viernes, 12 de agosto de 2011

"Hay agua fría sin alcohol"








Con un calor sofocante y con el asfalto mordiéndonos los pies, seguimos practicando el difícil oficio de “turista” ahora, por el barrio de Las viñas. Lo mejor de este peregrinaje fue el descubrimiento de unos anuncios hacia la mitad de la calle. Entre los coches mal aparcados, divisamos unos carteles colgados a la solana en la puerta de un bar. No dábamos crédito a la broma cuando leímos : Un “Hay hielo frío”, que rezaba en la pizarra de la kaliber, y al lado, en otra de la cruzcampo una replica con un “No te rías que también tengo hielo caliente por encargo”. La risa fue de inmediato por algo tan evidente que se prestaba a bromas. Y es que no se puede ser tan ingenioso para anunciar semejantes asertos. Pero la broma no está en escribir aquello sino en el atrevimiento de colocarlo para anunciar algo que va más allá de lo evidente, porque la obviedad no tiene nombre. El reclamo estaba servido y preguntar era lo que se imponía. Pero, a veces, la vergüenza puede más que la curiosidad, nos quedamos con las ganas de saber qué sentido tenía tanta retórica callejera. Sea lo que fuera aquello que se anunciaba, en esos dichos jocosos se encerraba una ironía latente contra algo o contra alguien o simplemente era un reclamo. Y para rematar el colmo de la ingeniería escrita, al lado de los mencionados, otro indicaba que “había agua fría sin alcohol”. El genio de la frase pienso que iba más allá de lo aparentemente escrito y que no era por casualidad este trasunto de exponer tanta obviedad junta sino que detrás, se encontraba una respuesta “indignada” quizás al descalabro ambiente. Pero, dejando estas disquisiciones, lo mejor de todo esto es que nos hizo reír aliviándonos del calor sofocante del mediodía y dejándonos claro como es la calidez generosa de la gente del sur.





jueves, 11 de agosto de 2011

Una sinfonía multicolor...





El bullicio resbalaba por las columnas dóricas del rectángulo envolvente del Mercado Central. Los olores se confundían con las voces y las risas con el juego de los niños a la sombra de los soportales. Un mayúsculo espectáculo que se vive por instantes con intensidad. Nunca se repite esta emoción de la mercadería en esta gran plaza de abastos, por muchas veces que entres. Siempre es distinta. Los mandiles mojados de los pescaderos parecen sedas albergando gotas de mar; las manos gruesas de los carniceros tienen la dureza de las vigilias del mercado; la sonrisa de las vendedoras de fruta remeda el olor de la albahaca. Carniceros, especieros, todos en una sinfonía multicolor dan calidez al paisaje de mañana en este Mercado Central. En el suelo retumba el traqueteo de los camiones junto a las pisadas inseguras de obreros soñolientos a punto de descolgarse de una cuerda invisible que les maneja en el ajetreo. Nada amortigua el hambre que, en este punto de las dos del mediodía, se acelera ante tanta maravilla comestible. Cuando dejamos el recinto algo de misterio se pegó a las espaldas, volver el rostro daba angustia. Mejor mantener este sabor de los olores en la retina de los ojos y en la memoria.

martes, 9 de agosto de 2011

Permanecer en un siempre recordar







Un enjambre de ojos sobre vuelan el tapiz multicolor de los tallos floridos, de las macetas con geranios, de las rosas cortadas. No hay prisas, el tiempo se detiene apuntalado en la retina de los ojos. Una plaza donde las sensaciones se filtran por todos los huecos. Las líneas afiladas de los edificios la defienden de la fealdad y la ennoblecen con su corte dieciochesco. En el centro, Columela, el insigne gaditano amigo de Senéca, vigilando, con timidez de piedra, a los "peregrinos" de esta ciudad, bendecida por la luz. Nada escapa de la mirada sin ser convertido en sonrisa. Y es que hay plazas, como ésta, donde pasar es permanecer en un siempre recordar con emoción.




domingo, 7 de agosto de 2011

Cuando la piedra es herida por la luz



Abre el cielo con sus torres liberando la luz de su piedra. Su puerta remata el abrazo de la piedad en un sinfín de versos y pilastras acogiendo a turistas despistados. Casa de oración transida de silencios. Catedral de las Américas que alargó su vestido hasta el Nuevo Mundo. Discursos arquitectónicos juegan por sus pasillos. Punto medio del orbe dieciochesco. Qué soñar cuando la piedra es herida por la claridad, qué decir cuando el culto se hace verso de líneas barrocas y el ritmo del Rococó, de arquitecturas miles, juegan con el ritmo firme del neoclasicismo. Cuántas lágrimas de comerciantes se vertieron en sus mármoles, cuántas miradas se volvieron jaspes, sentimiento de colores que alternan con la infinita luz de sus ventanas y las notas perfectas de capitales corintios. En su centro, corazón de mármol rosado y oros, el baldaquino apunta la geometría de las cúpulas. Se respira la armonía de la palabra en el eco de sus muros, verbos de piedad en la memoria de sus abalaustrados púlpitos. Ante la solemnidad de este pulmón devoto, en medio de la ciudad, todas las expresiones se reducen a pobres palabras que queriendo explicar algo no dicen nada. La contemplación y el silencio se imponen por encima de toda alarde de generosa explicación. Caja preciosa de la religión que guarda tesoros de humanidad más allá de las fronteras.

lunes, 1 de agosto de 2011

La huella de mil rostros




Barrio del Pópulo, de calles estrechas y elegantes, de balcones adornados con geranios, lleno de sueños y risas, camino de la Catedral. Miradas y cornisas conforman la ilusión de las paredes. En las puertas, de serenas aldabas, aparece la huella de mil rostros. Un olor a fritos, a pescado en adobo, recorre la calle. Todo es un combinado de sorpresas que se descuelgan por los tejados y las farolas. No hay bullicio hay gente con sonrisa puesta, con aderezos de domingo, con ganas de pasear en el tiempo detenido de las entrecalles. Los pasos se amortiguan en los limpios acerados, guardando el cansancio bajo las grietas de las esquinas. Nada se interrumpe en este viaje de sensaciones cuando la calle se estrecha en forma de arco, abriéndose a otros perfiles citadinos lleno de torres y cúpulas radiantes.

domingo, 31 de julio de 2011

Frente al océano.




Da las doce en el reloj de carillón. Taxistas y transeúntes se abalanzan sobre el pavimento que asfixia la belleza del entorno. Unas palmeras aligeran la brisa sobre la explanada. Entre la gente y la prisa una mole de ventanas y columnas; un palacio varado en medio de la plaza, frente al océano. Su arquitectura afila sus ventanales con las farolas del entorno. En el centro, la gran logia, como un ojo gigante, sueña discursos infinitos aplaudidos por las pilastras blancas que cuelgan de las cornisas. Y acunándose con "modorrez", en el aire despistado de la mañana,el gesto patrio de las banderas. Nada que decir cuando todo está en su sitio.

miércoles, 27 de julio de 2011

Monstruos de hormigón y acero




Tenían las nubes ese aspecto de calma chicha, de sordina, arropando todos los ruidos del muelle, ajenas al tránsito que ahogaba su dolor en los arcos de agua de la fuente. En las aceras del puerto los sonidos se agolpan, despejando la emoción de otros rincones. En el muelle, no hay despedidas ni miradas de enamorados, sólo monstruos de hormigón y acero, robots amenazadores que abren las entrañas de los barcos. Una brisa despliega perfumes anónimos que arden en las esquinas. Bajo las palmeras se cuelgan los agudos lenguajes de las gaviotas. Abajo, solo, en medio de un infierno de granito, un perro ladra, reclamando su comida. Tras las verjas las prisas, esas prisas que le dan nombre a la calle y borran la emoción de lo humano. Detrás de las fortalezas flotantes la magia del océano-mar.

martes, 26 de julio de 2011

En sus ángulos absolutos



Tras los muros, se siente el sufrimiento de los otros. Mar y angustia en una batalla que no termina. Nada amortigua el dolor de las esperas en medio del caos. Todo se vuelve complejo, tras los macizos perfiles de piedra. Sobrevivir, la consigna en los ojos de todos. Y después del ruido de las armas, el silencio, el brutal silencio que deja el amargo dolor del alma.
Las murallas siguen ahí, descansando en sus ángulos absolutos. Alrededor, se mantiene el eco del sufrimiento y la fragilidad del tiempo, incapaces de borrar la huella de miradas prisioneras.

Como la plata...



Estando en Chiclana y no conociendo Cadiz hubiera sido imperdonable habernos venido a Badajoz sin acercarnos a la llamada "tacita de plata"



Nos impresionó sus murallas. Algunos rincones nos recordaban las murallas de Badajoz construidas bajo el mismo diseñador Vauban y en la misma época. El autobús nos dejó en la plaza de Sevilla. Cerca estaba el punto de información y turismo.



Nunca entendí por qué a Cadiz le llamaban la "tacita de plata". Después de un paseo por esta ciudad me he dado cuenta que la mayoría de sus grandes edificios están decorados con piedra calcarea, y con granito.Estos materiales generosos brillan con esa infinita luz de la bahía provocando en el ambiente un especial color, como de plata. A esto hay que añadir que los gaditanos pintan las paredes de sus casas con cal blanca permitiendo que la luz se acune en las calles.






La plaza de San Juan de Dios, donde está el Ayuntamiento, es magnífica. Abierta al mar-océano recoge los sonidos de otras tierras. Frente al muelle es una de las plazas de gran tránsito.



Camino de la Catedral pasamos junto al barrio del Populo.
























Después de visitar esta zona de la Catedral en el barrio de San Juan nos dirigimos al Mercado Central. Inevitable no toparse con una "plazoletita", muy coqueta y concurrida, la Plaza de Las flores.



Al entrar en el Mercado Central, de planta rectangular y flanqueado por columnas dóricas, se tenía miles sensaciones todas ellas agradables. No importaba el calor y la sed que en estos momentos del mediodía ya teníamos.



Se imponía reparar fuerzas en uno de los restaurantes de los alrededores del Mercado.



Desde aquí, pasando por el simpático barrio de Las Viñas nos fuimos a ver el castillo de Santa Catalina. Un barrio con anuncios particulares.





Salimos de este barrio admirando ejemplares de rododendros como este. Una sombra salvadora de un calor asfixiante, como el que en esos momentos hacía.




La playa de la Caleta, abarrotada de gente, ofrecía una vista generosa de ese océano que rodea la ciudad.



En su paseo no dejaba de haber muestras de arte moderno dando idea de una ciudad cosmopolita.



La portada del Castillo de Santa Catalina, hoy un lugar de exposiciones varias que merece la pena visitar.









Del castillo de Santa Catalina salimos en dirección al Parque Genovés antes de adentrarnos, otra vez, en la ciudad. Un parque enorme, bien cuidado que nos repuso de la marcha que llevábamos, de ese practicar el "difícil oficio" de turista.



A pesar de todo, pasando por la plaza del Mentidero no pudimos evitar tomarnos un helado en un espacio con aire acondicionado. La vocación turística hay que tomársela con calma.



Para llegar al Museo de Bellas Artes atravesamos la insigne plaza de San Antonio, lugar que vio corretear al escritor Pemán






El Museo de Bellas Artes en la Plaza de las Minas, es uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad.






La plaza de San Francisco, otra de las plazas de la ciudad por la que la gente deambula con esa tranquilidad propia del que no tiene prisa y está a gusto con lo que hace.








Otro lugar donde recabamos fue en la Santa Cueva, un espacio propio del romanticismo religioso del siglo XIX. Una capilla que merece la pena visitar, independientemente de sentimientos religiosos. Goya y Hayde son los artistas que están presentes en este lugar.



Desde aquí a la calle Ancha no había mucho trayecto. Una calle representativa de la aristocracia del XIX, una calle donde está la casa del músico Falla.



Llegar hasta la plaza de España era obligado para ver el gran monumento a "la Pepa", la Constitución de 1812





Hay que anotar, de forma destacada, que en esta ciudad, y en toda la bahía, nos hemos encontrado con la Amabilidad y simpatía de su gente,algo más que con playas y edificios hermosos.

MIS VISITAS AL MUNDO

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Tiene Lisboa sonidos de agosto