viernes, 18 de mayo de 2018

PRESENTACIÓN de REHACER EL ALBA POR EFI CUBERO



El 10 de mayo de este año 2018 Efi Cubero presentó Rehacer el alba. Memorias de un naufragio editado por Vitruvio, en la Residencia Universitaria Hernán Cortés de Badajoz. Era la puesta de largo de la obra en la ciudad del autor. Previamente la propia editorial lo había presentado en Madrid en la biblioteca Eugenio Trías

Se coloca en este espacio el texto integro de la presentación. Efi Cubero también prologa el libro. El texto de la presentación y el del prologo forman un análisis completo de la obra. 


"Quiero empezar agradeciendo a Faustino Lobato la inmensa satisfacción de hallarme aquí presentando su libro. Un libro que al leerlo no me deslumbró, sino que me alumbró, y estos son desde luego matices sustanciales puesto que para que una lectura pueda sacudirte el interior ha de traspasar la barrera de la propia lengua llegando a un más allá que la trascienda o que le imprima un particular sentido. Confieso que este libro me ahonda, me llega plenamente a lo más profundo, y les aseguro que no es tan fácil lograrlo.

Dijo una vez Rilke de cierto escritor lírico: “Era un poeta y odiaba lo impreciso” pienso que eso mismo podríamos aplicarlo a Lobato.

Ya que hablamos de Rilke en algunos de los poemas de este libro también sobrevuelan ángeles, pero diríamos con Barjau que la “esencia del ángel es consciencia, elevación o espectáculo de la realidad entera del mundo y de la historia.” Y me da que sobre éste o parecido contexto, vuelan libres las alas sobre los pecios del naufragio que Faustino Lobato nos propone.

La condición filosófica, y filológica, de Faustino ya nos advierte de la exactitud de su palabra y del conocimiento de la tradición, pero de una tradición bien entendida, dentro claro está de la corriente absolutamente contemporánea de una poesía que le permite reencontrar, de alguna nueva forma, lo perdido. Lobato como experto en lexicografía, sabe bien que para cavar en nuestro propio fondo tan solo disponemos del lenguaje por lo tanto, este poeta profesor, maneja y cuida el mismo con solvencia y hondura logrando que éste sea claro y legible, sintetizado e intemporal. Es decir que aparta la hojarasca, que es desde luego siempre lo que primero prende. Partiendo de esa base diremos que su poética está impregnada de una absoluta lucidez, lucidez sí, pero al borde de un filo donde habita el enigma.

Diluvia a veces sobre la barca de este poemario  pero también brasas ardientes sostienen la vigencia de estos versos una vez que la llama ha incendiado, o purificado, los conceptos. Su poesía, lejos de la retórica, cava. Sintetiza. Es esencia. E incertidumbre.

La incertidumbre es mirar más adentro sin saber encontrarnos.Sabemos que la poesía, esa luz inestable, es un extraño puente tendido sobre el tiempo. Atraviesa fronteras de una manera libre, acaso porque jamás las tuvo.

Puente sobre el vacío es este poemario y puente sobre el agua, pero también es la nada  y lo que llena el hueco, la hendidura y el río, el barro y la intemperie y la frontera misma en todo aquello que está siempre oscilando entre el espejo y el azogue. La poesía ya sabemos que es un misterio y a la vez es la realidad que borra límites. Y hasta limitaciones personales. Aquí estamos en auténtica Poesía que abre estelas, desbroza espacios, hace pensar, sentir, meditar, de forma tan intensa como perturbadora.

Nos hallamos ante un libro necesario, un libro importante, un meditado libro que no deja nada al azar. Yo diría que, para los que no nos conformamos con rutilantes bazares de baratijas varias o espejuelos cambiantes, nos hallamos ante un poemario imprescindible. De una gran calidad. De los que sin duda dejan huella. Dotado de una corriente filosófica, metafísica, más allá de la anécdota o de lo narrativo, pero muy pegado a lo real que deviene hacia una ética personal, a veces heterodoxa, como una declaración de principios que lleva implícita la desobediencia.



Un libro concentrado y existencialista donde, el que escribe y describe, permanece con la mente alerta mediante un pensamiento que a menudo descree de las eternas verdades propagadas, porque quizá sabe o intuye, que la libertad al fin y al cabo es un concepto que ha de vivirse desde el interior.

 Rehacer el alba lleva como subtítulo Memorias de un naufragio. Y serán esas Memorias: 1ª, 2ª, 3ª y 4ª, llamadas; La levedad del barro; Si el infierno soluciona la distancia; Movimiento de lo absurdo y Más allá de las tinieblas,  las que sirvan de pórtico a los diferentes apartados, además de varias citas de excelentes autores que aportan sentido a los cuatro capítulos que articulan el libro.

El autor, modula a su antojo lo medular de un discurso que avanza más allá de la subjetividad, ampliando la consciencia del yo para afianzarse en el nosotros, hasta alcanzar, o rehacer, esa luz diurna – “sería la del alba”- tan cervantina o sanjuanista, o ambas cosas a la vez. El vocabulario empleado no es el de la asepsia ni el del erudito, sino que contiene la realidad desnuda de lo que observa, el barro, la tierra del sendero, el desierto, la lluvia, el simulacro, la mezquindad, la soberbia de los que piensan que están en posesión de la verdad, la emoción, el fracaso, el dolor de la caída, el emerger de nuevo a la inocencia, Eros y Thanatos, y también la meditación contemplativa que pertenece a ese plano de luz de lo inefable.

“El ángel guardián estrena puerta.” – Nos dice en un verso-
 Como en la Divina Comedia, el poeta se pone en camino cuando ha sido expulsado del paraíso, suponemos que al sucumbir a la tentación de la duda a través del árbol del conocimiento.

No lleva un guía virgiliano, pero si un interlocutor enigmático que permanece en silencio mientras el poeta establece un diálogo ininterrumpido con esta forma alta de una ausencia- presencia.

Todo sigue viviendo menos la ausencia, digo yo en unos versos, pero esa ausencia vive. Aquí vive y además puede palparse.

Rehacer el alba, se abre con un poema, dueño a sí mismo de su propio secreto:
En la interlocución que Lobato fragua, al principio, leemos.

“DE PIE, en el umbral del misterio. Un instante después de abandonarlo todo; un momento, mientras la muerte y la vida se citan ante un “ Gott  ist  tot ”. Sí, estar de pie con el latido del “fracaso” en las manos, soportando la tensión de mi ego y su sombra, para amanecer, después del naufragio, con la certeza de esta levedad del barro que me circunda”

El, primero hegeliano y más tarde nietzscheano, “Gott ist tot”. Ese “Dios ha muerto”, o tal vez el silencio de Dios, que aún resuena en la existencial búsqueda que a muchos pensadores y místicos ha desasosegado, y aun desasosiega, nos muestra la clave por dónde, este libro de interrogaciones sin respuesta, se irá, como el poeta, abriendo paso. Pero este un libro laico, para nada religioso, que habla al abismo del propio ser humano. A lo que ignoramos de esa opacidad donde el interior se debate con arranques de intimidad  irreductible.

¿Por qué me interesó desde el primer momento y me interesa tanto el engranaje y fondo de este libro?

Pues por varias razones que intentaré abocetar. Me interesa fundamentalmente porque contiene una tensión expresiva que rebosa los cauces y se mueve desde un pensamiento cognoscitivo hasta ese vocabulario del espíritu que se adentra más y más en las raíces del corazón, de la memoria, del interior más abisal y más en sombra, cuidando y uniendo la sonoridad de los versos con una exquisita precisión semántica y una emoción sincera que traspasa los bordes del acto mismo de crear. Me interesa porque está atravesado por el dolor pero sin ser en absoluto compasivo. Porque no nos seduce con imágenes coloristas ni tampoco nos intenta consolar, porque la herida abierta se defiende por sí misma sin necesitar de puntos de sutura. Porque puede volar en libertad de la misma forma en la que se despeña.

Lobato nada contra corriente en este libro exento, de implacable desnudez y economía expresiva, que sin embargo hiere desde su confinamiento buscado. Una suerte de exilio interior que se escuda o protege, pero que al mismo tiempo se nos muestra tan desnudo como descarnadamente sincero. Esa es la contradictoria dimensión que muchas veces alcanza – como sucede en este caso-  la autenticidad de la poesía. El autor se despoja de artificios y de anécdotas, acaso como contestación a la moneda de cambio de cierto tipo de lenguaje, muy empleado en los últimos tiempos, ya que existen poquísimas cosas que se salven frente a los intereses de nuestra supuesta civilización.


Rehacer el Alba representa una interesante e intensa búsqueda, a veces un soliloquio, una conversación consigo mismo y a la vez un diálogo profundo con un receptor desconocido.
Me detengo ahora en un poema, les advierto que no incidiré en ellos, dejo ese cometido primordial a su autor porque el poeta sabe siempre qué tono emplear en lo que desea transmitir de su obra, por tanto, es mejor no proyectar sombra, ni pisar un territorio que solamente al que lo ha creado pertenece.

LOS OJOS hablaron, sin preguntar nada,
al dejarme desnudo en un territorio
sereno. El silencio ocupó
el lugar de la distancia.

                             Estoy en la frontera de lo posible.

Me duele la discreción
que abandoné
para no molestar en este teatro
gris sin fantasías.

Nosotros, los lectores, nos preguntamos:

¿A quién pertenecen esos OJOS que él se propone proyectarnos en mayúsculas? 
¿Qué teatro gris sin fantasías rechaza al poeta, y a su vez es por él mismo, rechazado?
Y: ¿Qué intenta decirnos desde esa desnudez primordial como si fuera arrojado de un hipotético paraíso?

Unos versos cruciales de este poema enigmático nos zarandean y desvelan y no acaban de darnos la respuesta:

“El silencio ocupó el lugar de la distancia.”
“Estoy en la frontera de lo posible”.

Yo afirmo en el prólogo que aquí hay que bracear en el dolor que respiran estos versos, en su clara potenciación expresiva, bucear en sus aguas y descubrir en el barro del fondo las distintas verdades de una sed de absoluto. En esta poesía hay un punto de fuga que libera, aunque sabemos con Lobato que esa supuesta consistencia ontológica no deja de ser también algo ilusorio.

Depurada conciencia lingüística de concentración y agilidad en unos versos que interpelan con contenido y forma. Hay aquí desconfianza, dudas e incertidumbres, pero también afirmación y luz. Coherentemente, el dolor que transita en cada página, a la vez que escarba en lo personal, elude las anécdotas aproximándose a ese punto esencial de lo experimentado en carne y alma propia o en la íntima conciencia vulnerable. Un libro tenso e intenso en forcejeos, encuentros y desencuentros, diálogos entre el vacío y la autenticidad que la palabra contiene más allá de ella misma, como todo lenguaje que supera los muros fronterizos y es digno de ser llamado  Poesía. Condensado. Conceptual. No es muy dado este creador a lo fácil de las imágenes condescendientes. Busca más bien el núcleo sustancial, en planos transversales, como los de ese espejo de la muerte que -según Octavio Paz- refleja las vanas gesticulaciones de la vida. Y prefiere llegar hasta lo abisal de la conciencia antes que quedarse en la mera envoltura de lo epidérmico. Para el lector atento, en este libro pueden encontrarse los temas más profundos que desvelan al hombre desde antiguo, temas agustinianos, o de San Juan de la Cruz, interiores espacios que se debaten entre lo “visible” y la invisibilidad, la madurez, la infancia, el concepto del tiempo, vida y muerte, amor, camino y soledad. 

Fronterizo, y al mismo tiempo más allá de toda frontera, Faustino Lobato intenta hacernos mirar hacia su propio centro.

 Al mismo tiempo, en un desdoblamiento de planos, el interlocutor al que él se dirige, es un misterio en sí que no debemos, ni pretendemos resolver.

Tengo que pagar  este pacto de la vida  sin romper el hálito que me une a ti.”…  Exclama.
Pienso que su poesía, más que un “acto de fe”, es un profundo acto de duda que me remite a veces a los personajes de Bertolt Brecht que inútilmente esperaban a Godot.

Esta poesía está dotada de una sensibilidad social que  enmarca una perspectiva universalista, sin desdeñar la magia de la percepción lírica que nos une para siempre a la extrañeza de la infancia y también a la estatura del hombre que avanza en el presente y se reafirma en su dolor existencial.

 Una cuestión de óptica personal, contestación o apuesta frente a la complejidad de unos tiempos en los que parece que el número de poetas supera al de los lectores de poesía y a menudo deviene en audiovisualidad escenográfica o poesía elípticamente novelada en ciertos poemas de actualidad.

En un mundo como el de ahora mismo, tan desolador y pragmático, necesitamos esta clase de poesía, con destellos de fulgores ciertos, que nos hace, sin duda, sentir, emocionarnos, reflexionar.


En la primera parte, o memoria, en la llamada Levedad del barro, se halla implícita la pérdida de la inocencia, la pérdida de la fe, el silencio. Lo que absorbe el sentido de esta primera parte es la ausencia… El reverso de Saulo a las puertas de Damasco, hay caída pero no iluminación porque de repente el hombre ha perdido esa luz, la creencia en esa luz, y se ha extraviado y ha vuelto a la materia sin la luz augural que lo guiaba. La luz  “Uno por uno, los límites del paraíso”. La ausencia es un vacío que nadie ni nada podrá nunca llenar. Es la fuga de ese lugar de confort de un hipotético Edén. En la intemperie u opacidad de los desiertos, el poeta necesita la claridad porque en un tiempo de lamentaciones:

“Con poca claridad no sé dónde colocar la mirada.  Mi corazón late al ritmo de una música que no quiero tocar y que, sin fuerza, interpreto”
“Ahora, me detengo ante otra forma de la vida con nombre y rostro propios”
El deseo limitado, la levedad de todo, la soledad,
 “Las divinas ausencias”
“¡Hay tanta ausencia!” exclama…
Y ese enigmático:
“No hay dentro ni fuera”.
El creador en realidad no sabe
“Cómo parar esta inercia sin sentido”
Porque
 “Inventar la realidad no cambia
 el estado de sitio”
 Sí, el poeta se halla permanentemente en estado de sitio  porque no ignora que decir la verdad tiene su precio. “Cuesta entender la vida más allá de aquella otra donde lo sagrado enmascaraba mentiras.”

A medida que el libro avanza hay más balizas, señales de orientación frente a la oscuridad que se vislumbra en las líneas de sombra de algunos de estos versos. Una exasperación latente en esta disidencia que acciona ciertos guiños por donde podemos comprender o transitar mejor por entre páramos de búsqueda y deseo. También desde esa discrepancia se producen sacudidas de intensidad de una emoción poética objetiva.

Un sentimiento de culpa sacude los matices de esta segunda parte, la materia enfrentada al espíritu sin hallar equilibrio ni sosiego “¿Por qué vivir pendiente de mi noche?” se pregunta el poeta con una sinceridad conmovedora y, más abajo:

“Hay tanto dolor que ya no duele”.

El agua, al principio, anega y entristece. La lluvia cae sobre los cuerpos como si no lavara nada. Como si fueran lágrimas que se despeñan desde la memoria, sólo el griterío de los niños inunda de color el infortunio.

Llueve.

Más tarde, la lluvia es la catarsis que limpia los rincones más oscuros del alma. Las ideas son aves libres que sobrevuelan el fondo de los fondos. Todo volverá a fecundarse y renacer, pero, de momento:

“El otoño es presencia y todo es levedad”.

Sartre afirmaba que estábamos “condenados a ser libres, extranjeros en un mundo sin sentido”. Lobato se siente libre pero paradójicamente también preso de un mismo desarraigo, de un íntimo exilio  mientras nos habla de mantener la calma ante “el sentimiento atroz de ser extranjero de uno mismo”.


En la memoria tercera y cuarta persiste la tensión entre la calma y el desasosiego. Es un paréntesis continuado donde el poeta se debate. Un sentimiento de derrota o de fracaso entre las líneas de la oscuridad, o frente a lo hegeliano – cito a Hegel-  de “matarse entre los dos sentidos del poder, del mundo y de la fe.”

La tensión vertebra esta poesía, se articula en los versos con sus preguntas desenmascarando el orden establecido. Se desdobla y adentra en la complejidad de múltiples facetas. En la cosmología lobatiana, aunque la naturaleza se halle también presente, apunta más al centro de cada ser humano. Parte de una conciencia de irreductible soledad. Silencio, hay silencio entre líneas, un abisal silencio. Nos gana este silencio metafórico tan arraigado en la Naturaleza y en la naturaleza de las cosas, del hombre mismo, del poeta inmerso en esa apuesta personal donde encuentra sus límites, salta sus propios muros y es a un tiempo materia y espíritu, caos y orden, verdad e impostura.  

Lo vivo mínimo, la belleza en la aparente sencillez, esa esencial estética donde el autor extrae su propia e inimitable ética.

Y escarbar las raíces del fondo de la tierra manchándose del barro, desde ese palimpsesto profundo que abona el pensamiento, como soporte de su propias obra donde vibra y alienta con el alma del mundo, en esa metafísica de lo inmanente, cuando la realidad, e irrealidad de lo que observa, cruza por las manos del tiempo sin más explicación que el interior que dicta su secreto de vida, desvelándolo.

“Es posible la luz aunque haya oscuridad y tenga que volver a redimir el canto de los dedos mientras deshago el silencio que me separa de ti.”

La claridad, pese a todo, poco a poco se impone y ya no hay retroceso. La oscuridad se va dejando atrás porque una vida en plenitud llena todo resquicio y el amor ha vencido. El amor, y una risa de niño que es semilla fecunda de futuro permiten que el poeta recupere las ganas de soñar, de vivir, de crear, después del diluvio.  Desde la frescura y el amor se avanza paso a paso hasta emerger. Hasta que ese naufragio sea tan solo memoria, sólo imágenes… Y sea ya tiempo, sí, y posible, de un nuevo y renovado Rehacer el alba.


EFI CUBERO

(10 de mayo, 2018)

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