
La lluvia golpea, rito impenitente
de aire y plantas. Un mar de paraguas
acelera el caos de la prisa. En el ascensor
se ahogan los pasos con un cruce azul
de encuentros. Los cuerpos se empujan,
sinfonía de agua en los cristales.
En los labios un dibujo de silencio.
Secretos inconfesables que marcan la piel
de las sábanas. Y en las manos la pasión
fecundando el deseo que aligera el amor,
libre de culpa, detenido en la mirada
pendular de los amantes. Sigue la lluvia.