viernes, 9 de enero de 2009

COMENTARIO

La Editorial.es ha dado a luz un libro escrito por José María Carrascosa González. Un poemario de setenta y nueve páginas que desgranan esos momentos de ausencia y de entusiasmo del hombre. Su título: “Tiempo de hombre” nos sitúa ante la realidad metafísica del ser humano. Aquí, el decir del tiempo no es un concepto del cronos o un poner adjetivo a algo que no lo necesita, o un suplemento a la realidad de lo cotidiano sino que es la descripción de lo eterno.
El poemario se abre situando al lector ante el hombre como protagonista de la vida, de los momentos, en este caso con el nombre del autor. Una forma original de presentar los versos propios. Aquí, la mirada serena al hombre, “como un canto entre los labios”.
A esta obertura le sigue un tiempo de ausencia donde el hombre busca desde la vida y en silencio. Unos versos que se acercan a la mística y a la poética esencial donde la metáfora es justa un alimento que sabe a pan y a camino. En este apartado, los poemas se suceden bajo el grito de la tarde, de esa tarde que lejos de ser ocaso es participación del ensueño, paso hacia sentimientos frescos y esperanzados siempre en la voz del día siguiente, como en la creación bíblica. Los versos de este capítulo se vuelven intimista como el gris de los ojos en un “quizás” que es una pregunta; un tránsito, como el de un río; un camino solitario aunque con riesgo de perderse; una necesidad donde el hombre pretende gastar los caminos y destrozar las huellas entregándose al amor.
Otro capítulo se cierne sobre el tiempo ensangrentado, unos versos vivaces, que contienen el deseo de mantener el silencio en la espera de la tarde. Aquí, el autor desnuda al hombre descubriéndolo como amor y manos, donde los límites del alma le perfilan el sentido del ser mismo. Y ante el hombre la luz quebrada entre el camino y lo amado.
A la búsqueda inquietante le sigue unos poemas del ardor de un tiempo de primavera, con ese sentimiento y sentido de la tierra fecunda. Los versos de este capítulo siguen manteniendo el sentido lírico de los anteriores con un toque intimista y metafísico que hace que el lector mire desde el hueco de la palabra, desde la emoción, como una tarde azul, en primavera. A la búsqueda ansiosa le seguirá el anhelo del amor donde el nombre de lo amado se patentiza algo así como el olor de las flores al viento, impregnándolo todo. Sólo la palabra, la del amor se vuelve esperanza para todos los deseos, brisa marinera, mar tibio hasta cauterizar las heridas, un agua de lluvia que empapa la sed. Y la palabra redonda, como la primera que formó los cielos, se pronuncia en la eternidad de los momentos convirtiéndose en verbo renacido bajo el leve susurro de presentidas tardes. Al final, a la palabra pronunciada le sigue el silencio, como en un latido hondo de un corazón que crece.
Termina el poemario, con esta metáfora del tiempo roto dejando que la palabra muestre su incapacidad para expresar lo eterno, fragilidad ésta que nos pone delante de otra gran metáfora de corte místico: la noche que presiente la luz que se apuntan dentro de las pupilas. Después, el mundo, ese pequeño mundo del hombre en diálogo continuo consigo mismo, se desvanecerá pero no como una derrota sino como la aceptación irremisible del ser que se acepta limitado capaz de dibujar el agua como el recuerdo de otros tiempos mejores. Y nunca, a pesar de sentirse débil, el hombre dejará de amar, de sentir el corazón en esa crecida de emociones secretas. En este último capítulo el autor vuelve a subrayar la necesidad del silencio. Finalmente, la muerte será la palabra que describe el otoño de los deseos como un beso roto, un sencillo morir dejando que la vida siga esperando en el borde del camino.
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