jueves, 29 de mayo de 2008

HABITÁCULOS


Me di cuenta que la noche
volvía borracha de silencios
y apreté el latido de la sangre.
Imposible sofocar tanta impiedad
llamando en la línea del deseo.

Una voz, apenas un susurro,
naufragó en la razón y la maldijo.
No hay nada que contarle al tiempo
apagado lentamente en las manos.

El silencio se bebió la fe
mientras la noche robaba la palabra.

¿ Cómo vengar la levedad del agua
si el alma se cobija entre las olas
de este amor que calla soledades?

Se desprendió la niebla de estos trazos
que visten a los versos de cristal
para abrir la puerta de la aurora,
abrazar el colirio de la luz
que perdona el llanto de la piel.

Habito en este bosque de su cuerpo
como un dios errante y desnudo
que no quiere romper la huella
del abrazo, pacífico perfume
que arranca las sílabas diarias
del hastío. Existo y me conmuevo
con el júbilo de renacer sin ignorar
que el dolor vomita las verdades
y escruta sin temores, la cara más oculta
de mi alma.

¿Cómo reconciliar tu gesto si la bestia
del rencor evita la mirada?
¿Cómo plegar los bordes de la tierra
sin romper la esperanza de tenerte?

Pido al llanto la paciencia
de una morfología invadida
que doblegue la fatiga
para seguir pronunciando
tu sagrado nombre.

¡ Silencio!

Dios se asoma al Paraíso,
el hombre acaba de crearlo.
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