miércoles, 2 de enero de 2013

A propósito de unos versos...


Tiemblan los que comprenden
que hay un desván en las felicidades.
Una puerta en la casa del ahorcado.

                                         Luis García Montero



No sé si lo mejor es temblar o que el miedo termine por hacer de las suyas en este ir y venir de la mañana del primer día del año dos mil trece. Y si el miedo  termina por anidar en nuestras casas al final no habrá manera de llegar a comprender nada. Porque con temor uno termina casi inmovilizado, “arrugado”.   Y así, comprender, lo que se dice comprender, no se comprende nada, porque este hecho no es el fuerte de los que se arrugan, y menos  en este primer día del año, en este escalón de lo porvenir, en este inicio del vacío que prologa los días con cifras herméticas, sin alma y con penas fiscales para quien es solidario. Por esto,  no tiemblo, ni quiero tener miedo, simplemente guardo silencio mientras la pesadez de este día se abate sobre los edificios tiñéndolos de gris. 

Un día como este parece un paréntesis, la antesala de un parto de algo que no acaba por definirse. ¿Qué esperar cuando soterradas dictaduras cercenan lo justo? ¿Qué decir ante tanta incoherencia política? ¿ cómo decir “feliz año ” obviando lo que sucede o dejando de intuir lo peor?  Si las felicidades vienen será de otra forma a la acostumbrada, sin previo aviso;  sin hacer ruido, así como un chirimiri de verano;  con una estrategia particular que no admite discusiones. ¿Quién buscará respuesta a la tormenta del vecino? ¿Quién medirá la altura del dolor anónimo? 

Comienza este año con sonido de violines en la boca, con el cansancio de un trasnoche de miradas, con la acidez del sin-cuidado de no querer pensar. Sí, la puerta del año se abrió a trescientos sesenta y cinco  días después de asistir a la ejecución de la esperanza. En este comienzo del año quedan pocas palabras con sentido de ánimo. Todo se vuelve a repetir en un círculo cansino que aburre. No, no quiero dejar que este primer día del año trece, contagie el resto, incluyendo las manías inconfesables  

Aunque todavía me restan unos gramos de lucidez para poner sobre la mesa la seguridad del razonar, que me defiende del absurdo, no puedo dejar de preguntarme si hay motivos para seguir confiando. Y lo paradójico es que quiero responder afirmativamente, aunque la radio me siga anunciando nuevos recortes y denunciando las mentiras de políticos que gestionan la sin razón y la presunta xenofobia de leyes chapuceras que castigan a quienes ayudan a los sin-papeles. Con sentido roussoniano me resisto a negar la cordura, propia de la bondad humana, porque existe. Por eso quiero decir sí evitando los argumentos escépticos que se revuelven en mi interior a la vista de la realidad social. Quiero decir sí y dejar sin argumentos a quienes viven en el lado opuesto de esta geografía singular de la vida. Por todo esto, lo mejor no es temblar sino mantener el sentido común y vivir cada momento presente. Carpe diem, siempre, carpe diem a pesar de todo y de algunos.


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