martes, 4 de agosto de 2015

Solo sé que me besas (comentario al poema)


A todos los que, como mi padre, sufren de párkinson.
No sé si los encuentros favorecen 
la tortura de esta vasija quebrada 
dejando que el sueño venza al horizonte. 
No sé.

Adán se desnuda, olvidó la manzana.
La excavadora pasa ante su puerta
colgada al ruido de la luz y de la calle.

No sé si la carne o el espíritu están preparados
para acoger este corrillo de manos. 
No sé si al creador se le olvidó soportar la vida 
dejándola a su suerte. 

No sé si escucha o se olvida 
de entender porque no oye. Realmente no sé 
si las sábanas amortajan o embozan 
esta fragilidad del campo de batalla.


Solo sé que me besas 
encendiendo un instante 
la luz de tus ojos. Después 
sigues con tu lucha ajena al creador.


(De Las siete vidas del gato. Imcrea. pág.11)



El poemario Las siete vidas del gato se inicia con unos versos surgidos de la reflexión ante la imagen imponente de mi padre que, día a día, se deterioraba en su movilidad.

La primera estrofa, más que una afirmación, es una pregunta ante el hecho de ver sufrir a alguien que tomaba conciencia de como sus hijos percibíamos su decrepitud. La expresión la tortura de esta vasija quebrada indica, sobradamente, esta situación.  En realidad, no deja de ser un tormento verse morir pero más que los demás te vean en semejante estado. Hay que decir sin pudor que estas son reacciones propias de los seres humanos cuando al pensar su razón le dicta el hecho de  la vida sin admitir lo contrario. La tercera y la cuarta siguen en la misma línea de incertidumbre.

En la tercera estrofa hay dos partes. Los dos primeros versos se refiere a ese momento en el que  la demanda de ayuda, espirituales o no, empuja a múltiples respuestas: corrillo de manos. Los dos últimos versos es una protesta existencial que media entre el agnosticismo y la rabia del creyente defraudado. Los primeros versos de la cuarta estrofa continúan narrando poéticamente la protesta ante esta creación en la que los dioses juegan con los humanos y es el fatum el protagonista. Es como si las divinidades se hubieran olvidado de su creación. Los últimos versos de esta estrofa indican la situación del lecho hospitalario como un campo de batalla.Tanto en una, como en la otra, estrofa las expresiones y metéforas vienen a ser una forma amable de suavizar el drama de la fragilidad, de los últimos momentos de la vida.

La quinta estrofa, con ese tono amatorio, subraya el momento de lucidez que todos los enfermos tienen en su fase agónica, así como su descenso a la situación del coma irreversible. Posiblemente no tendría que haber escrito este poema de no tener esta quinta estrofa que resuelve las incertidumbres en una afirmación contundente: enciendes la luz de tus ojos. Este instante vale por todos haciendo que el dolor de la muerte no termine en un duelo absurdo sino en esa afirmación de lucha  por encima y más allá de las debilidades del ser humano.
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