martes, 26 de agosto de 2014

Silencio, silencio, silencio.




                                                                               



Como ave de malos augurios el miedo
se posó en tu mirada. Lo imaginé mientras leía
tu primer mensaje. En la mesa de la vida
dispusiste las palabras, un puzzle difícil
de resolver. Cambiaste adjetivos, los acorralaste
entre acerados artículos. Las frases, atropelladas
por el pánico, no tenían calidez.  Me colgaste
un forzado imperativo, mitad orden, mitad ruego.
¿Qué hacer  para calmar esta tormenta  y salvar
 la casa del desahucio? ¿Cómo evitar hundirse en el vacío

y proteger el vuelo de los ángeles?

Estoy en el punto cero. No quiero que los días
devoren tu imagen. Me resisto a que seas
historia en mí. Eres presente. Estás
en ese espacio azul de la duda. Saltas
entre las páginas de un libro de poemas.
Rotos los verbos, la emoción navega
en la nada. Hay silencios que son preguntas,
otros están vacíos. Restan las miradas.
Estas siguen ahí, despejando la bruma
de este adelantado invierno. ¿Cómo dejar

que los ángeles sigan su vuelo?


He bajado a lo profundo de mi infierno.
Un punto y coma en esta eterna espera.
No te vi. Crece la finitud de lo vivido
en esta solemne utopía que nos embarga.
Te nombro entre la brisa del sur y la locura
del horizonte. No hay eco, solo silencio.
Un silencio, una losa, que aplasta los gestos
y envuelve los abrazos en papel de reciclaje.
¿Por qué negar la voz? ¿Por qué quebrar
la palabra? El viento grita por las aceras
rapeando con los cubos de basura.
¿Dónde estás?

Suena un rumor de ángeles.

Silencio, silencio, silencio.
Silencio, silencio, silencio.
Silencio. Silencio.


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