sábado, 21 de junio de 2008

SIESTA

El calor aprieta las paredes. Una mosca
deja estelas en la luz. Y con el insecto,
el deseo enredándose a los muebles
de la casa. Un concierto
de sonidos diminutos

Las paredes dibujan sombras.
Una calma gris pasea su reino
al compás
de una persiana descolgada
que juega con la brisa al escondite.

El motor de un despistado
rasga la siesta en dos mitades.
Una maldición recorre la calle.

Un grito acaba el concierto
de los ruidos despejando la playa
del sueño. El gigante de la tarde
se adueña de la situación.

Y ahora, otra vez a empezar.
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Tiene Lisboa sonidos de agosto