lunes, 29 de marzo de 2010

A la Plaza de España.








El rumor de unas voces le llevaron
al centro, al mágico centro del laberinto.





DESNUDA de equilibrio,
rota su poliédrica existencia
por el cubo solemne de la religión,
se vuelve mar regado de calles
que la hacen abortar pasos y adoquines.

SUEÑA la Plaza,
isla de grietas y encimeras
bordadas de olor
y vientos.

SUEÑA gente, niños,
caricia de sol
que bajan por la filigrana
sucia de las paredes,
por los azulejos rotos
de los balcones,

sueña
y llora días
pintados de negocios.

SUEÑA la Plaza amores,
vida al borde de un paso
convertido en tránsito
enfermo de miserias,
camino cautivo
de estrechez
y de historia
que duele contemplar.

SUEÑA, envidiosa de años
con el azahar pegado
a la mirada ausente
de un divino pintor
repleto de frialdad
y de peana.
SUEÑA anhelante
furtivos besos
que escapan asustados,
sin rostro,
por el hueco de las piedras,
por los rincones,
que amortiguan la luz.

SUEÑA con el fuego,
ese brillo de la vida que se fue
con los grises hijos de Vulcano
siempre fuertes,
dioses siempre,
a otros paraísos
de palabras sin color,
lejos de Orfeo
que canta la ausencia.

SUEÑA
con el fuego perdido
prendido
a su alma.
Esta Plaza,
esclava de discursos
y encuentros,

SUEÑA,
alma de niña,
con música de carillón
y poemas de bronce,

SUEÑA
en la crecida de los días
que sin remedio pasan.



( Del poemario “Quiebros del laberinto”. Edit. Nuevas letras. Badajoz. 2003)

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