martes, 19 de abril de 2011

Martes santo. No acaba de llover




La siete de la tarde de un martes santo. No acaba de llover. El aire remueve los geranios de la terraza tronchando algunos brotes. La gata corretea tras las hojas secas que se arremolinan en los rincones del balcón. En el telediario siguen hablando de crisis y políticas financieras. Un hartazgo que me provoca cansancio e indiferencia.

Me pregunto si habrá un segundo para escribir y hacer versos en estos tiempos donde la lírica está enferma de prisas.

Me vienen a la memoria las imágenes de los desastres en Japón, la guerra de Libia, los refugiados tunecinos una poética del desespero donde solo cuenta el Carpe diem. Cuántos miedos, llantos, inseguridades a la vista del mundo; cuánto “mirón” de telediarios insensibles al sufrimiento; cuánto sufrimiento que ha perdido la memoria; cuánta memoria sepultada.

Cierro el cuaderno.
Mañana seguiré escribiendo.
Apago la luz.
Son las ocho de la tarde.
Martes santo del dos mil once.
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