jueves, 6 de octubre de 2011

Un día cualquiera


Lo que hacía falta para completar este calor

que llena la sala
era el ladrido de un perro , el rasguño de los folios,
y el sonido frío de un bolígrafo al caer.

El perro sigue ladrando

Los sonidos se acompasan a la protesta animal.

El calor provoca vómitos.
Todo se reorganiza en el caos atómico
de este mediodía a punto de dar la una.

El perro calla y los niños siguen
completando la categoría de los tonos:
Voces aflautadas y broncas
se cuelan por el aula en silencio. Huele
a sudor y a corrección de faltas.

Este es un día más
en ese orden de cosas que hace
que la vida duela; un día cualquiera
con notas de exámenes;
visión platónica y otros libros
que ayudan a la digestión
del café de la media mañana, ese solemne café
endulzado con conversaciones,
siempre las mismas,
de niños y guardias de recreo.

Por los pasillos, ojos, pies, manos, sueños,
deseos, pensamientos, sombras, holas,
ganas de irse, besos. La vida,
en un carro del supermercado.

El calor aburre, los niños gritan, el perro se calla,
el sudor aumenta y el pensamiento revuelve
dolores pasados. Heráclito se hace presente
guiñando un ojo a los rincones.


Andar. Nada parece lo que es.
Imágenes de historias agradables
para superar este caos que me parte en dos
el tiempo, este traje oscuro que me hace sucumbir
ante lo más fácil.





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