Fueron la noche y las sombras
las que provocaron
el encuentro, las que dejaron
huellas en la sangre,
liberando, estremecido, el vuelo.
Después, mucho después,
inventamos las horas, ese tiempo
escaso de los sueños, donde amarrar,
poco a poco el destino que espeja
soledades.
El día y la luz devuelven lo prohibido
con el sabor agridulce de la separación.