lunes, 8 de octubre de 2018

SONIDOS EN EL TRASTERO




                        Bajo al cuarto de los trastos viejos.

He abierto la puerta del trastero.
Encuentro el olor del abandono,
fragmentos del recuerdo
embalados en cajas de cartón...

Cuánta indiferencia guardan estos muros.
Cuánto agridulce de tardes nubladas,
junto a los agobios de otras primaveras,
mezclados, sin misericordia,

con la prisa de las mañanas.


He cerrado la puerta  hasta sepultar el pasado
en la húmeda oscuridad del cuarto
de los trastos viejos.

En el último instante
quise atrapar
el sonido de la quimera. Pegué el oído
a la puerta. Sólo escuché el latido
del corazón sobre la plancha metálica

y el suave rumor de la bomba del agua.



REFLEXIÓN a propósito del poema

LAS ANTÍPODAS. NOTA 2


            Bajar al trastero es directamente proporcional al lugar donde habito. Las antípodas son el paralelo perfecto para recordar la redondez del equilibrio. Es como bajar a los lugares estrechos de la memoria en un acto de modestia que las ansias de vivir no siempre te permiten. Cuánto tiempo se tarda en reconocer que el cuerpo se hace nada en el descenso. Se deshace. Porque bajar supone abrir la puerta que no se quiere y la carne te reclama y el espíritu se rebela. Cuánto abandono se puede descubrir en ese punto interior, oscuro con el que no quiero toparme. No hay misericordia en estos encuentros. No es fácil abrir la puerta de este trastero que almacena la sombra de lo que soy. Qué rápido late el corazón cuando te acercas al punto cero. Porque la agonía de saberte es la angustia de morirte en cada espacio afirmado. 
                Y al bajar se abre la puerta con miedo, como esa que tenía aquel preso que olvidó el color  del  cielo. Cuántos trasteros esperando abrirse, cuántos por cerrar. Los sonidos se acumulan en una extraña sinfonía. Sonidos del tiempo, de todas las tardes que tienen nombre y se esconden y se confunde con el motor del agua, o con los perros callejeros. Bajar no es una aventura es el movimiento de los graves que buscan su centro, el punto negro, que después se olvida. Porque las tardes tienen ese sentido pasajero que terminan por dejar tu perfume prendido en el revés de las manos. 
                   Bajar a este o a cualquier trastero con la lentitud líquida de los minutos que permita el cálculo exacto de las distancias que median entre los ojos y los dedos, entre la palabra y la cara oculta de la luna.



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