viernes, 11 de junio de 2010

Adagio















Llegó,
con el vuelo suave que describe
la ternura de sus ojos, recorriendo
los ríos de la carne
con abrazos de miel, besos
anunciando la geografía
de los cuerpos.

Clarea la tarde.

Sus muslos se enredaron con aire
de tormentas, fuego de volcanes
eran los labios.
Susurran palabras
en el límite meridional
de la caricias.

Anochecía.

Y se fue,
colgado a la sonrisa,
tiñendo las calles con perfume parisién.
Su voz de violines
marcó
el compás
de
un
adagio.

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MIS VISITAS AL MUNDO

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Tiene Lisboa sonidos de agosto