miércoles, 13 de agosto de 2014

Maldigo este poema...

                                                                                



Quiero reconocer en mi las torpezas
que me habitan; al monstruo que no sabe
reparar en el sufrimiento de los que quiere.
Desde el último rincón de mi alma, 
en esta vigilia forzada, siento no intuir 
cómo ayudarte para curar el escarnio 
que el juez vertió sobre tus rotas espaldas.  
Necesito tus palabras.

Pido perdón, por no acertar 
con el momento oportuno; lamento
no haber dicho lo conveniente. 
Navegamos  por  aguas turbulentas. 
Espero que la herida no sea profunda.
Asumo la inconsciencia  que quebró  
nuestro viaje. Ascuas encendidas 
queman sin piedad, nuestras cabezas.

Me pierdo en mil preguntas sin llegar 
a las tuyas. Siento  que te hundas 
en el desasosiego y empañes el espejo 
de la vida.

Maldigo este poema porque no  llegarás 
a leerlo. Y en este desencuentro, confío 
en la memoria de los mejores momentos; 
en la huella de amor impresa en  la carne; 
en el eco de las palabras que crearon la utopía.
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