lunes, 3 de septiembre de 2012

Nada permanece.



 

Nada permanece, todo cambia, porque la vida, como el agua,  tiene ese tono de remanso gris semejante al amor que hoy es y mañana muere o  parecido  a esos amores sencillos que renacen en un siempre volver, en un constante movimiento, cotidiano que hace que la  felicidad deje de ser utopía.

 

Nada permanece,  nada, aunque la nostalgia se encargue de recordar el perfume de lo que fue  y acorte el trecho que separa  el presente del pasado. Todo es  hálito vital  que se resiste a sucumbir bajo los días  grises como el movimiento constante de la historia.

 

Nada permanece, todo es un paso de la soledad al deseo,  un eterno retorno que supera el misterio hasta dejar ese leve  sabor a brisa por  los rincones del agua. Y en este movimiento hasta el sueño de lo ideal  se vuelve misericordia en la corriente interior que abraza las orillas de lo posible

 

Nada permanece, nada,  todo es cambio permanente, movimiento sinfín, un impulso  de mágicos  sonidos  que  se alojan en el  río  hasta abrazar  el cauce de nubes que parece espesarse en el perfume de la distancia.


 

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