
Gris, tremendamente gris. El cielo este sábado de primavera. El balcón. A cielo descubierto. El balcón de enfrente, donde alguien limpia las plantas. El cielo, que se hunde en mis ojos y permanece en mis sueños. Los oídos que se tapan para impedir que los ruidos hagan daño. Los oídos, atentos al verbo preciso que habla de amor. El cielo, gris ceniza, y las sílabas que deletrean su nombre desde la altura del balcón y la llama. Y los oídos se abren para dejar que el eco traiga la respuesta. Tizna, este gris, como el carbón del brasero antes de encenderlo.