jueves, 13 de mayo de 2010

El lado sencillo de lo complejo





Soy el despiste personificado y sabiéndolo, la mayoría de las veces, no pongo remedio para ello. Tozudez gallega que, de vez en cuando, me sale. Lo cierto es que ayer me dispuse a asistir a la presentación del libro “Límites y progresiones” de mi amigo José María Cumbreño y me fui a Cáceres. Durante el viaje, mientras escuchaba Antena 1 de Portugal,me asaltó una sensación extraña, como la de estar confundido de día. Cuando llegué a Cáceres, en el ticket del parking vi marcado el día 12, y ahí me pareció que estaba en la confusión. Sabía que la invitación de Jose era para un miércoles, pero no recordaba la fecha exacta.
Mientra me asaltaba la duda, en Cáceres caía un buen aguacero. Pues bien, paraguas en mano me dispuse a subir hasta el colegio Ramón de Sande , en el casco viejo, junto al Parador de turismo y allí, ratificación de mi sospecha en la boca de la conserje del lugar. La buena mujer me dijo que no había programada ninguna presentación de libro. Me descompuse.
Era tarde y la hora no me permitía ir a una librería, al menos para hacerme del libro de José María Cumbreño. Y, desde allí mismo, le llamé sin abusar de la confianza. A la tercera llamada Jose me contestó y con esa voz amable y serena, propia de un sabio como él, me tranquilizó. No muy bien terminé de explicarle el equivoco me dijo que iba a buscarme y a los diez minutos, él con toda la familia, se encontraba ante el parkin a recogerme. Un honor tal comité de acogida, el protagonista no era yo, me decía mientras esperaba, pero Jose es así hace que sus amigos cobren relieve. Él es una persona que hace más humano todo lo que le rodea. Jose y Chose, su mujer, me llevaron a su casa. Ésta se encuentra en la “montaña” de la ciudad. Un lugar increible donde el canto de los pájaros se aprecia aun sin guardar silencio; un paisaje agreste y cercano. Aquello me parecía una subida al “Tabor”.
El rato que estuve allí me resultó maravilloso. Todo era sencillo y cercano al mismo tiempo que solemnesobre todo por la presencia de los peques: de Irene, la princesa de la casa, regalándome sonrisas y su beso; de Manu, un niño inteligente y vivo, que no cejó hasta enseñarme sus tesoros en lo profundo de su cuarto-cuartel: un cocodrilo “de plástico” metido en una piscina improvisada “de taperwear” con hierbas del jardín. En fin, grandiosa presentación de un libro con todos sus protagonistas allí delante, como un sueño del que no quieres despertar, una realidad encantadora que, por mi confusión, me había encontrado. Nunca pude imaginar que la presentación del libro de Jose María fuera así de cercana. Bendito despiste el mío. Y todo esto sucedía mientras gustaba de un té con canela que Chose, maternal y cercana, me había preparado.
Jose firmó no solo el libro de marras sino también los otros dos que habían salido recientemente: Retórica para zurdos de la Editora Regional y Breve biografía apócrifa de Walt Disney de Algaida.
Lo que me contó, con esa forma didáctica y cercana que él tiene para hacerlo, me hizo comprender por qué Jose escribe como escribe; por qué este escritor tan “posmoderno”, como algunos lo califican, es capaz de mirar el lado sencillo de lo complejo y hacerlo llegar con solemnidad a los otros. En realidad, cuando se abordan sus libros uno tiene que estar dispuesto a entrar en un universo de sensaciones, de reflexiones profundas, de avenidas amplias donde el verso se vuelve silencio contemplativo. Sus obras nunca se terminan de leer, se dejan en un lugar cercano, como un pozo de agua o como una fuente donde poder seguir bebiendo.
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