sábado, 27 de marzo de 2010

Con los ojos abiertos.




A Miguel Hernández de quien aprendí a amar la poesía



A este perito en lunas
que correteó por la huerta
de los versos y dejó herida la mañana
cuando el rayo que no cesa lo partió en dos.
Su sombra caracolea entre los vivos
y su alma se funde, universo arriba,
con todos los habitantes de aguas y gallos
del planeta.

A este que no tuvo tiempo de despedirse
del sol y de los trigos sino de alimentar
la tierra que otro día amortajara a aquel
con quien tanto quiso. A Miguel, poeta
de todos, que se precipitó en la sombra
buscando la luz que le huía
mientras palpaba la sangre de cebolla
que le amamantaba.

Generosos poemas de silbos vulnerados
se vuelven semillas de otros labradores
de palabras que con dientes y puños
enhebran las ausencias al surco
donde la flor del instante se hace
eternidad y la herencia del fuego
se vuelve, aun tiempo,en amor,
vida y muerte.

Vuela el corazón entre versos,
entre canciones que van
del principio del alma a la boca,
sentir del pueblo que asciende,como palmera,
a la orilla de todos los vientos.


A ti, poeta, que te fuiste,
abiertos los ojos,
besando estrellas.
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