lunes, 8 de septiembre de 2014

El espejo de lo eterno.



A punto de verterse los días en un nuevo viaje,
cuando la lluvia besa las aceras y los campos
se  llenan de manos y olor a aceituna,
tú ya no vuelves.

A este otoño le falta aquella sonrisa 
que  prendías  de tus ojos.

No volverán aquellos  minutos,
casi un torbellino de mariposas,
que  transformaban el gris de la tristeza
en esperanza.

No estás y el tiempo barre con todo. 

Qué hacer para que lo alto y lo ancho
sean el espejo de lo eterno;
para que cada momento tenga
ese olor a Paraíso propio de los sueños. 
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Tiene Lisboa sonidos de agosto