadadores/.../se adentran en el mar/ por el puro placer de deslizarse” (pg. 18). Así dice: 

                              A veces, en la noche, cuando el mundo
                              parece una barcaza a la deriva,
                               los nadadores se adentran en el mar
                               por el puro placer de deslizarse,
                               inmunes al abrazo de la lluvia.

           En definitiva, esta es la actitud del que crea, alguien que disfruta hilvanado palabras, deslizándose en el interior del verbo hasta fundirse en él.  Es como una "Itaca que navega hacia sí misma/hecha de viajeros que la buscan" (pg. 18). Esto es la creación, ésta, la Ítaca poética que Brezmes plasma en estos versos. Una creación en vigilia (en la noche), sin saber por dónde se va (a la deriva), cómo arriba se indicaba.

            Brezmes, en estos primeros poemas deja claro que el poeta sigue una intuición que, necesariamente, madura buceando en lo más profundo, allí donde no se ve y abunda el silencio.  

Más allá de lo observado.

                 
                                                  

                        Ultramor, tercer libro de Alfonso Brezmes después de La noche tatuada Don de lenguas,editados también por Renacimiento.

                   Con este libro Brezmes cambia su forma de con-jugar las palabras construyendo unos versos más directos y profundos dirigidos a los locos (pg.9), como él dice.

                El poemario se abre con una cita de Kafka que más bien parece una declaración de intenciones del propio Brezmes:
                  "A partir de cierto punto no hay retorno.
                  Ese es el punto que hay que alcanzar".

                       La obra está dividida en dos partes, con unos títulos que están recogidos de la expresión “ojos que no ven, corazón que no siente” .  Nuestro poeta, sagaz él, cambia el segundo tramo de la expresión con la frase “corazón que pre-siente”. Este cambio da idea de esa manera magistral que Brezmes tienen para hablarnos de su intención con este libro:
                        El poeta va más allá de lo que simplemente observa.


martes, 4 de julio de 2017

ULTRAMOR. Ojos que no ven, corazón que presiente.



            Ultramor, tercer libro de Alfonso Brezmes después de La noche tatuada y Don de lenguas, editados también por Renacimiento.

            Con este libro Brezmes cambia su forma de con-jugar las palabras construyendo unos versos más directos y profundos dirigidos a los locos (pg.9), como él dice.

            El poemario se abre con una cita de Kafka que más bien parece una declaración de intenciones del propio Alfonso Brezmes. La obra está dividida en dos partes con unos títulos recogidos de la expresión “ojos que no ven, corazón que no siente” que nuestro poeta, sagaz él, cambia en el segundo tramo con la frase “corazón que pre-siente”.  Este cambio de la expresión da idea de esa manera inteligente que Brezmes tienen para hablarnos de una intención más allá de lo que simplemente se observa.

            La primera parte está formada por 34 poemas. Aquí, en este “ojos que no ven”, el yo literario comienza preguntándose por ese “locus” existencial que conforma el ser, ese que “rema en un mar de plomo” (pg. 13), por el que no pretende “pararse”, sino que es donde “revive” y “late/en el dulce formol de las palabras” (pg. 14). Con estas expresiones el poeta arranca aunque diga que “no sabe muy bien por dónde empezar” (pg.15).

            Este primer apartado, con tonalidades platónicas, el poeta aparece como un ser de búsqueda, alguien que va más allá de lo dado. Es una especie de breve tratado sobre el creador y sus encuentros con la palabra como luz.

            Comienza por la historia misma del poeta, de ese que “inauguró con palabras de miel la época del ruido” (p. 16). Un poeta a lo Proust donde el tiempo, el recuerdo, se siente en forma de “dulcísima/ y amarga magdalena de la infancia” (pg. 17).  Este tiempo, este espacio se vuelve inquietud y búsqueda en los versos de unos (poetas), “nadadores”, que “se adentran en el mar/ por el puro placer de deslizarse” (pg. 18). Esta es en definitiva la manera de ser del que crea, alguien que disfruta hilvanado palabras.

            El poeta reclama la presencia del tú lírico al que ruega que le espere en ese lugar, virgen, donde “el mundo huele aún a recién hecho”. A ese tú le pide que vaya “dejando guijarros en la niebla” para evitar la confusión del no saber volver; y le ruega esconderse “en un pliegue de la tarde” para que cuando él, ese yo -como novio esperado- llegue, sea “el tenue resplandor de () las pupilas () el único faro que () guie/ a los acantilados escondidos/ por donde despeñar () oscuridad”. Esta es la preocupación del poeta, salir de la ignorancia y mantener la luz para seguir buscando “ese lugar () como un templo: / (donde) existe lo posible/…/ el oscuro animal de la esperanza” (pg.21). El poeta, -ese yo lírico- dice nacer “en un pecio que emergía/…/ con todos los libros que iba a leer, /y los poemas que iba a escribir.”(pgs. 22-23). Más adelante dirá, con tonos de nostalgia, que el poeta elige vivir en (una) “ciudad de inviernos…/ para poder soñar lo que (le) falta: /aquella isla, la luz,…/ donde brilla oculto ese tesoro/ que un día enterr(ó)  junto a (la) infancia “(pg. 24).

            El yo buscador de esperanza, -el propio poeta- antepone el silencio a la escritura. Así dice, “hoy no quise escribir para escuchar/ el dulce percutir de las palabras, /… / el corazón de todos los silencios.” Es la razón misma y la esencia de la creación, la vocación del poeta, dejar que la palabra llegue en el silencio, en la noche del verbo, en esta noche que “es ahora/ el lugar de todos los advenimientos”. (pg. 25). Porque el hecho de escribir está- en un sentido metafísico- en esa otra parte donde “las cosas cambian de lugar/ y las viejas historias recuper(a)n/ la frágil densidad de lo posible.” (pg28).  Por ello hay que salir de la luz para recuperarla o mejor hay que enfrentarla para dejarse invadir por ella y quedar ciego, como Homero, Borges, o Brezmes, dejando un rastro de oscuridad, en esa “casa sin puertas/ cuyo muros son palabras” (pg.29).

            Después se trata de escuchar, como dice Bizet, cita con la que arranca uno de los poemas, “todavía creo escuchar/ oculto bajo las palmeras/ su voz tierna y sonora…” Escuchar, y soñar evitando que la mirada se refleja en los espejos porque estos provocan miedo. Sí, mirar en el alma es un atrevimiento que provoca vértigo y el poeta lo sabe por eso mismo es mejor soñar “huyendo de la realidad y sus disfraces” (pg.33). “Frente al espejo hay un hombre, /…ese hombre es el recuerdo/solo proyecta lo que tiene detrás” (pg. 48). Este es el precio de lo impar, del ser uno-único, “despertar y no verse reflejado en el espejo” (pg.51).

            Con esto el yo lírico nos lleva a una compresión no del estar sino del ir.  Porque no se está se va, y se vuelve. Un continuo moverse con “una moneda/…/ siempre en el bolsillo”. Con una pieza, sin valor, como testigo de lo permanente (pg. 37). A veces, es el alba- el nuevo comenzar todo- quien sorprende en este volver a seguir soñando de “los despiertos”. “Tardó en llegar el alba silenciosa/ y nos sorprendió dormidos/ cuando tú, mi sombra rezagada, / volvías de regreso ya a tu hogar” (pg. 41), a este hogar donde sólo hay silencio y escucha atenta, porque “el poeta no es de este mundo” (pg.43), pertenece a ese mundo donde la imagen es la realidad más pura. El poeta es “el hombre que un día quis(o) ser” (pg. 45). “Siempre sucede así. / La ubicación espacial no es fortuita…/ Todo se funde, la realidad comienza a desdoblarse” (pg. 49). Importa cerrar los ojos para saber que “estás aquí/…/ Y basta” (pg.53).

            La segunda parte, con 32 poemas, el poeta nos sitúa ante un “corazón que presiente” indicándonos que lo importante es la intuición (deseo) de la realidad, más allá de la propia realidad: “no existe la realidad/ es du deseo el que la hace posible” (pg. 15). Con estas expresiones de texturas metafísicas y platónicas, lo espiritual toma un sentido casi corporal.

            Esta sección, se inicia con una invocación a la señora de las sombra (pg. 57), aquella que frena el tiempo, ese que –inexorablemente- nos acerca al final. El tiempo, nos enfrenta con la realidad más real, aquella que “nos encontró despiertos”-dice- (pg. 59), dejando lo ideal en el sentimiento profundo de una pregunta sin resolver. Estar despiertos en esta realidad confunde dejándonos a merced de una paradoja, la de no ser y ser: “los fantasmas no existen, porque los fantasmas somos nosotros” (pg. 58). El tiempo, ese que el poeta puede detener con un Nevermore,:  “en su palabra todo se det(iene)” (pg.62). Porque la palabra escrita hecha literatura “siempre vence” a pesar de ese sentimiento kafkiano que acompaña a quien escribe: sentirse libre en la cárcel de su ser mismo (ver pg.64).
            El tiempo, que el poeta nos expone en esta segunda parte, es algo más que tiempo cronológico, es el camuflaje “de hechos cotidianos, de pequeños accidentes impalpables/ que poco a poco nos devuelven a la vida” (pg.68). Ese tiempo, se transforma en droga de la noche que “vuelve/ con su dosis exacta para hundirse/ en la tinta sedienta de palabras/ y con ellas iniciar sobre el papel/ su viejo ritual de apariciones” (pg.69). Es en la noche y en sus silencios donde “todo lo que no soy yo-dice el poeta- llega a mí y me señala” (pg.70).

            Este tiempo ideal reafirma, se encuentra en el recuerdo, y el poeta lo sabe, considerándolo un “peso invisible”, un “extraño pasajero” con el que se “viaja hacia el ayer, /sentado en un asiento de tercera” (pg.75). Sí, el recuerdo, ahora memoria, que el yo literario reclama: “Ven,…, habítame, /olvida ya sus ritos fúnebres/ y dispón sobre la mesa/ ese ceremonial de exhumación/ con el que invocas a los muertos.//….// Habla,…, cuéntame/ otra vez mi vida…” (pg. 77). Porque es en la memoria, dice el poeta, donde hay que crear la realidad (el mundo ideal). Así, con el más puro instinto platónico indicará que “aquí solo es posible: allí tan solo puede ser real” (pg.78). Para el poeta todo es reflejo: “las llamas sobre el juego de té…// El sol sobre tus gafas…//…//mi pálido fantasma en la pantalla…” (pg.81) A pesar de todo, en este vivir imaginado, soñado, siempre hay un día después, “un instante en el que gira el mundo//…y nuestra mirada encuentra al fin otra mirada, / y la vida logra de este modo detenerse, /y el corazón puede por un tiempo descansar” (pg.82). Ese es el corazón que el poeta del misterio y del terror romántico, Edgar Allan Poe, entrega “al que va a nacer” (pg.83). Porque el poeta está naciendo a una nueva forma de crear y mirar lo que le rodea.

            Junto al tiempo, los sueños, esos que los poemas emplean (pg.71), esos donde el poeta está “sumergido” y desde donde tiene que emerger y “salir afuera” a rescatar (¿la intuición poética?). El sueño del poeta le lleva a considerar la realidad centaurina de ser hombre-animal. Un binomio que el yo literario subraya al decir “que siga durmiendo / el antiguo animal que me habita /para que, cuando logre salir, / sea yo también el que salga/…/ y alguien dirá que nos vio/ claveteando de pasos la noche, fundidos en una sola montura” (pg. 85). Estos versos recuerdan la imagen de Sagitario donde el instinto y la razón traban una lucha constante. Será esto lo que quiere decirnos el poeta, que hay que superar esa lucha donde la razón (parte de la realidad) quiere sofocar el instinto –la intuición-. Por esto, en esta segunda parte del poemario, importa soñar, intuir, dar luz a la razón ideal. El poeta sueña, imagina lugares “que, de tanto imaginarlos, / poco a poco se desplazan, / hasta aparecer un día/ en otro punto del espacio.” Es vital estar “donde otros nos sueñan/ y nunca estemos aquí/ donde nadie nos nombra” (pg.87).

            Termina la segunda parte con un “aviso a navegantes” donde la realidad nombrada es el silencio, ese lugar existencial, donde el poeta sabe “no decir”, y aprende “a escribir…/ a yacer callado en las palabras.” Esta es la esencia de la creación, este es el hábitat del poema: El silencio, “donde los pájaros se posan/…/ con la emoción apenas contenida/ de aquello que está a punto de decirse” (pg. 90).

            Esto es Ultramor, un haber de ausencias, de batallas, de paisajes nevados, de suburbios donde duermen los niños vagabundos”, un “museo muy blanco del que escapa/un pequeño ladrón de guante negro/que lleva bajo el brazo tu retrato” (pg.93). Ultramor, la historia de un deseo poético que lucha entre el aquí y el allí dejando que el sueño frene el chronos, permitiendo que el ser nuevo surja hasta que la luz interior gane. Así es ese ser de “ojos que no ven”, el poeta, capaz de mirar otra realidad (imagen). Alfonso Brezmes lo sabe. Sí, sabe que el tejedor de palabras-el poeta- tiene un “corazón que presiente”, que intuye, por encima del tiempo, dejando que la realidad ikónica –presentida- supere a la propia realidad. Este hecho se da a entender en los versos de Ultramor haciendo ideal, bello, todo lo que mira.


            Brezmes ha trazado en este libro un gran poema sobre el hecho mismo de la creación. Al contrario de John Keats, en su “belle dame sans merci” (mujer sin piedad) donde el amor y la muerte están siempre presente, nuestro poeta resuelve con sus versos lo terrible del “aquí” con la esperanza de la luz, con la palabra escrita. Esto hace que esa realidad imaginada (ver pg. 58) mantenga al poeta en constante vigilia, despierto, recreado el Jardín primigenio, dándole sentido a vivir. Se recomienda Ultramor a todos aquellos que perdieron la ilusión y dejaron que sus sueños murieran en el ruido del aburrido cotidiano. 


ULTRAMOR. Alfonso Brezmes. Editorial Renacimiento. 2017

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Tiene Lisboa sonidos de agosto