domingo, 26 de junio de 2011

En la memoria de la historia personal

Vivir en Talarrubias, como en cualquier otro pueblo extremeño, es apreciar el sentido de la tierra; de las horas, que pasan lentas; de las cosas sencillas, sin ambages. Y lo mejor de todo,en el caso de este pueblo de cuatro mil habitantes, es apreciar su gente: abiertas, amigables y a veces reticentes.



Un lugar para vivir perfectamente sino fuera por que Talarrubias está a doscientos kilómetros de Badajoz, donde tengo mi casa, mis amigos y mi hábitat normal de vivir y de sentir.




Pasear por el casco antiguo,es encontrarse con ese mundo del XV-XVI de casonas solariegas y de resto del mundo nobiliario pegado a los grandes señores. En este caso al señor De Soto Mayor que gobernaba La Puebla (de Alcocer).




Los políticos no han descubierto el potencial turístico de este y de los otros pueblos de la Siberia Extremeña. No hay en ellos ningún mal punto de información donde poder saber qué tiene y por dónde empezar a ver. Considero que Talarrubias podría ser uno de los mejores pueblos para tener la sede de un centro turístico de la región. Y esto por tener la infraestructura de otras instituciones, como el CPR (Centro de Profesores), que hacen más sencilla su implantación. Desde aquí no es dificil ir a otras poblaciones limítrofes y de gran bellaza: Puebla de Alcocer, Esparragosa de Lares, Siruela, Casas de don Pedro, ...



De la mano de mis alumnos he aprendido a apreciar muchas de las bellezas de esta zona, a fijarme en aquellos elementos que hacen que las cosas tengan solidez y que permanezcan en la memoria de la historia personal. A ellos, y al grupo nutrido de compañeros del IES Siberia Extremeña, le doy las gracias por haber hecho de mi estancia algo amable ayudándome a no sentir que estoy "como desterrado" en este lugar maravilloso, casi perdido, de Extremadura.



Echaré de menos abrir la ventana y ver el paisaje de tejados coronados por el horizonte y en medio de él el gran castillo de La Puebla. Recordaré esas mañanas de cantos de gallo y de silencios rotos por el ruido salvaje de las máquinas de una construcción cercana.



He cambiado aquella calle, y sus ruidos de vencejos en la ventana, por el de una avenida donde el calor rebota entre los arriates y los puntos limpios del ayuntamiento...Tardaré mucho tiempo en olvidar mis experiencias de dos meses de tal forma que será imposible mirar el lugar de siempre con la nostalgia del otro y al mismo tiempo sentirme un poco más humano, que éste es el tesoro que aquella gente me han dejado en prenda...
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Tiene Lisboa sonidos de agosto