martes, 7 de octubre de 2014

A imagen de mí y de mi sombra.



Sujeto al paralelo de Greenwich, acompaño
la vida, esta vida lacerada,  para que las horas
lluevan  exactas sin mojar el alma y todo transcurra
sin retrasos, aunque la memoria traicione el presente.

La memoria, esta torpe memoria, pasea ansiosa
entre el pasado y el futuro, sin poder esquivar
las  preguntas molestas, ese interrogatorio que apaga la luz
y, sin remedio, me  engulle en el agujero negro de los días.

No puedo reclamar la eternidad cuando la carne se aplasta
en el fango. La pasión adorna este decorado cotidiano
que la religión no comprende. Pasión de  risas y llanto,
que amamanta sangre y sobrevive en esta selva de ególatras.

Luego, siempre luego, la conversación de todo y nada,
de lo simple y lo importante hasta dejar limpio el cristal
de las guerras. Dónde está el alivio de  esta ceguera
que me dicta el sacrificio.

Por qué vivir  a imagen de mí y de mi sombra. Por qué
el hijo pródigo es un maldito, y Caín vive en el destierro
y los puros son héroes. Nadie me mira, sigo en la penumbra.
Solo tengo ojos para mis ángeles, los únicos que me soportan.





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