viernes, 17 de octubre de 2014

En este naufragio de vivos.




Me duele el cuerpo hasta salpicar las vísceras de miedo,
como si fueran dibujos de un calidoscopio. Siento que muero
al ritmo de este otoño. Sale el sol. Las voces resultan ajenas.
Todo es ajeno al ser cuando la vida escapa de lo simple.

Me duele la carne en este naufragio de vivos.  No quiero
esconder  la gravedad de los sueños bajo al barro.
Quiero vivir sin forzar los silencios, dejando a la palabra
su razón  y a los impulsos su momento. 

Me duele este ser que vuela con frágiles alas  en el espacio
breve de los días. Cómo cansa responder al eco de los muros,
a las palabras de siempre,  y a la lucha inútil de los seres perfectos
que reclaman sus egos. Difícil que la vida mantenga su rumbo.

Me duele tanto este tardar de lo nuevo que el alma
se acostumbra a sobrevivir sin religión y sin patria.
Duele, pero menos, cuando el ser abre los ojos
a la inquietud sin adjetivos y a la súplica sin máscaras.


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