viernes, 14 de julio de 2017

La libertad del desengaño.



La libertad del desengaño. José Infante Martos. Editorial Olifante.2013

                        Este poemario de José Infante, premio ciudad de Zaragoza de 2013, es uno de los mejores de sus múltiples escritos.

                     Sólo el título merece un comentario por este hecho de unir dos palabras que tienen connotaciones diferentes y opuestas: Libertad y desengaño. Unidas las dos hace reflexionar sobre este hecho de ser libre desde el desasosiego que provoca la vida, ese diario real que te hace dirigir la mirada sobre lo que eres sin fingimiento.

                       Al abrir el poemario, la foto de Infantes con una seriedad tranquila, con una mirada atenta -que no vigilante-, es el frontis perfecto para comenzar el poemario. Este se inicia con varias citas, una de Luis Cernuda que dice: Caí en lo negro, / en el mundo insaciable. La cita te predispone a mirar el contenido de la obra, La libertad del desengaño,  con una atención especial. No es por azar que el autor la sitúa en la entrada de su creación.

               El libro contiene diez poemas, diez elegías sobre el hecho de sentirse envejecer. Esta verbalización del estar en un proceso de deterioro es la mejor forma de crecer en el ser. Nunca se debe rechazar la realidad porque esta se vuelve contra uno mismo. Y esto es lo que hace Infante Martos, mirarla para aceptarla y defender la dignidad del ser humano que se observa con capacidad para lo mejor y lo peor.

                 Se abre el poemario con el sentimiento del ser humano ante su cuerpo,  ese cuerpo extraño donde uno llega “ya sin remedio hasta la ancianidad,/aunque dentro de mí me sienta más joven/que los años que he cumplido/ con una precisión abrumadora y puntual.” Sí, es ese cuerpo donde el yo lírico dice no encontrarse porque todo le “parece extraño.” El final de la obra es más contundente ya que se centra sobre el hecho vital de la memoria. El poeta cuestionará la desmemoria ante el ser querido de la madre. Curioso cierre sobre la mirada materna que “no encontraba a nadie en su incesante búsqueda”. Magnífico final esta cuestión de la desmemoria o, como dice el poeta, la forma deliberada de estar ausente en la vida. Este desengaño existencial del inicio y final de la obra plantea la realidad de lo humano. El poeta lo hace sabiendo que en situaciones límites el ser  toma su libertad para pensarse y sentirse.

                  El contenido de este libro de poemas situará al lector en diferentes aspectos de la vida: el amor, la soledad, la muerte

              Así, el poeta anota el amor pero este como una realidad que mata, parafraseando a Freddie Mercury. Un amor que “mató a toda una generación que un día/ se sintió libre…” Esta es la verdad del SIDA, esa realidad que hace decir que “somos unos juguetes en manos/ de la nada que se empeña pertinaz/ en perseguirnos, en atraparnos siempre…

                     Y junto al amor, la soledad de la noche amanecida. Sí, “te quedas solo. Como antes estabas. Antes de habitar el laberinto siniestro de la noche…” un poema dedicado a Clarin, el escritor controvertido de finales del siglo XIX. “Él, Leopoldo Alas, se marchó y nos dejó más solos,/ más vulnerables a los peligros/ de esa terrible fosa que nos amenaza/…

                    No hay soledad que no lleve la locura como compañera, o mejor, la locura va siempre pegada al ser humano. “Está ahí. Siempre detrás de alguna puerta/ que muchas veces has sentido que se abría/ y te invitaba imperiosamente a atravesarla.” 

            Aunque, desde el sentir del poeta, es mejor admitir la realidad,esa insoportable realidad…/ (que) como una pegajosa costumbre (está) adherida a tu piel.” Y con esta aceptación de o irremediable el hombre vuelve a ser libre, libre en medio del desengaño que produce el deterioro. Es así, “las señales de la decadencia y de la vejez avanzan muy adentro…frente al mundo, el enemigo no vencido”. Qué desengaño, verse morir y a pesar de todo el hombre “espera, siempre espera/ que la dignidad le impida morir de viejo,…”

                  La reflexión elegíaca de Jose Infantes toma el pulso a la existencia cuando se refiere a la vida como un laberinto, un espacio donde el ser humano ha estado (está) perdido. “Un oscuro laberinto/ que tan solo conduce al infierno y la nada”. Es a este a donde se desciende “sin pausa”, se pregunta el yo lírico cuando pregunta que “después de la tristeza ¿qué es lo que queda?/ ¿qué queda tras el dolor de la soledad/ y la amargura? ¿Qué hay después del desconsuelo/ y la desesperación?"

                Importante enfrentar la realidad de lo que somos, dejando que esa libertad propia del desengaño nos haga mirar de frente y no para otro lado dejando que la verdad ocupe el lugar que le pertenece en el paisaje humano de la dignidad.

                Merece la pena leer estos diez poemas, estas diez elegías, sobre el ser  humano que -a pesar de verse morir- se siente vivo y que -más allá del desengaño- no ha perdido la libertad de ser.
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