lunes, 4 de agosto de 2014

Querer duele.


Cuando quieres a alguien nunca te preguntas por el dolor que puede acarrear ese cariño. De entrada, duele  cuando, en algún momento, te sientes impotente al no poder  dar aquello que  haga feliz a la persona amada. Este sentimiento de impotencia hace que el cariño invente formas de superación.  Pero, aún así, los imponderables cotidianos hacen ver que la vida no es algo fácil sino un escalón difícil de subir. Y por ello, aún superando las dificultades diarias, el dolor se aloja en el fluir del cariño.

Por otro lado,  cuando se quiere a alguien hay un cierto velo sobre el ser querido que impide descubrir las faltas que pueda tener. De hecho el amor lo disimula todo, es más, el propio querer hace  que  el horizonte se perfile perfecto. Sin embargo, tarde o temprano, el dolor surge en medio de este pacientar. El querer siempre duele porque lo normal es que te duelan las cosas de quien amas. Y en este  dolerte se encuentra la prueba del cariño. Duele lo que importa lo contrario puede ser cualquier otra cosa pero no es cariño.

El dolor está en el hecho mismo de querer. Esto supone, muchas veces, soportar, tolerar, admitir que el otro  no esté a la altura- comprobar esto duele-aunque no es siempre el caso. Además, el cariño es emoción, movimiento anímico que afecta a las vísceras y  zarandea el sistema nervioso. Más todavía, cuando se quiere se disculpa  hasta lo más simple e incluso, se salta por encima de cualquier nimiedad. Esto último no impide ser asertivo, cuando corresponda, y hablar claro, aunque aumente el dolor entre las partes. Decirse con cariño lo que se siente es lo mejor. Porque querer es compartir. En definitiva,  el amor y el dolor son las caras de una misma moneda. Por esto mismo, querer duele.
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