miércoles, 27 de julio de 2011

Monstruos de hormigón y acero




Tenían las nubes ese aspecto de calma chicha, de sordina, arropando todos los ruidos del muelle, ajenas al tránsito que ahogaba su dolor en los arcos de agua de la fuente. En las aceras del puerto los sonidos se agolpan, despejando la emoción de otros rincones. En el muelle, no hay despedidas ni miradas de enamorados, sólo monstruos de hormigón y acero, robots amenazadores que abren las entrañas de los barcos. Una brisa despliega perfumes anónimos que arden en las esquinas. Bajo las palmeras se cuelgan los agudos lenguajes de las gaviotas. Abajo, solo, en medio de un infierno de granito, un perro ladra, reclamando su comida. Tras las verjas las prisas, esas prisas que le dan nombre a la calle y borran la emoción de lo humano. Detrás de las fortalezas flotantes la magia del océano-mar.
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Tiene Lisboa sonidos de agosto