miércoles, 6 de junio de 2018

Y ahora somos tres, un libro de Sanmartin.





Y ahora somos tres, un libro de Luis Miguel Sanmartín (Sánchez Martín). Editado por Poesía eres tú, Madrid, 2018.

Nos encontramos ante un libro total donde las emociones se atropellan con el deseo al ritmo propio de un poeta maduro. Por esos no estoy muy de acuerdo con lo que  expone la contraportada de este libro. Señala que es una reflexión sobre la necesidad de amar  y el temor a la soledad. No es que no crea que sea así sino que es mucho más de todo eso.

Al inicio del poemario, de seis partes definidas, se encuentra una dedicatoria particular, A cuantos por acción u omisión alentaron este libro. A mamá, a papá / A Cris/ A Nicolás. Al escribir alentar nuestro poeta subraya de forma amable- la necesidad de sentir apoyo en este primer despegue literario. Importa decir que este primer trabajo de Sanmartin es de gran altura.
Después de la dedicatoria  aparece una cita cabecera de Li Bai, poeta chino del siglo VIII, el mayor de los poetas románticos. Su cita da nombre al poemario. Levanto mi copa, invito a la luna/ y a mi sombra, y ahora somos tres. Al final del libro, en otro de los poemas, El poeta inmortal, se vuelve a hablar de este escritor oriental. Baste señalar que desde esta cita se adivina la intencionalidad de esta obra.

Tengo que señalar, a nivel de forma, que el libro presenta la riqueza cultural que nuestro poeta tiene sobre el oficio de escritor como es, por ejemplo,  la mezcla de versos heptasílabos y endecasílabos. Esta forma de trabajar marca la  tónica de todo el poemario, provocando que los versos  tengan un maravilloso ritmo. Luis Miguel, al igual que  Li Bai (autor de referencia), detiene el remo/ desea la belleza quiere amar… ( pág. 118).


 Referencias contextuales de la obra

A los lectores que se acerquen a este libro les advierto que están ante  una lírica trabajada donde las referencias cultas y locales incitan a mirar con atención  lo que se expresa. De esta manera:
Las referencias a ciertos autores avivan el olfato-lector y muestran por donde nos quiere llevar el poeta. Así, los guiños a Neruda en Perversión del poema 20 (pág. 87), a Gabriel García Márquez En los tiempos del cólera (pág. 79), a Bécquer en el verso final de Poética nocturna (pg. 80).

El tratamiento de los poemas con versos endecasílabos hace pensar que Luis Miguel Sanmartin hace algo más que guiños mayores a los escritores clásicos, como Petrarca o Garcilaso en su defecto. La Laura de Luis Miguel, la amada del yo lírico en los versos de este libro, como el humanista italiano, se presenta bajo las expresiones del deseo sensual y del tormento enamorado.

La referencia a los filósofos, como Descartes en La duda metódica (pág. 11); o a Platón en Mito de la caverna (pág. 115), indica las preferencias de nuestro autor de apuntar desde aquí a una lírica madura,  al  valor superior del Bien (al amor platónico) a veces inalcanzable; o al afianzamiento de lo cierto ante tanto desvarío en los instantes de placer… en las teselas de (los) pechos / quemando con (su) angustia con (sus) muslos…/ en el rebuscar  en (los) bolsillos el deseo ( págs. 11/12).

Las referencias al cine son puntuales y, a modo de Pere Gimferrer, le servirán para acentuar ese encanto del amor inesperado como es el caso al tomar la película Paterson de un director independiente, como Jarmusch (pg. 94).

No faltan las referencias al entorno donde vive y siente nuestro autor, Alicante. Aunque  son las justas, sirven  para situarnos  y no estorban a la comprensión de lo que quiere comunicar “Sanmartin”. Estas indicaciones físicas son Guadalest (a 25 kilómetros de Benidorm) (pág. 67), o el Winecanting (vinos de Alicante)  (págs. 94/102).


   La obra. Un apunte de las emociones.

 El frontispicio del libro se construye con el poema Duda metódica (pág. 11). Este sirve para preguntar  si el amor es una realidad que tiene que ver con la sensualidad del beso, del sentimiento de la vigilia, o de la ficción que atraviesa -como espada- el alma. Magnífico poema, de cuatro estrofas, que sugiere la impresión del amante donde el deseo se vuelve protagonista. El título del poema pone de relieve la duda de una actuación más allá de la sinrazón: No soy el que tú quieres/ que sea, lo presiento,/ tu mirada inconstante/ me señala el pasillo de tus cejas/ piérdete entre mi ropa/ rebusca en mis bolsillos el deseo…// mis manos ya no saben de prejuicios/ y el miedo es una luz que me apetece.
A partir de estas páginas se van sucediendo los capítulos: Desconcierto, Oleaje de sábanas, Verbos equivocados, Bar pecera, Y en el relámpago crucé la orilla, La sonrisa de los nísperos. En cada uno de ellos Luis Miguel Sanmartin plantea el sentimiento de lo amatorio, y  tratará las emociones, como estas que siguen:
-la del soñar, a pesar de la ceguera del amor (pág. 13);
-la de la pasión carnal, con su corte de sensualidad y de silencios (pág. 27);
-la del deseo en acto, que se vuelve metapoético y mortal y engañoso- a modo de sirena (pág. 49);
-la de una sonrisa, donde significado y significante se unen en una simbiosis maravillosa y permanente  en la amada (pág. 63);
-la del desamor y su ansiedad que es soledad y la del recuerdo de lo que pudo ser (pág. 89);
-la del amor que vence y como ángeles habitan la sombra del ser ( pg. 107).

A modo de reflexión. Breve nota de la obra

En el primer capítulo, Desconcierto, se descubre el soñar a pesar de la ceguera del amor (pág. 13). En este apartado se apunta a una especie de deconstrucción de los ritmos, en el que de forma singular se destaca el proceso del enamoramiento, que no del amor. De esta manera,  se comienza por unas, pruebas de afinación, del propio sentimiento. En el primer poema se reta a la propia naturaleza para que sea haga una con el ser amado. El  rocío, la nube conducen, de forma irremisible, al yo poético comentar “lo que tú quieras amor mío” (pág. 17). Las estrofas se rematan  con dos grandiosos  versos: sólo le pido al viento/ que leas este poema (pág. 17). Expresiones en las que la sutileza y la levedad  son capaces expresar, con palabras significantes,  los sentimientos más hondos. Los poemas que siguen tienen ese tono lírico –romántico que el mismo Li Bai podía suscribir. A pesar de ello, nuestro poeta apunta a ese instante en el que la persona amada provoca en el amante un antes y un después de conocerla. “Ya nunca más he vuelto a ser el mismo” (pág. 18). Es así, el amante se ha vuelto parte de la luna y sus orillas espumosas, de la arena un náufrago que aguarda el rescate…ya no me conformo con cualquier cosa…solo te quiero a ti. (pág. 20) Es imposible vivir sin ti, dice el yo poético. Porque el solo nombre de lo amado, señala, me consuela  en este transcurrir del tiempo…solo tu nombre hace de mí un aguacero…me salva (pág. 23), indica el yo poético. Y todo en un sentimiento de atemporalidad en la misma figura lírica del tiempo que marca a  su vez el contexto de la soledad, “cuanto tiempo te he estado esperando” (pág. 24). A pesar de todo, el enamoramiento aparece como una locura, “no sé si innecesaria/-dice- malditos los conciertos de la noche/ siempre me dejan solo// siento frío/no sé si yo sabré soportar esto.” (pág. 25). Lo importante es caer en la cuenta de este “a modo de acústico de sonidos intimista”, de este unplugged, donde lo que importa es volver a la realidad y apartarse de la locura y exponer “fin de trayecto adiós/ creo que fin de sueño” (pág. 26).

En el apartado segundo, oleaje de sábanas, la pasión carnal, mantiene un corte de sensualidad y de silencios (pág. 27) muy a tener en cuenta. Aquí, los poemas se encabezan con una cita del zamorano Claudio Rodríguez, “Bienvenida la noche con su peligro hermoso”,  resaltando así  la sensualidad del amante. El yo poético terminará por escribir “un poema/ ahora que no existo-señala-/ ahora que soy un sueño que sueña tu nombre/ ahora que la extinta llama/ es una pecera” (pág. 31).  Es así, el enamoramiento se vuelve algo cerrado, obtuso, carente de infinito. Desapareció el mar y en su lugar aparece un constructo artificial, una pecera. Porque “el amor es fugaz…/ una tragedia…// me duele sobre todo / cuando oigo el ascensor…” (pág. 32). A pesar de todo, el yo lirico expresa “confundo tu cuerpo con el mío…” (pág. 33). Vuelve la soledad, como un eco, y el yo poético termina señalando “tirito siento miedo/me parezco demasiado a la muerte” (pág. 34) tan así que reclama el beso y lo repite, como un mantra, “bésame bésame bésame bésame…” Este gesto supone un grito requiriendo “cobíjame en miedo cobíjame en tu boca cobíjame en tu/cuerpo” (pág. 35). Sin embargo,  su cuerpo es como una niebla- comenta-que abrazo entre mis sueños” (pág. 46). La temporalidad vuelve a aparecer ahora como un elemento que da consistencia. A pesar de todo, lo señalado no es más que un gesto que pasa volando, “lo detengo en mi mano/ como a un pajarillo/ lentamente lo atrapo y lo hago origen”, si “me escapo alguna tarde y nos dejamos/ llevar entre tus sabanas /…y dejamos así de ser silencio” (pág. 47).

Y de la locura de rememorar se pasa a la locura de tenerse, de sentirse aunque con verbos equivocados (capítulo  tercero). En este apartado lírico el amor tiene forma de engaño,  de sirena. Se mantiene la emoción del deseo en acto, de los gestos que sirven para construir lo  metapoético (pág. 49). Qué sencillo es refugiarse en el poema, en unos versos llenos de imperfecciones, y esto es lo que no debió suceder, “el poeta nunca debió meterse en nuestra cama” (pág. 59). Ante este amor, el ser se siente indefenso, porque  “la pasión es un fuego/que acorrala y lleva al precipicio” (pág. 58). Este amor tiene forma de engaño, de sirena, dice el poeta (pág. 61).

Será en el capítulo siguiente, Bar pecera, donde la emoción de una sonrisa, marcará la simbiosis del significado y significante en la figura de la amada (pág. 63). Aquí, el tiempo y lo imposible son el contexto de un tú poético que ordena  y espera. “Y llegas a ordenarlo todo/ / como un pececillo anaranjado/ deslizas tu sonrisa/ por ese bar con forma de pecera (pg. 69). El poeta, en un magnifico  alarde lirico, enlaza la figura del Bar-pecera con Homero y su poema épico, con esos versos clásicos que  narran la aventura de Odiseo (Ulises) en su vuelta a Ítaca, “dime Penélope/ ¿Podría estar Ulises/ surcando unas cervezas/ dentro del bar pecera? (pg. 83). Lo imposible tiene su referente metafórico en los peñascos y callejuelas de Guadalest. Esta dificultad de lo escabroso se resuelve con una mirada, “te agradezco haberme mirado (68); o en el sueño  donde el yo poético espera encontrar a este amor imposible (pág. 71), este amor cuyo nombre es “lluvia plena”, lluvia que no dudará en guardarla en el aljibe del pensamiento (pág. 72). Y aunque el yo lirico se siente un mal poeta, deja que a la noche le siga el día, que ese meridiano 80 marque la inflexión del antes y el después “para que no te aflijas-.comenta- y me dejes solo” (pág. 85). El capítulo se cierra con un guiño a los 20 poemas de amor y una canción desesperada de Neruda, escribiendo que “ha muerto en soledad/alguien que no ha nacido”  (pág. 87). Admirable final para señalar este sentimiento que solo puede encontrarse en el Bar-pecera, un a modo de mezclar la lírica sublime con la sencillez de lo cotidiano.

El efecto metapoetico de este capítulo se resume en las poéticas nocturna (79) y de la playa (84). Es el milagro del poema/ esperanza del verso/búsqueda de la idea y la palabra (79) donde la silaba grita a este yo desesperado y amante, saltando por los folios pide auroras (79). Un yo que pide olvidar el fonema / y su ramaje hirviente (79)…las cárceles sin luz de la sintaxis…porque ¿sabes princesa?/el poema eres tú (80). Este verso es una nota becqueriana que subraya el perfecto contorno del romanticismo de este libro. Porque escribir/ es como un oleaje…// la duna es  la seguridad del verso/ y el mar es la pregunta/ ¿por qué escribo poesía? (84). A pesar de todo el yo lirico se confiesa mal poeta/ un vate que… escribe sin parar /…para que no te aflijas y me dejes solo/…con mis cavilaciones/…con mi oleaje/…con mis sartenes… (85).

El amor que trascurre por estas páginas tiene un poco de ese amor a lo García Márquez, un amor en los tiempos del cólera, un amor que sigue las pauta del realismo mágico que enamora donde el placer de leer es estar pensando en ti/de imaginar  tu risa/ tu acento cadencioso/ la melodía grácil de tu cuerpo menudo (81).

En los capítulos finales nuestro autor resolverá la trama del desamor. De esta forma, en el penúltimo capítulo Y en el relámpago crucé la orilla, se hace patente el sentimiento del desafecto y su ansiedad transformada en  aislamiento y en  recuerdo de lo que pudo ser (pág. 89). El yo lírico marca  la angustia - soledad a secas, haciendo un guiño a un film-Peterson- en el que lo inesperado y lo absurdo subrayan el encuentro de lo amoroso. En realidad, en estos poemas se magnifican los desencuentros de un amor que retrasa el paraíso (pág. 96).

En este espacio del libro el ejercicio de un buen soneto apunta al estuario de la piel enamorada (pág. 97). Este amor se sigue planteando como un recuerdo, en pasado, “a pesar de la piel que adoré” (pág. 99). No faltará, en este contexto de lo yermo, la fe del poeta como quien se mata a escribir  (pág. 103).

El último  poema, donde la sonrisa es una forma de deseo, culmina el clima  erótico apuntado en otros rincones. Magníficos versos donde el yo lirico explica, quisiera disfrutarte/ no ya desde la sed…/ sino en la misma idea/ del ser necesitando la fluidez / la libación del fruto/ el éxtasis visual/ de los campos de nísperos (otro guiño a la poética romántica de Li Bai) / teniéndote desnuda y a mis pies” (pág. 104).

El último capítulo, La sonrisa de los nísperos, tiene tintes de epílogo, donde la emoción del amor victorioso provocan que los  ángeles habit(e)n la sombra del ser ( pg. 107). Las citas cabeceras, como la de Kavafis señalan el punto de llegada, las Ítacas esbozadas en los versos precedentes.  El dialogo con el tú poético subrayará ahora un alto nivel de romanticismo, reinventando a Li Bai. Los aforismos se encadenan trazando esa alquimia necesaria en lo amatorio (pág.113), los imposibles (pág. 114), ante lo cual  importa brindar con una sonrisa, la del poeta y  con olor a níspero. La hipótesis amatoria se traza desde el vivir enamorado (pág.111) aun sabiendo que el amor es ciego superando la actitud cavernícola del primer hombre (pág. 112). Escribir, en definitiva, es la única terapia, la salida para superar el desamor, a ver si de esta forma/ encuentro algún sendero/que me lleve hasta ti (pág. 115). No hay otra forma de ganar la batalla, de  cerrar la Caja de Pandora, sino es con este manojo de poemas, apunta el yo lirico (pág. 116). Precisamente,  la noche queda en calma a la deriva/la luna se adormece/ los nísperos sonríen// el amor ha vencido una vez más. Remata, nuestro poeta, con unos versos sencillos pero profundos en CONCLUSIÓN FINAL,porque nunca podré/ demostrar este amor/ si no es en nuestra casa… (pág. 120).

Después de este relatorio, con pretensión de comentario,  en el cual mis sensaciones pueden haber contaminado el propósito del poeta, recomiendo encarecidamente la lectura de este poemario,…Y ahora somos tres. Merece la pena. Después, importa el silencio interior para que el amor se encargue del resto.


 

3.      

lunes, 21 de mayo de 2018

Como una sirena que me abraza. Texto del prólogo





Juan Andrés Pastor Almendros (Pamplona 1965), un hombre que se define así mismo “comunicador de inquieta conciencia, descreído y gañán”. Escribe de sí mismo que su cometido es la comunicación y el desarrollo de ideas, contenido-dice- para hacer de la vida un espacio continuo de conocimiento compartido.
Junto a todo esto hay que resaltar que lo más importante de Juan Andrés es su sensibilidad y ese ser generoso que lo hace particularmente cercano. Alguien ha dicho de él que es un hombre bueno. Los poetas, que no son gente de fiar, necesitan escritores como él para redimir los “engaños”, esa forma de fingir escapando a la razón, como diría Pessoa “O poeta é um fingidor”.
 En su blog “Cuaderno de apuntes”, se define como un hombre creativo y que esto se lo permite porque mantiene una gran ilusión en todo lo que acomete siendo la amistad, la de los amigos elegidos, la que le dirige en este camino. Un hombre así no puede por menos que escribir con y desde la emoción de lo diario y hacerlo muy bien.
Después de su primer poemario Sé de los charcos (2017), nuestro poeta vuelve a alumbrar un nuevo poemario, Como una sirena que me abraza, antes editado por Gabriel Viñals en la colección poética y peatonal.  Un poemario ante el que hay que inclinarse por esa forma, tan explosivamente lírica, que nos acerca a la esencia de un autor que se toma en serio el verso.

EL POEMARIO EN SÍ

El libro está compuesto por cincuenta y dos poemas. Un conjunto lírico que tiene la clara intención de hacer que “por la calle (corran) metáforas sonrientes, las rubias sinalefas desatadas”. Y sigue, “(paseen) en bici comparaciones nuevas, (compren) helados las aliteraciones, y (pierdan) el tiempo en las esquinas hipérboles y rimas asonantes”. Y todo esto desde un expresar la verdad más verdadera. Con estos versos, Juan Andrés señala lo que realmente le gusta. Es cierto que nuestro autor es esa clase de poetas que no le cuesta trabajo confesar que no sabe “de mayores derrotas que las (propias). Sin embargo –apunta- el fracaso me revive. No me duele suplicar el perdón, ni dar las gracias.” Alguien así, tiene el talento de mirar donde nadie observa hasta indicar que la poesía es “un pulmón que sabe respirarnos”. Con esta confesión meta-poética el yo lirico cobra un gran valor en la obra. Será esta primera persona la que nos conducirá por cada uno de los sorprendentes rincones de este poemario.

LOS EJES DE LA OBRA

Este libro, Como una sirena que me abraza, hay que considerarlo, permitidme la licencia, como una aventura, en la que aparecen  tres elementos, tres ejes fundamentales que se cruzan de manera transversal, la emoción, la palabra y la inspiración. Estos, de manera meta-poética, tejerán la madeja lírica del contenido.  Así, nuestro autor anota: Hoy en tu calle he revuelto esos sueños/  con los nuevos colores de los versos. / Luego me fui hasta hacer de tu regreso un motivo de ecos y campanas. // Nada faltaba.// Estaban los ladridos, las tildes del silencio, /el aire detenido de los besos.

Cada uno de estos ejes sirve para adentrarnos en el contenido de la obra. Así, el eje principal de este libro, son las emociones. El poeta las hace aparecer bajo la sombra de los abrazos con “tres movimientos: // rotación, / translación /y emoción.// Y sigue diciendo, “Cuando eso ocurre/ soy un universo/ en movimiento”. Desde el primer poema de la obra, Las nubes, Juan Andrés irá trazando estas emociones asemejándolas al susurro de las nubes. Así, el poeta escribe que, “a veces (oye) a las nubes deshilachar secretos y (lavarle) memorias escondidas”. Es también la emoción de la levedad, como el agua y su plural que siempre se escapa…/ dejando la sed de la memoria…/”. La emoción, como movimiento pendular, ensartado en el tiempo, cada día, donde el yo lírico, dedica una nueva caligrafía de horizontes, acentos desenvueltos, intercaladas haches en los dedos, enlazadas palabras en los vientos,” para después de venir “sobre los versos”. Y termina, “te secaré el pelo, / la memoria de oro/ y el silencio”.

El segundo elemento con el que trabajará  Juan Andrés Pastor es con la palabra. La tomará como protagonista, de la que él apunta “camina despacio por sus sueños…// posando el interés sobre mi vaho . La palabra, como amante, donde el poeta parece ver  “en (sus) ojos; el color de un mar que (le) acompaña…” La palabra, que el poeta ha visto sonreír, / cuando volv(ía)/ de señalar los sueños/ uno a uno/ en el reloj del domingo y del museo.”  Es la palabra escrita la que señalará con expresiones metafórica a través de la cual, soñando, uno…quiere conocerte, un poco más, / como si fueras aquel cuaderno rubio/ sin coleta, semántica peinada y/ desenvuelta”. Sí, jugará con las palabras, esas mismas que forman poemas que a veces pierden letras que la levedad del momento se lleva pero que a pesar de todo “no puede borrar ninguna letr– / –el verso que al final de este poema/ tiene en tu luz, doble música eterna; /como la luz del Sol que nos espera”.

Por último, junto a la palabra, aparecerá el hecho mismo de la inspiración, esa que no se encuentra en los viejos diccionarios, los que tanto consulto en mis rutinas. Dice el poeta- Eres para mí lo extraordinario- una fuente- como la sed en alguien que suspira”. Este poeta que señala “la verdad más verdadera: la palabra más cierta, la que dicta el latido de todo lo que sient(e) cuando escrib(e)”. De esta manera, es capaz de anticipar un final con unos versos que no terminan aunque lo llame despedidas, donde la inspiración está presente,   porque esta es “la carta de tus ojos bien jugada, un mar ignoto hasta llegar detrás de las palabras. // Sólo el silencio de todas/ las estrellas/ que escondes en tu pelo; / brújula sin imán, hecha locura”.

Estos tres ejes, marcan- a mi modo de entender- el contenido de la obra. Son ellos los que nos acercan, entre líneas, a la meta-poesía, casi mística, de este poeta, “el alma que  está en los versos que no hemos escrito/ y en el cajón donde hemos perdido la promesa/ primera de un amor que es furtivo.

LA FORMA DE EXPRESAR EL CONTENIDO

En esta obra, Juan Andrés Pastor emplea –especialmente- el verso libre sin evitar algún que otro soneto. Esta estructura del verso le sirve como referencia del oficio de poeta. Así, de esta manera, “liberaremos entonces, -comenta- a todos los poemas detenidos”. Con el verso libre, el poeta rescatará ese microcosmos vital: Serán libres los versos y los besos. / Habrá menos problemas./ Tendrán los buenos días/ menos prisa, las tardes otra siesta/ y compañía/Serán las madrugadas/ como un regalo abierto/ debajo de las sábanas/ y las horas serán campanas/ que nos anuncian a la vida. Ahora bien, en este continente estructural del poemario, no es solo  el verso blanco lo que aparece ya que –también-se recurre a la métrica clásica, como es el caso del soneto “Sí se avanza”:
Fui víspera de ti, fui acertijo. /Tú, memoria y trabajo; la familia. / Aún el llanto te busca sorprendido/ estando como estás hecho vigilia.//
Una pared, las letras y rendido /sólo la soledad que nos tirita. /Conteniendo la sombra como un grito/  madre, piedad, verdad. España escrita.//
Renglón torcido, espera desatenta. /Esta vez la pared, como esperanza. / Un rezo hecho distancia, siendo afrenta.//
La sombra de tu nombre es una lanza/ más allá de un olvido que es condena. /Sólo se es memoria si se avanza.


Agradezco al autor el haberme permitido hacer este prólogo, obligando a cada uno de vosotros, los lectores a mirarme, en cierta medida, como testigo privilegiado de esta obra motivándoos a leerla. No sé si lo he conseguido. En definitiva, nuestro poeta no necesita prologuista, sus versos hablan por sí mismo y puedo declarar, enamorado de ellos, que merece la pena leerlos y meditarlos. No os importe desnudaros internamente al adentraros en las páginas de este libro sin olvidar pararos para, así,  guardar ese espacio silente que os ayudará a saborear mejor los versos, los poemas de Juan Andrés Pastor, en este Como una sirena que me abraza.




viernes, 18 de mayo de 2018

PRESENTACIÓN de REHACER EL ALBA POR EFI CUBERO



El 10 de mayo de este año 2018 Efi Cubero presentó Rehacer el alba. Memorias de un naufragio editado por Vitruvio, en la Residencia Universitaria Hernán Cortés de Badajoz. Era la puesta de largo de la obra en la ciudad del autor. Previamente la propia editorial lo había presentado en Madrid en la biblioteca Eugenio Trías

Se coloca en este espacio el texto integro de la presentación. Efi Cubero también prologa el libro. El texto de la presentación y el del prologo forman un análisis completo de la obra. 


"Quiero empezar agradeciendo a Faustino Lobato la inmensa satisfacción de hallarme aquí presentando su libro. Un libro que al leerlo no me deslumbró, sino que me alumbró, y estos son desde luego matices sustanciales puesto que para que una lectura pueda sacudirte el interior ha de traspasar la barrera de la propia lengua llegando a un más allá que la trascienda o que le imprima un particular sentido. Confieso que este libro me ahonda, me llega plenamente a lo más profundo, y les aseguro que no es tan fácil lograrlo.

Dijo una vez Rilke de cierto escritor lírico: “Era un poeta y odiaba lo impreciso” pienso que eso mismo podríamos aplicarlo a Lobato.

Ya que hablamos de Rilke en algunos de los poemas de este libro también sobrevuelan ángeles, pero diríamos con Barjau que la “esencia del ángel es consciencia, elevación o espectáculo de la realidad entera del mundo y de la historia.” Y me da que sobre éste o parecido contexto, vuelan libres las alas sobre los pecios del naufragio que Faustino Lobato nos propone.

La condición filosófica, y filológica, de Faustino ya nos advierte de la exactitud de su palabra y del conocimiento de la tradición, pero de una tradición bien entendida, dentro claro está de la corriente absolutamente contemporánea de una poesía que le permite reencontrar, de alguna nueva forma, lo perdido. Lobato como experto en lexicografía, sabe bien que para cavar en nuestro propio fondo tan solo disponemos del lenguaje por lo tanto, este poeta profesor, maneja y cuida el mismo con solvencia y hondura logrando que éste sea claro y legible, sintetizado e intemporal. Es decir que aparta la hojarasca, que es desde luego siempre lo que primero prende. Partiendo de esa base diremos que su poética está impregnada de una absoluta lucidez, lucidez sí, pero al borde de un filo donde habita el enigma.

Diluvia a veces sobre la barca de este poemario  pero también brasas ardientes sostienen la vigencia de estos versos una vez que la llama ha incendiado, o purificado, los conceptos. Su poesía, lejos de la retórica, cava. Sintetiza. Es esencia. E incertidumbre.

La incertidumbre es mirar más adentro sin saber encontrarnos.Sabemos que la poesía, esa luz inestable, es un extraño puente tendido sobre el tiempo. Atraviesa fronteras de una manera libre, acaso porque jamás las tuvo.

Puente sobre el vacío es este poemario y puente sobre el agua, pero también es la nada  y lo que llena el hueco, la hendidura y el río, el barro y la intemperie y la frontera misma en todo aquello que está siempre oscilando entre el espejo y el azogue. La poesía ya sabemos que es un misterio y a la vez es la realidad que borra límites. Y hasta limitaciones personales. Aquí estamos en auténtica Poesía que abre estelas, desbroza espacios, hace pensar, sentir, meditar, de forma tan intensa como perturbadora.

Nos hallamos ante un libro necesario, un libro importante, un meditado libro que no deja nada al azar. Yo diría que, para los que no nos conformamos con rutilantes bazares de baratijas varias o espejuelos cambiantes, nos hallamos ante un poemario imprescindible. De una gran calidad. De los que sin duda dejan huella. Dotado de una corriente filosófica, metafísica, más allá de la anécdota o de lo narrativo, pero muy pegado a lo real que deviene hacia una ética personal, a veces heterodoxa, como una declaración de principios que lleva implícita la desobediencia.



Un libro concentrado y existencialista donde, el que escribe y describe, permanece con la mente alerta mediante un pensamiento que a menudo descree de las eternas verdades propagadas, porque quizá sabe o intuye, que la libertad al fin y al cabo es un concepto que ha de vivirse desde el interior.

 Rehacer el alba lleva como subtítulo Memorias de un naufragio. Y serán esas Memorias: 1ª, 2ª, 3ª y 4ª, llamadas; La levedad del barro; Si el infierno soluciona la distancia; Movimiento de lo absurdo y Más allá de las tinieblas,  las que sirvan de pórtico a los diferentes apartados, además de varias citas de excelentes autores que aportan sentido a los cuatro capítulos que articulan el libro.

El autor, modula a su antojo lo medular de un discurso que avanza más allá de la subjetividad, ampliando la consciencia del yo para afianzarse en el nosotros, hasta alcanzar, o rehacer, esa luz diurna – “sería la del alba”- tan cervantina o sanjuanista, o ambas cosas a la vez. El vocabulario empleado no es el de la asepsia ni el del erudito, sino que contiene la realidad desnuda de lo que observa, el barro, la tierra del sendero, el desierto, la lluvia, el simulacro, la mezquindad, la soberbia de los que piensan que están en posesión de la verdad, la emoción, el fracaso, el dolor de la caída, el emerger de nuevo a la inocencia, Eros y Thanatos, y también la meditación contemplativa que pertenece a ese plano de luz de lo inefable.

“El ángel guardián estrena puerta.” – Nos dice en un verso-
 Como en la Divina Comedia, el poeta se pone en camino cuando ha sido expulsado del paraíso, suponemos que al sucumbir a la tentación de la duda a través del árbol del conocimiento.

No lleva un guía virgiliano, pero si un interlocutor enigmático que permanece en silencio mientras el poeta establece un diálogo ininterrumpido con esta forma alta de una ausencia- presencia.

Todo sigue viviendo menos la ausencia, digo yo en unos versos, pero esa ausencia vive. Aquí vive y además puede palparse.

Rehacer el alba, se abre con un poema, dueño a sí mismo de su propio secreto:
En la interlocución que Lobato fragua, al principio, leemos.

“DE PIE, en el umbral del misterio. Un instante después de abandonarlo todo; un momento, mientras la muerte y la vida se citan ante un “ Gott  ist  tot ”. Sí, estar de pie con el latido del “fracaso” en las manos, soportando la tensión de mi ego y su sombra, para amanecer, después del naufragio, con la certeza de esta levedad del barro que me circunda”

El, primero hegeliano y más tarde nietzscheano, “Gott ist tot”. Ese “Dios ha muerto”, o tal vez el silencio de Dios, que aún resuena en la existencial búsqueda que a muchos pensadores y místicos ha desasosegado, y aun desasosiega, nos muestra la clave por dónde, este libro de interrogaciones sin respuesta, se irá, como el poeta, abriendo paso. Pero este un libro laico, para nada religioso, que habla al abismo del propio ser humano. A lo que ignoramos de esa opacidad donde el interior se debate con arranques de intimidad  irreductible.

¿Por qué me interesó desde el primer momento y me interesa tanto el engranaje y fondo de este libro?

Pues por varias razones que intentaré abocetar. Me interesa fundamentalmente porque contiene una tensión expresiva que rebosa los cauces y se mueve desde un pensamiento cognoscitivo hasta ese vocabulario del espíritu que se adentra más y más en las raíces del corazón, de la memoria, del interior más abisal y más en sombra, cuidando y uniendo la sonoridad de los versos con una exquisita precisión semántica y una emoción sincera que traspasa los bordes del acto mismo de crear. Me interesa porque está atravesado por el dolor pero sin ser en absoluto compasivo. Porque no nos seduce con imágenes coloristas ni tampoco nos intenta consolar, porque la herida abierta se defiende por sí misma sin necesitar de puntos de sutura. Porque puede volar en libertad de la misma forma en la que se despeña.

Lobato nada contra corriente en este libro exento, de implacable desnudez y economía expresiva, que sin embargo hiere desde su confinamiento buscado. Una suerte de exilio interior que se escuda o protege, pero que al mismo tiempo se nos muestra tan desnudo como descarnadamente sincero. Esa es la contradictoria dimensión que muchas veces alcanza – como sucede en este caso-  la autenticidad de la poesía. El autor se despoja de artificios y de anécdotas, acaso como contestación a la moneda de cambio de cierto tipo de lenguaje, muy empleado en los últimos tiempos, ya que existen poquísimas cosas que se salven frente a los intereses de nuestra supuesta civilización.


Rehacer el Alba representa una interesante e intensa búsqueda, a veces un soliloquio, una conversación consigo mismo y a la vez un diálogo profundo con un receptor desconocido.
Me detengo ahora en un poema, les advierto que no incidiré en ellos, dejo ese cometido primordial a su autor porque el poeta sabe siempre qué tono emplear en lo que desea transmitir de su obra, por tanto, es mejor no proyectar sombra, ni pisar un territorio que solamente al que lo ha creado pertenece.

LOS OJOS hablaron, sin preguntar nada,
al dejarme desnudo en un territorio
sereno. El silencio ocupó
el lugar de la distancia.

                             Estoy en la frontera de lo posible.

Me duele la discreción
que abandoné
para no molestar en este teatro
gris sin fantasías.

Nosotros, los lectores, nos preguntamos:

¿A quién pertenecen esos OJOS que él se propone proyectarnos en mayúsculas? 
¿Qué teatro gris sin fantasías rechaza al poeta, y a su vez es por él mismo, rechazado?
Y: ¿Qué intenta decirnos desde esa desnudez primordial como si fuera arrojado de un hipotético paraíso?

Unos versos cruciales de este poema enigmático nos zarandean y desvelan y no acaban de darnos la respuesta:

“El silencio ocupó el lugar de la distancia.”
“Estoy en la frontera de lo posible”.

Yo afirmo en el prólogo que aquí hay que bracear en el dolor que respiran estos versos, en su clara potenciación expresiva, bucear en sus aguas y descubrir en el barro del fondo las distintas verdades de una sed de absoluto. En esta poesía hay un punto de fuga que libera, aunque sabemos con Lobato que esa supuesta consistencia ontológica no deja de ser también algo ilusorio.

Depurada conciencia lingüística de concentración y agilidad en unos versos que interpelan con contenido y forma. Hay aquí desconfianza, dudas e incertidumbres, pero también afirmación y luz. Coherentemente, el dolor que transita en cada página, a la vez que escarba en lo personal, elude las anécdotas aproximándose a ese punto esencial de lo experimentado en carne y alma propia o en la íntima conciencia vulnerable. Un libro tenso e intenso en forcejeos, encuentros y desencuentros, diálogos entre el vacío y la autenticidad que la palabra contiene más allá de ella misma, como todo lenguaje que supera los muros fronterizos y es digno de ser llamado  Poesía. Condensado. Conceptual. No es muy dado este creador a lo fácil de las imágenes condescendientes. Busca más bien el núcleo sustancial, en planos transversales, como los de ese espejo de la muerte que -según Octavio Paz- refleja las vanas gesticulaciones de la vida. Y prefiere llegar hasta lo abisal de la conciencia antes que quedarse en la mera envoltura de lo epidérmico. Para el lector atento, en este libro pueden encontrarse los temas más profundos que desvelan al hombre desde antiguo, temas agustinianos, o de San Juan de la Cruz, interiores espacios que se debaten entre lo “visible” y la invisibilidad, la madurez, la infancia, el concepto del tiempo, vida y muerte, amor, camino y soledad. 

Fronterizo, y al mismo tiempo más allá de toda frontera, Faustino Lobato intenta hacernos mirar hacia su propio centro.

 Al mismo tiempo, en un desdoblamiento de planos, el interlocutor al que él se dirige, es un misterio en sí que no debemos, ni pretendemos resolver.

Tengo que pagar  este pacto de la vida  sin romper el hálito que me une a ti.”…  Exclama.
Pienso que su poesía, más que un “acto de fe”, es un profundo acto de duda que me remite a veces a los personajes de Bertolt Brecht que inútilmente esperaban a Godot.

Esta poesía está dotada de una sensibilidad social que  enmarca una perspectiva universalista, sin desdeñar la magia de la percepción lírica que nos une para siempre a la extrañeza de la infancia y también a la estatura del hombre que avanza en el presente y se reafirma en su dolor existencial.

 Una cuestión de óptica personal, contestación o apuesta frente a la complejidad de unos tiempos en los que parece que el número de poetas supera al de los lectores de poesía y a menudo deviene en audiovisualidad escenográfica o poesía elípticamente novelada en ciertos poemas de actualidad.

En un mundo como el de ahora mismo, tan desolador y pragmático, necesitamos esta clase de poesía, con destellos de fulgores ciertos, que nos hace, sin duda, sentir, emocionarnos, reflexionar.


En la primera parte, o memoria, en la llamada Levedad del barro, se halla implícita la pérdida de la inocencia, la pérdida de la fe, el silencio. Lo que absorbe el sentido de esta primera parte es la ausencia… El reverso de Saulo a las puertas de Damasco, hay caída pero no iluminación porque de repente el hombre ha perdido esa luz, la creencia en esa luz, y se ha extraviado y ha vuelto a la materia sin la luz augural que lo guiaba. La luz  “Uno por uno, los límites del paraíso”. La ausencia es un vacío que nadie ni nada podrá nunca llenar. Es la fuga de ese lugar de confort de un hipotético Edén. En la intemperie u opacidad de los desiertos, el poeta necesita la claridad porque en un tiempo de lamentaciones:

“Con poca claridad no sé dónde colocar la mirada.  Mi corazón late al ritmo de una música que no quiero tocar y que, sin fuerza, interpreto”
“Ahora, me detengo ante otra forma de la vida con nombre y rostro propios”
El deseo limitado, la levedad de todo, la soledad,
 “Las divinas ausencias”
“¡Hay tanta ausencia!” exclama…
Y ese enigmático:
“No hay dentro ni fuera”.
El creador en realidad no sabe
“Cómo parar esta inercia sin sentido”
Porque
 “Inventar la realidad no cambia
 el estado de sitio”
 Sí, el poeta se halla permanentemente en estado de sitio  porque no ignora que decir la verdad tiene su precio. “Cuesta entender la vida más allá de aquella otra donde lo sagrado enmascaraba mentiras.”

A medida que el libro avanza hay más balizas, señales de orientación frente a la oscuridad que se vislumbra en las líneas de sombra de algunos de estos versos. Una exasperación latente en esta disidencia que acciona ciertos guiños por donde podemos comprender o transitar mejor por entre páramos de búsqueda y deseo. También desde esa discrepancia se producen sacudidas de intensidad de una emoción poética objetiva.

Un sentimiento de culpa sacude los matices de esta segunda parte, la materia enfrentada al espíritu sin hallar equilibrio ni sosiego “¿Por qué vivir pendiente de mi noche?” se pregunta el poeta con una sinceridad conmovedora y, más abajo:

“Hay tanto dolor que ya no duele”.

El agua, al principio, anega y entristece. La lluvia cae sobre los cuerpos como si no lavara nada. Como si fueran lágrimas que se despeñan desde la memoria, sólo el griterío de los niños inunda de color el infortunio.

Llueve.

Más tarde, la lluvia es la catarsis que limpia los rincones más oscuros del alma. Las ideas son aves libres que sobrevuelan el fondo de los fondos. Todo volverá a fecundarse y renacer, pero, de momento:

“El otoño es presencia y todo es levedad”.

Sartre afirmaba que estábamos “condenados a ser libres, extranjeros en un mundo sin sentido”. Lobato se siente libre pero paradójicamente también preso de un mismo desarraigo, de un íntimo exilio  mientras nos habla de mantener la calma ante “el sentimiento atroz de ser extranjero de uno mismo”.


En la memoria tercera y cuarta persiste la tensión entre la calma y el desasosiego. Es un paréntesis continuado donde el poeta se debate. Un sentimiento de derrota o de fracaso entre las líneas de la oscuridad, o frente a lo hegeliano – cito a Hegel-  de “matarse entre los dos sentidos del poder, del mundo y de la fe.”

La tensión vertebra esta poesía, se articula en los versos con sus preguntas desenmascarando el orden establecido. Se desdobla y adentra en la complejidad de múltiples facetas. En la cosmología lobatiana, aunque la naturaleza se halle también presente, apunta más al centro de cada ser humano. Parte de una conciencia de irreductible soledad. Silencio, hay silencio entre líneas, un abisal silencio. Nos gana este silencio metafórico tan arraigado en la Naturaleza y en la naturaleza de las cosas, del hombre mismo, del poeta inmerso en esa apuesta personal donde encuentra sus límites, salta sus propios muros y es a un tiempo materia y espíritu, caos y orden, verdad e impostura.  

Lo vivo mínimo, la belleza en la aparente sencillez, esa esencial estética donde el autor extrae su propia e inimitable ética.

Y escarbar las raíces del fondo de la tierra manchándose del barro, desde ese palimpsesto profundo que abona el pensamiento, como soporte de su propias obra donde vibra y alienta con el alma del mundo, en esa metafísica de lo inmanente, cuando la realidad, e irrealidad de lo que observa, cruza por las manos del tiempo sin más explicación que el interior que dicta su secreto de vida, desvelándolo.

“Es posible la luz aunque haya oscuridad y tenga que volver a redimir el canto de los dedos mientras deshago el silencio que me separa de ti.”

La claridad, pese a todo, poco a poco se impone y ya no hay retroceso. La oscuridad se va dejando atrás porque una vida en plenitud llena todo resquicio y el amor ha vencido. El amor, y una risa de niño que es semilla fecunda de futuro permiten que el poeta recupere las ganas de soñar, de vivir, de crear, después del diluvio.  Desde la frescura y el amor se avanza paso a paso hasta emerger. Hasta que ese naufragio sea tan solo memoria, sólo imágenes… Y sea ya tiempo, sí, y posible, de un nuevo y renovado Rehacer el alba.


EFI CUBERO

(10 de mayo, 2018)

lunes, 14 de mayo de 2018

BAJO AL ABISMO


BAJO AL ABISMO de lo frágil, 
sin armadura, 
donde la voz se amortigua 
y el color desaparece.
En la superficie tenía lo esencial para existir
y me asfixiaba.

      No hay nada,     todo es
                    vacío.

La vida es un latido ante la miseria, 
un punto cardinal donde el verso escapa 
de la confusión 
y rompe 
la ceguera de la costumbre. 


MIS VISITAS AL MUNDO

MIS VISITAS AL MUNDO
Tiene Lisboa sonidos de agosto