jueves, 30 de octubre de 2014

La distancia de los graves.






Lento se despierta el día. La luz lame las paredes despejando
la guadaña de las sombras. Y en este acoso de grises y perezas,
los recuerdos se amontonan envueltos en sonidos de la calle.
La memoria juega a regresar al punto cero. Hay mucha soledad.

Las sonrisas no llegan y la palabra golpea las paredes.Todo se repite 
con la mecánica vertiginosa de la prisa. Se marca la distancia 
de los cuerpos. No basta los buenos días, ni el sabor del café, 
ni las tostadas a punto de quemarse. Hay tanta ausencia.

Libros desplegados; un punto rojo en los sábados de octubre;
recordatorios de visitas; marcas en las hojas pares de un libro
por comenzar. Todo descolocado, parecido a  la maqueta
de un jardín inglés. No hay dentro ni fuera, hay  caos.

La carne reclama el suicido de las formas, el comienzo de otra
secuencia. Todo tiene ese apresto falso del ir sin saber a dónde.
Hay que parar esta inercia sin sentido. El deseo retoma el color
de la vida. Duele el parto de lo infinito en este límite de la carne.

En esta lucha no hay  tú ni yo, solo el deseo de alcanzar
el silencio de las cosas, esas que no se nombran,
las que impiden decorar las aguas insaciables de Narciso.
Hay mucha fuerza en la sangre, alas, en este anhelo de vivir.


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