martes, 6 de diciembre de 2016

La importancia de observar en Rodrigo Garrido.

         

    No es fácil encontrar un poemario que exprese, en pocos versos, aspectos importantes sobre la vida y el tiempo. Sin embargo, el libro de Rodrigo Garrido Paniagua, La primera vez que vi un animal murto, editado por Difácil, lo consigue.
               El poemario es un conjunto muy bien formado.
               Desde  la portada se descubren  notas de atención sobre lo bello y la vida. En ella aparecen dos elementos, la ilustración y el título de la obra, que hacen que el lector avisado pueda intuir la intencionalidad de esta creación de Rodrigo Garrido. Desde este frontispicio se aprecia un diálogo entre lo eterno y lo efímero, entre la vida y la muerte, donde la temporalidad juega un papel importante.
               Al detenernos en el dibujo de José María García, observamos a King Kong en lo alto del Empire State. Este obedece a unos versos del libro: “Su corazón late/ tan acelerado/ como una luz más de la ciudad.” (pg.18).  Un guiño al amor imposible, a la derrota de la bestia ante la belleza deseada. Con esta imagen de portada, el artista complementa lo que es el contenido del propio poemario.  Por otro lado, el título La primera vez que vi un animal murto, sacado de unos versos de la página 24, nos habla -como el dibujo de portada- de la sensación que se tiene ante los retazos de la vida que se va.
               Si vamos del continente al contenido de la obra y nos adentramos en ella, encontramos que en cada una de las cuatro partes en las que se divide, Rodrigo Garrido marca un fragmento de una historia íntima, la del yo literario que enfrenta la vida y el tiempo, como arriba indico.

               El primer capítulo aborda la intimidad del propio ser anotando el cómo PERDER LA INTIMIDAD. En este bloque de poemas el yo literario lleva al lector profundizar en lo atemporal y eterno ante el tiempo y la realidad (es) que perdemos. Esto supone una pérdida de inocencia o de intimidad como el poeta dice: abrir los ojos/hacia dentro/ es perder la intimidad. (pg. 11).
               De entrada, la intimidad se pierde cuando tomamos conciencia del extrañarnos ante lo que nos rodea, esto que a veces es como no querer saber lo que ocurre, como si se mirase en un espejo, donde basta con la imagen doblada de uno mismo (pg. 11). Por esto, el yo literario subraya: siempre dudé pronunciar/ de mí lo real/ porque la palabra propia/ duele. Es así, surge el dolor ante el temor de lo que no se acepta. Sin embargo, este temor se amortigua cuando el poeta advierte que como polvo en suspensión, descenderá/lento/ sobre lo escrito (pg. 13). Esta expresión subraya la escritura como una forma de terapia que ayuda a sobreponerse del disgusto provocado por la realidad descarnada.  En este punto del poema, como en muchos otros, el  poeta juega con la estética de los versos para hacer evidente ese descenso a la página en blanco donde la creación da forma a esos trazos de pérdidas de intimidad.

               Perder la intimidad es, también,  descubrir la variabilidad del yo, este yo que afirma los espacios construidos para terminar diciendo que, al igual que un niño que señala / quisiera volver a ignorar el verbo. (pg. 16). Junto a esto se anota lo efímero de lo aparentemente sublime. Lo pasajero está en todo menos en la mirada porque “la belleza/ no se encuentra en lo observado”. Un versos genial, este último, que separa -a modo platónico- la idea de belleza de su correspondencia en el mundo aparente. Lo real es lo infinito y ahí, en esta abstracción absoluta, el poeta trasmite la sensación de estar a salvo de la muerte. Así, en ese espacio de lo bello es donde el yo literario se siente “un hombre que sueña/ con algo inalcanzable/ y que duele” (pg.18). Duele porque fenece.

               A propósito del morir importa la pregunta que el poeta se hace a modo de incipiente reflexión: ¿será la perdida /lo que me impide afrontar/ la visión de lo inerte?  Porque lo que no se mueve, el vacío, es una realidad de la que se huye. No hay dudas,  es en la búsqueda de lo eterno donde el yo se encuentra con lo efímero, con el espacio que no le corresponde y rechaza y que ineludiblemente tiene que aceptar. Aun así, “se olvidan momentos trascendentales/ como si con ello aplazáramos un veredicto” (pg. 24).

               El segundo capítulo, PRONUNCIAR LO QUE SE TEME, es una continuación temática del primero.  Este comienza con una confesión valiente hecha por el propio poeta diciendo no saber todo y especialmente de “la escena que nos acompañará a la muerte” (pg. 27). Esta incapacidad es la que le lleve a la actitud creadora que –aunque tarde- le hace disfrutar de los días felices y con esa actitud positiva comenta “uso aquí los versos// anticipo el instante,/ fantaseo con la posibilidad poética de contener el infinito”. (ibd.) Otra vez la preocupación de agarrarse a lo eterno como la condición sin la cual es difícil seguir.       
               Hay que hacer girar la vida, “en sentido contrario al de las nubes” y atreverse a observar “la secreta profundidad del hombre” y preguntarse aunque este hecho suponga un peso (pg. 29). Preguntar es pronunciar, evidenciar, acercar el tiempo. El poeta se reconoce “tiempo en minúsculas” y es a través de esto como se advierte el vértigo y la prisa a la que intenta darle sentido (pg. 30).
               En esta línea temática de la temporalidad el poeta construye dos metarrelatos el de la vida y el de la muerte.
               La vida es asimilada a la felicidad diciendo que el ser humano, desea la felicidad –continua- su plenitud hay que buscarla (pg. 31). Esa felicidad de la carne, que en versos finales, dirá el poeta,  “apenas nos roza con sus labios inocentes” (pg. 64). Junto a lo vital deseado aparece el temor a perderlo, y esto mismo que nos hace infelices hay que pronunciarlo, por ello-dice el poeta- que “toda nuestra herencia / se reduce a esta sala de espera/ en la que enumerar motivos para la vida” (ibd.). Enumerar es pronunciar de forma exhaustiva.
               En el reverso de la misma moneda la muerte, una realidad  presente en todo momento y  de la que el poeta dice “que, /… / siempre estuvo a la misma distancia” (pg. 32). Con este hecho de la muerte se vuelve el temor de la fragilidad. Para evitar que esta levedad del ser haga daño  hay que pronunciarla, porque al verbalizar el dolor el ser  torna conciencia de él y lo acepta como parte de sí mismo. El autor dirá, constatando este hecho: “NOS ABRAZA LA ENFERMEDAD/ COMO UN BOSQUE AMARILLO. A pesar de todo, seguirá reflexionando, “me cuesta aceptar que la muerte/ sea nuestra invitada a cada paso” (pg. 34). Magnifico guiño al tempus fugit de los clásicos (Virgilio). Estas expresiones son cuestionadas al decir:  “¿cómo ganar el tiempo?/ ¿Cómo estrenar la ciudad cada día?”.
               Escribir sobre la vida y la muerte no es más que hacer hincapié sobre  el hecho mismo del existir. Basta mirar los poemas finales de esta segunda parte para comprobarlo. Un existir ante el que se tiembla. Merece leer estos versos que nos vuelven a retrotraer a los clásicos:
Es lo excepcional,
                              la vida,
un paréntesis caprichoso
que nos salva
                              brevemente.
del largo anonimato de la ausencia  (pg. 37).
Pensar la existencia es también una forma de pronunciarla, de hacerla evidente sabiendo de su levedad porque “pensar en la existencia/ provoca un vértigo de gloria en ruinas” (pg.39)
               El tercer capítulo. PATRIMONIO EN LLAMAS, se abre con un poema que subraya aquellos lugares donde la emoción crece como un lenguaje diferente, y hace llorar. Espacios que, como dice el poeta, nos escogieron: “yo nunca elegí/ ser hijo de estas fronteras/pero la costumbre/nos hace amar un tiempo y un espacio.” (pg. 43). Este patrimonio  es la propia memoria que el poeta explana en los versos tomando ahora, como metarrelato,  los cuadros de Hopper, el pintor del silencio y de la soledad.  “Espacios donde llegar a pensar el tiempo”, porque “en los cuadros de Hopper/ permanece el tiempo.” Interesante como el poeta indica que es el tiempo de lo vivido, de la memoria, de la que  se siente culpable. Esta memoria (tiempo pasado), su peso-dice- “me hará mirar, / cada vez más y más/ hacia abajo” (pg. 53). La memoria, el tiempo recordado lo siente arder, consumirse con la expresión “hacia abajo”.
               Por otro lado, el poeta es consciente que la memoria, se consuma o no, arda o permanezca incólume es algo connatural al ser humano. Este no pierde la costumbre de mirar hacia atrás haciéndose consciente que “no es basura/ aquello que persiste en la memoria”, “hermosos tiempos vencidos /donde una vez fuimos dioses para siempre” (pg. 54).
               La memoria como tiempo vivido es protagonista de la mayoría de los versos de esta tercera parte. Tiempo-memoria- que remiten al deseo imaginado:
               “acuden/ para envejecer, /tiempos que uno siempre duda haber vivido” (pg.49). Tiempo y vida: “El tiempo no solo habita en el interior de los bosques/ escribí una vez” (pg. 53).
               En el centro de esta  preocupación por los elementos espacio-temporales el poeta coloca una nota característica del ser humano en evolución como es la de observar: “quisiera haber sido, / por ejemplo, /un mirlo que observa el mundo” (pg-.45). Este hecho de la observación es lo que provoca la extrañeza en los versos del primer capítulo.
               Se  cierra este apartado del tiempo y la memoria con  unos versos elocuentes que merecen ser traídos  a estas líneas:
Envejecemos a cada golpe de palabra
porque
               la palabra es el fuego
que consume la misma realidad que crea.

Aunque se ignoren
               de los espejos
sus zarpazos,
un temblor de humo permanece:
Todo lo que arranqué para mi memoria
               (pg. 56)

               Hay que aplaudir estos versos finales  porque, cada uno de ellos,  nos lleva al centro de la existencia misma,  a la memoria de lo que uno es, a ese existir que nos hace conscientes de la fragilidad y como se apunta  en el capítulo anterior, “provoca un vértigo de gloria en ruina” (pg. 39).
               El último capítulo, TODO LO QUE VEO ME SOBREVIVIRÁ, completa este diálogo  vida-tiempo que el poeta ha ido entrelazando en la emoción de los versos. La vida como el soporte y el tiempo como el genio que la transforma.
               En el primer poema el yo literario aparece como un yo solidario que comparte intervalos especiales y diferentes con los demás. “No lo sabíamos / pero habíamos de coincidir/ todos/ en este preciso intervalo” (pg. 60). Un yo que tratará de observar, de ver cosas con apariencia simple, intrascendente: Una piel de naranja sobre el asfalto gris, porque este “puede ser un fragmento/ de atardecer precoz/ // pero también /un ala/incendiada de Ícaro” (pg.62); O una inocente miga de pan, porque esta puede hacernos descubrir “primero, /la oscura inmediatez/// y rápidamente la prisa en cada paso” (pg.63).
               Otra vez se vuelve a insistir en la temporalidad al decir: atardecer precoz, la prisa en cada paso, marcando el momento de la observación.  En los versos finales el poeta volverá a las consideraciones clásicas del tempus fugit, diciendo que “el tiempo es un amante rápido y descorazonador” (pg. 64); u otros versos en los que se subraya “que lo fugaz que nos habita sea la vida apetecible”. (pg. 67).
               En este contexto el yo literario apunta a un estado de coherencia y de honestidad vital en LO QUE ME QUEDA DE VIDA, dice:
La paciencia
               conque la gravead
vence a las manzanas,
y dentro de mí
ese impulso desconocido
que me hace huir
               y huir
de todo aquello que se pudre. (pg. 66)
               Mirada, observación, y tiempo se mezclan ante “ese instante oscuro/ y para siempre,/ algo irrepetible/ que lastime lo enfermo de la vida” (pg.69). Porque, dice el poeta, “mis ojos observan / su porción de mundo/ convencidos de lo excepcional, // como si la vida dependiera de un descuido” (ibíd.)
               Terminará esta última parte con imágenes que hablan de la vida y que a su vez  nos llevan al símbolo de lo materno: así, la luna, que dice “está llena / de la esperanza del náufrago” (pg. 70); o la imagen de los pecho, que muerde “para ser inmortal” (pg.71) Esta última imagen recuerdan las pinturas renacentistas de la galactofusa –de la madre nutricional, acentuando la vida. Sobre esta última el poeta volverá con unos versos que hablan de la vía láctea cuando expresa: “de los senos del cielo/ brota/ una galaxia blanca” (ibid.).
               Esta vida diseñada entre versos el poeta termina de dibujándola como una realidad que lleva a emocionar cuando se es consciente de tenerla y de apreciarla por encima de la muerte. Tan es así que ante esta vida-efímera pero real- el yo grita  “como si fuera el único habitante de la Tierra” hasta romper “el silencio” (pg.75).


               Maravilloso recorrido, el de este poemario, por los entresijos del ser humano. Versos que emocionan y que hay que releer como el que retiene en la boca el sabor de una buena comida. Poemas que enganchan y hacen que el lector se sienta identificado con lo que se expresa porque hablan de la condición propio del ser: la vida, la muerte, la memoria,  y el tiempo que pasa. 
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