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viernes, 9 de noviembre de 2018

LIBERALISMO POLÍTICO. FRANCISCO CHAMORRO




A Francisco Chamorro lo conocí una tarde tomando café  en Badajoz. Un amigo común propicio el encuentro. Desde ese día me alegro de haberle conocido. Pero tengo que decir que me alegra mucho todo lo bueno que le ocurra, como es el hecho de esta obra donde hay una explosión poética de denuncia más allá del lirismo al uso. Un primer libro, muy potente, que parece ser la punta de iceberg de todo lo que está por publicar.

He leído y releído el libro Liberalismo político, publicado por Jesús Munarriz, Hiperión, de Francisco Chamorro. Lo he leído tanta veces que he  conseguido aprenderme algunos versos  de memoria. Esta obra llama la atención por su estructura o mejor dicho por un contenido poético vertido sobre el esquema de tres conferencias de John Rawls. Chamorro aprovecha hasta el prólogo donde el filósofo habla de  las conferencias, de lo que en realidad supone  la publicación de Liberalismo político (también el título es de Rawls). En el fondo, el poeta juega a introducir un contenido poético en un esquema profundamente filosófico/político. A decir verdad, el contenido poético no le resta ni un ápice a la filosofía social de Rawls. Nuestro poeta subrayará la forma de sociedad en la que vivimos hasta aburrirnos de hastío, donde lo que parece libertad es simple esclavitud de trabajo y de consumo.

En la primera conferencia y siguiendo el esquemas de la misma, nuestro poeta traslada el pensar y el sentir hasta los rincones mínimos de lo cotidiano. En qué piensas mientras trabajas,…/ cuando sales del polígono…/en el camino a casa…/ comiendo. Qué sientes [mientras trabajas en el matadero]. Esta es una forma extraordinaria de romper el lirismo poético para recobrarlo en el sentimiento de abandono del sujeto,  el yo literario, mientras reflexiona desde un  contexto precario de obrero [de la industria cárnica]. El trabajo se deja el  misterio de este personaje  mientras bebe whisky en el bar, y piensa en esas chicas “que te abandonaron” para terminar diciendo que “no son nadie”, “tú tampoco eres nadie”. Un sujeto desesperado, bebedor, que mata el tiempo [libre] en el bar. Y así, en esta reflexión de no aparente lirismo el poeta introduce al lector en un mundo de vaciedades y repeticiones,  donde la emoción, a pesar del desespero,  es primordial, “me emociono por todo-dice.

Francisco Chamorro comenta  las incidencias de un personaje que, lejos de ser ficticio, es él mismo. Desde las primeras páginas adivinas que el libro es autobiográfico. La página 21 lo hace patente. Y así, empleando la tercera persona evita  hablar de sí mismo. Así, dice: Le llamaban el lechero a finales  de los noventa en el C.P. Arias Montano (Fregenal de la Sierra. Badajoz)…Lechero fue su abuelo yen cierto tiempo su padre…Este el lechero,…es el enviado de la naturaleza , el sudor y la frente, la tierra y la zarza. En estos versos, en estas líneas del libro el lirismo implícito salta en la emoción de la identidad.  El extremo de lo autobiográfico llega en las páginas siguientes cuando escribe su D.N.I., el número de un sujeto vivo. Y así, con una anáfora existencial, casi bíblica, señala: Soy yo, cariño/ soy yo, no me recuerdas, verdad. / Soy yo, amor. / Soy el gran edificio desde el que se ven/ las grandes construcciones sentimentales./ Soy la referencia de los viajeros. // Te lo juro no desaparezco.

El poeta, a partir de estas páginas, va dejando un rastro de ironía, casi cínica (en el sentido más desvergonzado de la palabra) Soy un hombre bueno y quiero viajar gratis/debería bastar./ Soy un hombre pobre y quiero viajar gratis,/ debería bastar.

Y en esta perspectiva de la identidad y del abandono, esboza un poema esencialmente anafórico con la expresión poeta trabaja depara terminar con un verso de toque lírico, Las palabras están hechas de hambre. Magnífico. Mejor no se puede expresar el hecho de escribir o la soledad angustiosa del escritor.
Así, en un esquema de filosofía socio-política nuestro autor comenta que todo es político. / Whisky con agua/ Y quien soporta la claridad a estas horas, el bebercio, la política/ y quien soporta la claridad a todas horas, qué han hecho conmigo,/ porque duele todo.

En medio de este contexto, de intima reflexión desesperada sobre sí mismo, el yo dirige  la mirada hacia los viajes, esos en los que gastamos- comenta-todo el dinero que ganamos escribiendo libros/ detrás de las barras de los bares, en las oficinas,/en las grúas, en los puertos y aeropuertos/ … El sujeto descrito es un personaje engullido por el consumo en medio de rutina y vacío.

En la segunda parte del libro, según el esquema de Rawls, la segunda conferencia, Francisco Chamorro le hace decir al personaje que es un hombre libre. Este sentimiento es en sí una actitud crítica con todo lo que le rodea.  (Ver página 33) Los versos, Me siento libre, liviano. / Soy un hombre más libre. Se intercalan como expresión anafórica, como un eco en las expresiones mismas de Rawl: La libertad, sin precedentes que nuestra sociedad ofrece a sus miembros  ha llegado acompañada de una impotencia también sin precedente. Este poema contrasta con el siguiente donde el yo lírico sitúa al lector, además de la identidad del autor (yo literario) en la cara opuesta del ser libre en la del proletariado que no es dueño de su propia historia: Soy un animal de fábrica, (pg. 35) dice el poeta.

Libertad y opresión calculada, ahora, en paralelo con la realidad consumista e inútil en la que el poeta dice que hizo La forma de las cosas, su alma, su sentido; y con ello la terrible  soledad , quién sabe-dice-del porqué estamos solos, abandonados, / si hay aplicaciones geniales, esplendidas y de gran alcance. (Páginas 39-43).

Los textos que siguen tienen ese desgarro propio de aquel que, siendo un “habitante de lo rural”, y a pesar de la mecánica de un trabajo precario, la ciudad le parece una “jaula” donde los deseos se multiplican, la inversión del síndrome del caballo de Troya ( Ver poema de la página, 66) Nuestro poeta, en un intento de poetizar la plena autonomía, apunta al registro íntimo de la familia, a ese lugar estático de lo social para dejar una petición esta de la inmortalidad…hasta consumir el infinito (pg. 46). Vuelve con estas expresiones a marcar el sentido lírico dentro del despojo de lirismo que hace en sus textos.  Que hago aquí, whisky en mano, mayo, en cualquier pueblo de Extremadura te preguntarás.

En las últimas páginas de este apartado nuestro autor marca la soledad con una expresión frustrante, le falta la partícula condicional [si] para denotarlo, Soy el poeta del dialogo. / Me gustaría que hablasen conmigo. Terrible que en esta página 50 el autor del libro deje su tarjeta de visitas. Lo admirable de todo es la ironía de la frase final “escribidme a…pero sin falas de ortografía/eso no por favor/ os lo pido desde el corazón (pag. 50)

La tercera parte, según el texto de Rawl, la III Conferencia, Constructivismo político, se abre con ese lirismo deconstruido: Aprendí a soñar mientras dormía en las aerolíneas de bajo coste. Más adelante dice, no sé si puedo escapar de las estructuras, de lo que es/ y de mi capacidad para reconocerme en sus palabras. / Pero quién sabe de las noches que me declaré líquido/ en fiestas y jolgorios sin saber que no tener forma es estar/condenado a cualquiera. ( pag. 55). Los verbos aprender/ soñar/ reconocer/declarar/ estarmarcan en estas expresiones un non amarum contemplatione rerum una contemplación amarga del ser. Esta contemplatio entis no admite la luz porque ésta estropea la materia (pg 58). Tremendo estado que aparta al ser de cualquier salida.
El poeta lo intenta remediar, preguntando, en medio de unas concepciones objetivas del sistema, esas cuestiones que apuntan a la materia:  ¿qué sucede en el trayecto/ entre la carne y la superficie? // ¿Qué sucede en el trayecto/ entre el cuerpo y la imagen?// ¿qué sucede en el trayecto/ entre el número y la muerte? (págs. 62ss) Estas cuestiones son fundamentales sobre todo si tenemos en cuenta, no la primera parte de la pregunta sino la segunda y aquí, el segundo conceptosuperficie, imagen, muerte. En esta metafísica, el autor nos lleva al sinsentido del ser humano, consumista y solo, es posible que hoy se agoten los seres (pg. 63)- comenta, con esa ironía del desespero -esta vez referidos a las reses del matadero-, que después de sacrificadas, troceadas, preparadas (plastificadas) son parte del festín carnívoro. La ironía está en la metáfora que va de un lado a otro, de la sala de despiece a la vida cotidiana. Todo se arruga en lo igual. La segunda objetividad marca esto que apunto. En definitiva, no deja de ser un despiece personal lo que el poeta narra,  esa desolación de lo cotidiano -desde ir al baño. Curioso que esta es una verdad que se contiene en todos los seres (pg. 64). La objetividad continúa en ese esperar a que las cosas cedan. Y en este cotidiano de soledades y desesperos, de aburrida vivencia laboral, un deseo expreso, un testamento vital encabezado por una cita del costumbrismo de Luis Chamizoparadoja-. Me quiero morir en mi huerta. / Me quiero morir en Extremadura. / Me quiero morir con la tierra entre las manos. (pág. 66/ 67). Un poema que si no fuera por la gravedad de lo que dice resultaría esperpéntico y paradójico. De las diez estrofas las dos primeras y la sexta denotan esa forma nostálgica de mirar la propia tierra, las raíces [culturales/sociales].

En el final del libro, los versos o las notas reflexivas, nos conducen a la síntesis de la realidad identitaria del propio autor. Con el apellido, y no de forma baladí, el yo lirico nos sitúa irremisiblemente en el hecho indiscutible de la pertenencia; nos lleva a la memoria que está más allá del Cronos y nos empuja a ese instante oportuno del Kairós donde el tiempo deja de existir y el ser cobra relieve por lo que es.




lunes, 12 de febrero de 2018

Gandul, Ganso y Gañan.Juan Mantero


Juan Mantero da a luz su libro Gandul, Ganso y Gañan por obra y arte de DK ediciones de rarezas. Impecablemente diseñado por Daniel Albors y revisado y coordinado por Juan Andrés Pastor. Un libro con un continente significativo y con un contenido donde la ironía y la pasión se mezclan.  Compuesto por 30 poemas, algunos de ellos magníficos sonetos, dos prosas (A y Z), un cuaderno de arte de Judal Marín y un epílogo de Eduardo González Palacín.

Se abre esta obra con una exégesis de la letra G, escrita por Javier Olivar de Julián. En este relatorio, a modo de prólogo, se ensalza la obra de Mantero subrayando la profundidad de los versos “idéntica a la profundidad de nosotros mismos”.

El inicio y el final  del poemario son dos prosas, (A y Z), dos puertas abiertas, donde Juan Mantero nos deja trazos de un pensamiento existencial que rompe con cualquier metafísica al uso. El primero de los escritos anota la soledad, Soledades (A), como esa particular compañera de viaje. Mantero hace un recorrido por las diferentes soledades avisando aquí, entre líneas, de lo que nos espera dentro con sus poemas (a modo de letras de canciones). De todas las soledades la que sobresale es la Soledad acompañada, esa –como él dice-que lancera el alma. Luego volverá sobre el tema en el ecuador de la obra con Soledad bajo cero (pg.38), un poema para leer despacio, para meditar sus estrofas cargadas de ironía que rechazan el patetismo, de humor del bueno ante la tragicomedia de la propia vida.  La última prosa (Z), Orgullosos (pg.58), con la que cierra el libro es un diálogo intimo con su moleskin, una realidad que a “lo Platón” representa la conciencia. Habla de él como de un amigo que le guarda sus secretos, los fracasos, neuras, frustraciones. Un moleskin sin terminar al que susurra, como un enamorado.

El primer poema, Yo, inicia este recorrido donde parece que el yo lírico se funde con el propio poeta. Aquí pone la nota característica y paradójica del venir apresurado y llegar tarde. En los versos de este poema se describe el carácter de un hombre peculiar que se conforma con su manera de ser en el hecho de “tan solo pensarte”. La ironía, que será una constante en la obra, aparece en el siguiente poema, Pecador, donde (parafraseando el milagro de Caná) juega con el agua y el vino. Versos éstos cargados de humor satírico que rompe con las mentes más anodinas hasta terminar, de forma aforística, con un “No se sacia la sed en el infierno, / has venido al sitio equivocado” (pg. 15).

El yo literario que Mantero traza es un personaje canalla, un ganso remolón y lisonjero, (pg. 16/17)). Un convidado de piedra (pg. 19) que rompe la armonía de la fiesta pero que, mirándose, no pierde su autoestima. Aquí, poeta y poesía se fusionan y es Juan quien dice de sí en boca del personaje que “sabe bien lo que vale y hasta puja/ a la baja contra don Pedro Botero” (el Pere Porter catalá), el canalla inocente del cuento.  Y es de esta forma, como nuestro poeta lanza un alegato, con un Me apetece (pg. 20),  sobre su ser mismo renaciendo para que nadie vuelva a recriminarle, para que no le duela nada…para reírse de su sombra, para responder tarde porque –dice- “yo ya sé dónde se encuentra el infinito/ entre mi corazón y mi cabeza” (pg.21). Magníficos versos finales, con sesgo de lirismo,  que cierran el deseo de alguien que vive con el impulso de ser diferente. En realidad, es diferente este “personaje-Mantero” al que quieren espabilar sin que él se deje porque “de gañan voy cómodo. /Y decido no esparciros mis miserias…” (pg. 23). Un don Juan de Ginebras diferentes que, haciendo un guiño a Miguel Hernández, dice que “no quiere ser llorando el hortelano /ni bufón de la corte ni arenero” (pág. 25).

Y entre ironías y sarcasmo llegamos al centro de la obra con tres poemas que le dan título a la misma: Ganso (pg. 28), Gandul (pg. 29), Gañán (pg. 30). Tres poemas que revelan la identidad de esa voz poética que nos va llevando por los vericuetos canallas de alguien de corazón grande, molesto y fuera del sistema. Alguien que dice tener miedo, pero miedo de la traición. Se puede ser más noble y directo, “más legionario, ( y ) novio de la muerte” (pg. 35). Y en este descifrar identidades, nuestro autor juega con el tópico del “Cero a la izquierda” para apuntar, con versos profundos y significativos, que siendo así, “nos defendemos, como mudos, / inválidos en medio de la fiesta/ de binarios, enteros, decimales.” (pg. 34). Este sujeto lírico que en otros versos llega a revelar ese dolor-doliente que exige, imperativo, que un tú le desgarre el alma “si la encuentra” (pg. 41).

Los versos centrales revelan un  fino cinismo, auténtico kinikós griego,  propio del  asistemático Diógenes. Sin embargo, estos no expresan tanto las características del personaje, creado en este libro, como el poema A veces. Aquí,  el yo poético dice desplomarse para ver “solo mis cicatrices íntimas”. Y en él, con una lluvia de versos rimados, sigue describiendo a ese personaje molesto “cada vez que abre la boca” (pg. 42).

Termina el libro con un poema, Harto, (pg. 57) donde ese  carácter antisistema y bohemio, crítico y social  de Mantero se completa. Así dice, “estoy harto/ de tanto sinsentido,/de miles de ojalás,/ de manifiestos…/Estoy harto de civismo incívico,/…  del cuñadismo…/¡Estoy harto de tanto postureo/ y tanto fariseo!”.

Juan Mantero se define, en su obra,  como “un simple poeta de lo oscuro”, “un juntaletras”. Este aserto que él se da a sí mismo lo argumenta con algún verso diciendo que Violante no le encargó (encargaría)  ni un soneto. De haber conocido a Juan, posiblemente doña Violante le hubiera encargado uno y más sonetos y nuestro poeta no la hubiera defraudado, como sí lo hizo Lope de Vega. Hay que decir, y creo no equivocarme, que los sonetos de Mantero son un disfrute. De cómo un mensaje canalla puede verterse en el esquema de una composición renacentista del siglo XV y que no todos los poetas son capaces de hacer. Cito un buen soneto, divertido, a lo Lope de Vega, este de Tú llama (pág. 51) donde el yo lirico dice escribir eyaculando desde dentro. Este poema es un ejercicio metapoético porque habla del hecho mismo de escribir versos de arte mayor, endecasílabos y rima consonante. Que ya lo dice el  poeta “no rimo en asonante pues no encuentro/terminación para tantos matices/ o acabas el soneto o te desdices/buscaré en los tercetos epicentro.” Otros sonetos a tener en cuenta son Morirse en agosto (pág. 55), Escarceo (pg. 16), Incapaz (pg. 17) Infierno cotidiano (pág. 31), Legionario (pág. 35).


La obra de Mantero hay que releerla, no basta una sola lectura.  Importa  descubrir en ella, como anota Juan Andrés Pastor, el editor,  matices que están ahí y que no deben obviarse como son “el temblor de la ausencia, el batir de alas de una música que, en Juan, parece sorda y no se baila si no fuera por el atabal de un corazón que tiene el ritmo de la duda.”

Para saber más de la forma de escribir de nuestro autor merece la pena mirar:

Resta solo agradecer a Juan Mantero, la genialidad y generosidad de su obra y a la editorial DK la magnífica estética con la que la viste y envuelve. Un regalo para los amantes de la buena (rara) poesía.




jueves, 25 de enero de 2018

Breve catálogo de insectos...



Breve Catalogo de insectos y otros seres menudos es la última entrega de José Manuel Vivas, la onceava de su producción literaria, editada  por Lastura en su colección de poesía.

1.      DESDE EL TÍTULO, UNA REFLEXIÓN.

Si tuviera que coger una imagen para describir esta obra tomaría  la del grito de una madre al parir su primer hijo. ¿Por qué digo esto? porque el poemario de José Manuel es la visión poética y amante del dolor, de lo incierto, ante el ser humano que tiene enfrente. Un dolor infligido al hombre por el propio hombre. Sí, en este Breve catálogo de - lo molesto- el poeta toma la iniciativa de mostrarnos los desastres de este homo homini lupus que es el ser humano.

Su forma de decir no es con ironía, aunque la emplee, sino con aquello que mejor conoce, el verso. Así, de esta manera, bajo el título curioso de Breve catálogo de insectos y otros seres menudos, hilvana los peores hechos de la historia reciente: pateras, hambre, guerra, proxenetismo,…, con versos, con magníficos versos, que no hacen menos horrible ni más amables los hechos que cuenta, sino más soportables. Por tanto, este libro no es un poemario al uso sino una caja con versos donde el poeta ha colocado la memoria arrinconada, aquello que no nos interesa mirar.

No hay que tener miedo a dejar de leer este libro nada más comenzar.  Advierto que provocan vértigo, el necesario para hacernos más humano ante tanta des-humanidad. Por esto mismo, se advierte que la función de los poemas en esta obra  es la de empujarnos a mirar con valentía la realidad, la triste y dura realidad que nuestro autor cataloga, de forma breve, como lo molesto, como insectos y seres menudos.

2.      DESDE OTRA REFLEXIÓN, UNA PROPUESTA.

La otra reflexión, y muy interesante, está en el prólogo de la obra. Importa no saltarlo. Su autora es Laura Giordani, una poeta argentina afincada en Valencia. En este prólogo, Laura habla del contenido de este libro como de minúsculos holocaustos que no podemos eludir.  Así, como primera propuesta, Laura indica que tenemos una tarea-la que en sí acomete José Manuel- que es la de decir lo que nos duele, para que la muerte no tenga la última palabra (pág. 14).

3.      LA MIRADA DEL AUTOR. LAS CUESTIONES QUE PLANTEA.

Esta obra tiene el sello indiscutible de Jose Manuel Vivas, es decir, una forma de  ir a la raíz de los problemas, de abordar lo esencial sin alharacas metafísicas, de forma directa y sin paliativos. Por ello, sus versos, los que aquí aparecen, son frescos aunque hablen de las heridas más profundas.

El contenido lo vierte nuestro autor en dos grandes capítulos, y un poema introductorio.
En el poema de entrada nos presenta a la bestia, a ese hombre lobo para el hombre; y en los capítulos que siguen, por un lado, desarrolla aquellos problemas que nos envuelven fruto de la “malicia” humana, y por el otro, aquello que está en nuestra memoria y queremos olvidar. Cada capítulo tiene 18 poemas, aunque esta referencia es lo de menos. Lo que importa es que al tomar cualquiera de ellos- reitero-no se tenga miedo, ni vergüenza  a dejarlos una y mil veces para luego volver a retomarlos. Como digo arriba, aconsejo hacerlo así. Este poemario no admite lecturas lineales, ni seguidas, sino intermitentes, cortas, silenciosas, contemplativas dejando espacio para pensar en uno mismo, algo que no se lleva, y en especial para pedir perdón por los desastres que provocamos los hombres entre nosotros mismos.

Dicho esto, quiero subrayar las tres cuestiones que nuestro autor plantea: la crueldad/ la paradoja del límite/ el olvido.

1-La crueldad.-
Esta viene subrayada en el poema introductorio. Aquí, el poeta nos da una visión paradójica del hombre, de cómo este quiere llegar más alto de lo que su estatura de finitud le permite. Así, cuando nos habla de la crueldad  lo hace como de esa realidad congénita al propio ser humano. Esta idea aparece en los tres versos iniciales: Este animal que no protege a su prole/ y la somete al fútil presagio del abandono/tiene los días contados. (17)

La actitud del hombre-en el pensamiento de nuestro autor-al desproteger y abandonar lo propio no puede ser más cruel, más des-almado. Hay que tener entrañas de misericordia para seguir creyendo en el ser humano o alma de poeta, como la de José Manuel, para escribir lo que en esta obra aparece. Es atrevido hablar  del raquitismo del propio hombre y al mismo tiempo seguir creciendo con él.

2.- La paradoja del límite
El primer grupo de poemas, comienza  con una cita de la argentina Alejandra Pizarnik: Son mis voces cantando /para que no canten ellos,/ los amordazados grismente en el alba, /los vestidos de pájaro desolado en la lluvia.

Aquí, en este espacio, el poeta describe con sus versos los límites que el hombre ha traspasado, la línea roja que ha disuelto, depredando a sus propios hijos desde el miedo a perder. Esto recuerda a Saturno, aquel dios que se comía a sus propios hijos bajo la presión del miedo a perder su estatus. Por otro lado, este hecho depredador habla también  de la impotencia del ser humano que creyéndose superior,  al mismo tiempo, se ve incapaz de admitir sus propios  límites. José Manuel Vivas, con sus poemas, nos presenta esta terrible “hazaña” del ser humano, de cómo pudiendo alimentar el hombre deja que los otros mueran de hambre (pág. 40/41), pudiendo acoger permite que se cierren las fronteras (pág. 21), incapaz de amar roba el placer a la otra con la ablación (pág., 33)…

La paradoja del límite está aquí, en la contradicción del propio ser humano que siendo débil se vuelve violento con los más débiles. Es curioso como esta visión de lo cruel que no queremos admitir en nosotros el poeta nos la muestra. Nos dice con sus versos el cómo habría que hacerlo, aunque duela.  Sí, hay que admitir que hemos traspasado los límites de la dignidad, de lo que en sí es lo humano, cuando  permitimos que algunos hombres se “vuelvan peces de plásticos que saltan/ desde la selva del olvido/hasta las fronteras de ciudades/ con nombres impronunciables” (pág. 21); cuando miramos para otro lado, ante el hombre-niño soldado, al que le  “abundan, le laten grillos en sus manos hasta que estos huyan carne adentro invadiendo de oscura bilis/ la vejiga/ de dolor su vientre/ y de lodo sus piernas” (pág. 23). Sí, el hombre fuerte no lo es tanto cuando abandona a su suerte a sus hijos “y no hay refugio para tantas manos/ dice el poeta/ para tantas alas  rotas ni quebradas risas, / ninguna esperanza en sus nidos de nieve.” (pág. 25).

Junto a esta cosmovisión del salir fuera de lo digno, aparece una figura-símbolo que, más allá de cualquier retórica, es indicativa de la realidad humana, las manos. Merece la pena leer a este respecto el poema de la página 26, Las manos que acarician y son ahora garras de mortal abrazo, pura paradoja.

 En este apartado primero, José Manuel Vivas nos hace ver cómo estamos inmersos en una realidad entendida como desmemoria(pág.31), como la negligencia de una madre impasible acumulando crueldades, silencios y mentiras(pág.33), como la vida truncada que puebla callejuelas y parques oscuros(pág.35), o nadan entre basureros y cigüeñas, peces de duras agallas, de pies descalzos y niñez amputada (pág.39).  La ruptura con lo social es lo que el poeta quiere hacer presente, visibilizarla aunque moleste. Basta leer el poema La nana invisible de un cuento africano (pág.28) para ser conscientes de la crueldad del ser humano. Los versos se soportan porque el poeta los desarrolla con gran ternura. No deja de ser amante esta visión de los hechos al pretender con ello-repito- que no se mire para otro lado.

La maestría de nuestro poeta hace que lo más duro se vuelva algo fácil de mirar generando conciencia. Y así lo expresa en el último poema de este capítulo: Mientras escribo esto sigue sumando la parca/ su infinita cuenta de menudos esqueletos/, el débito inadmisible en nuestra lista de la compra… (47)


3.- El olvido.
Esta idea se desarrolla en la última parte. Aquí, el grupo de poemas nos hablan del no dejar de tener memoria aunque a toda costa queramos olvidar lo que sucede.
La cita cabecera es de una escritora, Marisa de la Peña, que entiende- igual que nuestro autor- lo importante que es  luchar por la recuperación de la dignidad humana.

El poema inicial recuerda lo expuesto en la primera parte pero esta vez subrayando las  terribles complicidades para destruir a los terceros, a esos “insectos” que molestan. Estos son los que sufren, aquellos a los que se les quita la comida, la casa o la vida. El poeta magistralmente declina, fuera del encuadre, el verbo tener (haber) y el ser (estar). Presente imperfecto del verbo ser/ (que no es lo mismo que ser verbo). / Yo soy cómplice, /tú eres insensible, /él es un número más. / Nosotros somos unos cobardes, / vosotros sois unos asesinos/ ellos son las víctimas propiciatorias/ ( Y no hay más declinaciones por ahora.) (pág.52).

Los poemas que siguen hablan desde el perdedor, desde el hombre muerto, desde la herida incesante, desde la vida sin arraigo (pág. 53). Con esto el poeta seguirá insistiendo que esto es lo que no hay que olvidar y que por tanto   no hay que dejar de tener puesta la mirada en el sur, ese sur adonde “van los desastres, las avalanchas, el agua desbordada, la tempestad, los fieros huracanes (pág. 43)   Ese sur de la vida doliente lo queremos olvidar, sin embargo es importante mantener su memoria. De esta manera, el poeta significará el no olvido con un hermoso poema, la maleta de Charlotte Salomón, esa pintora judía que murió en Auschwitz, y que –como buena hebrea- mantiene el shemá, el recuerdo dentro de una maleta. Nuestro autor aprovecha el gesto con estos verso: Tengo  una  maleta llena de dibujos/en la memoria/y un millón de cuerpos sin voz/en los pastos del olvido (pág. 55). Hay que buscar en nosotros la huella de tanto desastre, así nos lo impone la voz de la conciencia en los versos de José Manuel Vivas haciéndonos una aseveración “no busquéis donde/ no existen ellos, /donde no hay sombra de su memoria” (pág.58).

Y en medio de tanto desastre y muerte, de esta segunda parte, un respiro poético en la imagen del sueño de un niño. Aquí, el poeta le da voz a los sueños del ser que quiere recomponerse. “Y sueña el niño con nidos y con árboles…con libélulas y juncos…con ser pez fuera del agua, con ser pájaro que se lanza al aire / extiende sus alas y vuela (64). Un descanso lírico donde el significante es la libertad que brota, como un ideal, en el sueño. Este soñar del niño no es más que un recordar la esperanza ante el olvido, ante la herida sin cicatrizar. De esta forma, el poeta continúa alertándonos con los recuerdos, de aquel niño sin frontera, de la madre muerta, del hermano desaparecido, del padre que nunca regresó…

Lo tremendo del olvido es que alguien quiera convencernos que la realidad no es tal, la mayoría de las veces es el poder el que disfraza todo aquello que no interesa que se sepa haciendo que le demos la espalda a lo evidente. El poeta es consciente de ello y nos dirá en uno de los poemas finales: “Acabas de recordar/las asperezas del olvido, /esa herida sin cicatrizar desde entonces, /desde aquel tiempo de dolor/ tan temprano…y  siempre…dijeron que todo era mentira” (69).

Enhorabuena a José Manuel Vivas por su valentía al traernos estos versos de Breve catálogo de insectos y otros seres menudos, que, directamente, nos hacen tomar conciencia de nuestra realidad sin obviar la parte molesta que hemos creado. Porque –dice él- “no basta mirar hoy, / habrá que mirar siempre.” (72). Sí, mirar siempre porque no todo está perdido: Pero miras de nuevo/ el retrato de ayer/ como si pudieras/ regresar al hijo, / como si aún fuese posible/ salvar el mundo (pág.74).








viernes, 14 de julio de 2017

La libertad del desengaño.



La libertad del desengaño. José Infante Martos. Editorial Olifante.2013

                        Este poemario de José Infante, premio ciudad de Zaragoza de 2013, es uno de los mejores de sus múltiples escritos.

                     Sólo el título merece un comentario por este hecho de unir dos palabras que tienen connotaciones diferentes y opuestas: Libertad y desengaño. Unidas las dos hace reflexionar sobre este hecho de ser libre desde el desasosiego que provoca la vida, ese diario real que te hace dirigir la mirada sobre lo que eres sin fingimiento.

                       Al abrir el poemario, la foto de Infantes con una seriedad tranquila, con una mirada atenta -que no vigilante-, es el frontis perfecto para comenzar el poemario. Este se inicia con varias citas, una de Luis Cernuda que dice: Caí en lo negro, / en el mundo insaciable. La cita te predispone a mirar el contenido de la obra, La libertad del desengaño,  con una atención especial. No es por azar que el autor la sitúa en la entrada de su creación.

               El libro contiene diez poemas, diez elegías sobre el hecho de sentirse envejecer. Esta verbalización del estar en un proceso de deterioro es la mejor forma de crecer en el ser. Nunca se debe rechazar la realidad porque esta se vuelve contra uno mismo. Y esto es lo que hace Infante Martos, mirarla para aceptarla y defender la dignidad del ser humano que se observa con capacidad para lo mejor y lo peor.

                 Se abre el poemario con el sentimiento del ser humano ante su cuerpo,  ese cuerpo extraño donde uno llega “ya sin remedio hasta la ancianidad,/aunque dentro de mí me sienta más joven/que los años que he cumplido/ con una precisión abrumadora y puntual.” Sí, es ese cuerpo donde el yo lírico dice no encontrarse porque todo le “parece extraño.” El final de la obra es más contundente ya que se centra sobre el hecho vital de la memoria. El poeta cuestionará la desmemoria ante el ser querido de la madre. Curioso cierre sobre la mirada materna que “no encontraba a nadie en su incesante búsqueda”. Magnífico final esta cuestión de la desmemoria o, como dice el poeta, la forma deliberada de estar ausente en la vida. Este desengaño existencial del inicio y final de la obra plantea la realidad de lo humano. El poeta lo hace sabiendo que en situaciones límites el ser  toma su libertad para pensarse y sentirse.

                  El contenido de este libro de poemas situará al lector en diferentes aspectos de la vida: el amor, la soledad, la muerte

              Así, el poeta anota el amor pero este como una realidad que mata, parafraseando a Freddie Mercury. Un amor que “mató a toda una generación que un día/ se sintió libre…” Esta es la verdad del SIDA, esa realidad que hace decir que “somos unos juguetes en manos/ de la nada que se empeña pertinaz/ en perseguirnos, en atraparnos siempre…

                     Y junto al amor, la soledad de la noche amanecida. Sí, “te quedas solo. Como antes estabas. Antes de habitar el laberinto siniestro de la noche…” un poema dedicado a Clarin, el escritor controvertido de finales del siglo XIX. “Él, Leopoldo Alas, se marchó y nos dejó más solos,/ más vulnerables a los peligros/ de esa terrible fosa que nos amenaza/…

                    No hay soledad que no lleve la locura como compañera, o mejor, la locura va siempre pegada al ser humano. “Está ahí. Siempre detrás de alguna puerta/ que muchas veces has sentido que se abría/ y te invitaba imperiosamente a atravesarla.” 

            Aunque, desde el sentir del poeta, es mejor admitir la realidad,esa insoportable realidad…/ (que) como una pegajosa costumbre (está) adherida a tu piel.” Y con esta aceptación de o irremediable el hombre vuelve a ser libre, libre en medio del desengaño que produce el deterioro. Es así, “las señales de la decadencia y de la vejez avanzan muy adentro…frente al mundo, el enemigo no vencido”. Qué desengaño, verse morir y a pesar de todo el hombre “espera, siempre espera/ que la dignidad le impida morir de viejo,…”

                  La reflexión elegíaca de Jose Infantes toma el pulso a la existencia cuando se refiere a la vida como un laberinto, un espacio donde el ser humano ha estado (está) perdido. “Un oscuro laberinto/ que tan solo conduce al infierno y la nada”. Es a este a donde se desciende “sin pausa”, se pregunta el yo lírico cuando pregunta que “después de la tristeza ¿qué es lo que queda?/ ¿qué queda tras el dolor de la soledad/ y la amargura? ¿Qué hay después del desconsuelo/ y la desesperación?"

                Importante enfrentar la realidad de lo que somos, dejando que esa libertad propia del desengaño nos haga mirar de frente y no para otro lado dejando que la verdad ocupe el lugar que le pertenece en el paisaje humano de la dignidad.

                Merece la pena leer estos diez poemas, estas diez elegías, sobre el ser  humano que -a pesar de verse morir- se siente vivo y que -más allá del desengaño- no ha perdido la libertad de ser.

jueves, 13 de julio de 2017

Silencio, escuchemos el reflejo del verso...

           


         Sigue sorprendiéndome Ultramor. Ahora, en los últimos poemas de la primera parte "Ojos que no ven", Alfonso Brezmes nos habla de la importancia del silencio y de la escucha atenta. Es por esto que  el yo buscador de esperanza, -el propio poeta- antepone el silencio a la escritura. Así dice, 

hoy no quise escribir para escuchar/ 
el dulce percutir de las palabras, /… / 
el corazón de todos los silencios.” 

         Esto es la razón misma y la esencia de la creación, la vocación del poeta, dejar que la palabra llegue en el silencio, en la noche del verbo,  que “es ahora/ el lugar de todos los advenimientos”. (pg. 25). Porque el hecho de escribir está- en un sentido metafísico- en esa otra parte donde “las cosas cambian de lugar/ y las viejas historias recuper(a)n/ la frágil densidad de lo posible.” (pg28).  Por ello hay que salir de la luz para enfrentarla, para dejarse invadir por ella y quedar ciego, como Homero, Borges, o Brezmes, dejando un rastro de oscuridad, en esa “casa sin puertas/ cuyo muros son palabras” (pg.29).

            Después del silencio, viene el escuchar, como dice Bizet, cita con la que arranca uno de los poemas, “todavía creo escuchar/ oculto bajo las palmeras/ su voz tierna y sonora…” Escuchar, y soñar evitando que la mirada se refleja en los espejos porque estos provocan miedo. Sí, mirar en el alma es un atrevimiento que provoca vértigo y el poeta lo sabe por eso mismo es mejor soñar “huyendo de la realidad y sus disfraces” (pg.33). “Frente al espejo hay un hombre, /…ese hombre es el recuerdo/solo proyecta lo que tiene detrás” (pg. 48). Este es el precio de lo impar, del ser uno-único, “despertar y no verse reflejado en el espejo” (pg.51).



            Finalmente, cuando el silencio ha serenado el alma y el oído interno es capaz de escuchar los reflejos del alma entonces el poeta se siente ir, y sueña, mucho más allá del propio estar. Porque no se está se va, y se vuelve. Un continuo moverse con “una moneda/…/ siempre en el bolsillo”. Con una pieza, sin valor, como testigo de lo permanente (pg. 37).  Y en esta acción de idas y venidas, a veces, es el alba- la metáfora del comenzar- quien sorprende en este volver a seguir soñando de “los despiertos”. 
                     “Tardó en llegar el alba silenciosa/ 
                     y nos sorprendió dormidos/ 
                    cuando tú, mi sombra rezagada, / 
                   volvías de regreso ya a tu hogar” (pg. 41), 

             En este hogar poético sólo hay silencio y escucha atenta, porque “el poeta no es de este mundo” (pg.43), pertenece a ese otro mundo donde la imagen es la realidad más pura. El poeta es “el hombre que un día quis(o) ser” (pg. 45). “Siempre sucede así. / La ubicación espacial no es fortuita…/ Todo se funde, la realidad comienza a desdoblarse” (pg. 49). 

               Por esto, importa cerrar los ojos para saber que “estás aquí/…/ Y basta” (pg.53).

miércoles, 12 de julio de 2017

Sufrir el poema.



             La lectura de Ultramor, este nuevo libro de versos de Alfonso Brezmes me lleva por caminos insospechados de la reflexión sobre el ars poetica. Nunca un poemario, como este, me había hecho sentir  tan hondamente la metapoesia, este hecho de hablar de la poesía haciéndola.

            En las primeras páginas del libro Brezmes indica que el poema es como encontrar algo que estaba y se perdió y anota que "donde he perdido algo camino con más cautela". Estas son los primeros versos desde donde el  yo poético empieza a reclamar la presencia del tú lírico para entrar en un dialogo donde se marcan las pautas de la creación. Así , el yo ruega que le espere en un lugar, virgen, donde “el mundo huele aún a recién hecho”. Después, le pide que vaya “dejando guijarros en la niebla” para evitar la confusión del no saber volver; y le exige esconderse “en un pliegue de la tarde para que cuando él, ese yo -como novio esperado- llegue, sea “el tenue resplandor de () las pupilas () el único faro que () guíe/ a los acantilados escondidos/ por donde despeñar () oscuridad”.

             Alfonso Brezmes en estos versos apunta al hecho mismo de la creación. De esta forma, el ir dejando guijarros, pistas para algo que nunca se sabe definitivo, son como los primeros titubeos del verso; más adelante, en el imaginario poético de aguardar en ese punto de “la tarde" es como si el trabajo tuviera llegar a un punto de reposo similar al crepúsculo,  donde  es mejor dejar que el poema repose. Al final,  vendrá la luz, a modo de faro, que no evitará la batalla con los escollos-acantilados-, hasta terminar despejando la oscuridad.  Con estos versos Brezmes parece decir que el poema hay que sufrirlo, batallar-lo.

       La preocupación del poeta, salir de la ignorancia y mantener la luz para seguir buscando “ese lugar () como un templo: / (donde) existe lo posible/…/ el oscuro animal de la esperanza” (pg. 21). El poeta, -ese yo lírico- dice nacer “en un pecio que emergía/…/ con todos los libros que iba a leer, /y los poemas que iba a escribir.”(pgs. 22-23).

              Más adelante dirá, con tonos de nostalgia, que el poeta elige vivir en (una) “ciudad de inviernos…/ para poder soñar lo que (le) falta: /aquella isla, la luz,…/ donde brilla oculto ese tesoro/ que un día enterr(ó)  junto a (la) infancia “(pg. 24).

             Magníficos versos estos de las páginas 22-24 donde se apunta a como despertar de un sueño ( lo poético?), de como nace ( el poema?) en medio de un naufragio. Importante releer estos versos. 

              Gracias Alfonso por traer tanta luz a la palestra de lo poético. 

miércoles, 5 de julio de 2017

Crear buceando en la palabra...

                

                          La primera parte de Ultramor está formada por 34 poemas.  En este apartado, con tonalidades platónicas, el poeta aparece como un ser de búsqueda, alguien que va más allá de lo dado. Al borde mismo de la metapoesía, este capítulo es una especie de breve tratado sobre el creador y sus encuentros con la palabra-luz.

                        Aquí, en los primeros poemas de este “ojos que no ven”, el yo literario comienza preguntándose por el “locus” existencial que conforma el ser, ese que “rema en un mar de plomo” (pg. 13), donde no pretende “pararse”, sino que es donde “revive” y “late/en el dulce formol de las palabras” (pg. 14). Con expresiones como estas, mar de plomo,Alfonso Brezmes  apunta al esfuerzo de trabajar la palabra-, al hecho de la creación, aunque en sus versos diga que “no sabe muy bien por dónde empezar” (pg.15).

             Sí, comienza por la historia misma del poeta, de ese que “inauguró con palabras de miel la época del ruido” (p. 16), transformando la realidad. Un poeta, a lo Proust, para quien el recuerdo se significa en forma de “dulcísima/ y amarga magdalena de la infancia” (pg. 17). Maravillosa expresión que metaforiza el ser del poeta en un tiempo donde todo es impulso. Por otro lado, en el poema siguiente el tiempo, el espacio poético, se transforma en inquietud y búsqueda: El poeta, los poetas son como “nadadores/.../se adentran en el mar/ por el puro placer de deslizarse” (pg. 18). Así dice: 

                              A veces, en la noche, cuando el mundo
                              parece una barcaza a la deriva,
                               los nadadores se adentran en el mar
                               por el puro placer de deslizarse,
                               inmunes al abrazo de la lluvia.

           En definitiva, esta es la actitud del que crea, alguien que disfruta hilvanado palabras, deslizándose en el interior del verbo hasta fundirse en él.  Es como una "Itaca que navega hacia sí misma/hecha de viajeros que la buscan" (pg. 18). Esto es la creación, ésta, la Ítaca poética que Brezmes plasma en estos versos. Una creación en vigilia (en la noche), sin saber por dónde se va (a la deriva), cómo arriba se indicaba.

            Brezmes, en estos primeros poemas deja claro que el poeta sigue una intuición que, necesariamente, madura buceando en lo más profundo, allí donde no se ve y abunda el silencio.  

martes, 4 de julio de 2017

ULTRAMOR. Ojos que no ven, corazón que presiente.



            Ultramor, tercer libro de Alfonso Brezmes después de La noche tatuada y Don de lenguas, editados también por Renacimiento.

            Con este libro Brezmes cambia su forma de con-jugar las palabras construyendo unos versos más directos y profundos dirigidos a los locos (pg.9), como él dice.

            El poemario se abre con una cita de Kafka que más bien parece una declaración de intenciones del propio Alfonso Brezmes. La obra está dividida en dos partes con unos títulos recogidos de la expresión “ojos que no ven, corazón que no siente” que nuestro poeta, sagaz él, cambia en el segundo tramo con la frase “corazón que pre-siente”.  Este cambio de la expresión da idea de esa manera inteligente que Brezmes tienen para hablarnos de una intención más allá de lo que simplemente se observa.

            La primera parte está formada por 34 poemas. Aquí, en este “ojos que no ven”, el yo literario comienza preguntándose por ese “locus” existencial que conforma el ser, ese que “rema en un mar de plomo” (pg. 13), por el que no pretende “pararse”, sino que es donde “revive” y “late/en el dulce formol de las palabras” (pg. 14). Con estas expresiones el poeta arranca aunque diga que “no sabe muy bien por dónde empezar” (pg.15).

            Este primer apartado, con tonalidades platónicas, el poeta aparece como un ser de búsqueda, alguien que va más allá de lo dado. Es una especie de breve tratado sobre el creador y sus encuentros con la palabra como luz.

            Comienza por la historia misma del poeta, de ese que “inauguró con palabras de miel la época del ruido” (p. 16). Un poeta a lo Proust donde el tiempo, el recuerdo, se siente en forma de “dulcísima/ y amarga magdalena de la infancia” (pg. 17).  Este tiempo, este espacio se vuelve inquietud y búsqueda en los versos de unos (poetas), “nadadores”, que “se adentran en el mar/ por el puro placer de deslizarse” (pg. 18). Esta es en definitiva la manera de ser del que crea, alguien que disfruta hilvanado palabras.

            El poeta reclama la presencia del tú lírico al que ruega que le espere en ese lugar, virgen, donde “el mundo huele aún a recién hecho”. A ese tú le pide que vaya “dejando guijarros en la niebla” para evitar la confusión del no saber volver; y le ruega esconderse “en un pliegue de la tarde” para que cuando él, ese yo -como novio esperado- llegue, sea “el tenue resplandor de () las pupilas () el único faro que () guie/ a los acantilados escondidos/ por donde despeñar () oscuridad”. Esta es la preocupación del poeta, salir de la ignorancia y mantener la luz para seguir buscando “ese lugar () como un templo: / (donde) existe lo posible/…/ el oscuro animal de la esperanza” (pg.21). El poeta, -ese yo lírico- dice nacer “en un pecio que emergía/…/ con todos los libros que iba a leer, /y los poemas que iba a escribir.”(pgs. 22-23). Más adelante dirá, con tonos de nostalgia, que el poeta elige vivir en (una) “ciudad de inviernos…/ para poder soñar lo que (le) falta: /aquella isla, la luz,…/ donde brilla oculto ese tesoro/ que un día enterr(ó)  junto a (la) infancia “(pg. 24).

            El yo buscador de esperanza, -el propio poeta- antepone el silencio a la escritura. Así dice, “hoy no quise escribir para escuchar/ el dulce percutir de las palabras, /… / el corazón de todos los silencios.” Es la razón misma y la esencia de la creación, la vocación del poeta, dejar que la palabra llegue en el silencio, en la noche del verbo, en esta noche que “es ahora/ el lugar de todos los advenimientos”. (pg. 25). Porque el hecho de escribir está- en un sentido metafísico- en esa otra parte donde “las cosas cambian de lugar/ y las viejas historias recuper(a)n/ la frágil densidad de lo posible.” (pg28).  Por ello hay que salir de la luz para recuperarla o mejor hay que enfrentarla para dejarse invadir por ella y quedar ciego, como Homero, Borges, o Brezmes, dejando un rastro de oscuridad, en esa “casa sin puertas/ cuyo muros son palabras” (pg.29).

            Después se trata de escuchar, como dice Bizet, cita con la que arranca uno de los poemas, “todavía creo escuchar/ oculto bajo las palmeras/ su voz tierna y sonora…” Escuchar, y soñar evitando que la mirada se refleja en los espejos porque estos provocan miedo. Sí, mirar en el alma es un atrevimiento que provoca vértigo y el poeta lo sabe por eso mismo es mejor soñar “huyendo de la realidad y sus disfraces” (pg.33). “Frente al espejo hay un hombre, /…ese hombre es el recuerdo/solo proyecta lo que tiene detrás” (pg. 48). Este es el precio de lo impar, del ser uno-único, “despertar y no verse reflejado en el espejo” (pg.51).

            Con esto el yo lírico nos lleva a una compresión no del estar sino del ir.  Porque no se está se va, y se vuelve. Un continuo moverse con “una moneda/…/ siempre en el bolsillo”. Con una pieza, sin valor, como testigo de lo permanente (pg. 37). A veces, es el alba- el nuevo comenzar todo- quien sorprende en este volver a seguir soñando de “los despiertos”. “Tardó en llegar el alba silenciosa/ y nos sorprendió dormidos/ cuando tú, mi sombra rezagada, / volvías de regreso ya a tu hogar” (pg. 41), a este hogar donde sólo hay silencio y escucha atenta, porque “el poeta no es de este mundo” (pg.43), pertenece a ese mundo donde la imagen es la realidad más pura. El poeta es “el hombre que un día quis(o) ser” (pg. 45). “Siempre sucede así. / La ubicación espacial no es fortuita…/ Todo se funde, la realidad comienza a desdoblarse” (pg. 49). Importa cerrar los ojos para saber que “estás aquí/…/ Y basta” (pg.53).

            La segunda parte, con 32 poemas, el poeta nos sitúa ante un “corazón que presiente” indicándonos que lo importante es la intuición (deseo) de la realidad, más allá de la propia realidad: “no existe la realidad/ es du deseo el que la hace posible” (pg. 15). Con estas expresiones de texturas metafísicas y platónicas, lo espiritual toma un sentido casi corporal.

            Esta sección, se inicia con una invocación a la señora de las sombra (pg. 57), aquella que frena el tiempo, ese que –inexorablemente- nos acerca al final. El tiempo, nos enfrenta con la realidad más real, aquella que “nos encontró despiertos”-dice- (pg. 59), dejando lo ideal en el sentimiento profundo de una pregunta sin resolver. Estar despiertos en esta realidad confunde dejándonos a merced de una paradoja, la de no ser y ser: “los fantasmas no existen, porque los fantasmas somos nosotros” (pg. 58). El tiempo, ese que el poeta puede detener con un Nevermore,:  “en su palabra todo se det(iene)” (pg.62). Porque la palabra escrita hecha literatura “siempre vence” a pesar de ese sentimiento kafkiano que acompaña a quien escribe: sentirse libre en la cárcel de su ser mismo (ver pg.64).
            El tiempo, que el poeta nos expone en esta segunda parte, es algo más que tiempo cronológico, es el camuflaje “de hechos cotidianos, de pequeños accidentes impalpables/ que poco a poco nos devuelven a la vida” (pg.68). Ese tiempo, se transforma en droga de la noche que “vuelve/ con su dosis exacta para hundirse/ en la tinta sedienta de palabras/ y con ellas iniciar sobre el papel/ su viejo ritual de apariciones” (pg.69). Es en la noche y en sus silencios donde “todo lo que no soy yo-dice el poeta- llega a mí y me señala” (pg.70).

            Este tiempo ideal reafirma, se encuentra en el recuerdo, y el poeta lo sabe, considerándolo un “peso invisible”, un “extraño pasajero” con el que se “viaja hacia el ayer, /sentado en un asiento de tercera” (pg.75). Sí, el recuerdo, ahora memoria, que el yo literario reclama: “Ven,…, habítame, /olvida ya sus ritos fúnebres/ y dispón sobre la mesa/ ese ceremonial de exhumación/ con el que invocas a los muertos.//….// Habla,…, cuéntame/ otra vez mi vida…” (pg. 77). Porque es en la memoria, dice el poeta, donde hay que crear la realidad (el mundo ideal). Así, con el más puro instinto platónico indicará que “aquí solo es posible: allí tan solo puede ser real” (pg.78). Para el poeta todo es reflejo: “las llamas sobre el juego de té…// El sol sobre tus gafas…//…//mi pálido fantasma en la pantalla…” (pg.81) A pesar de todo, en este vivir imaginado, soñado, siempre hay un día después, “un instante en el que gira el mundo//…y nuestra mirada encuentra al fin otra mirada, / y la vida logra de este modo detenerse, /y el corazón puede por un tiempo descansar” (pg.82). Ese es el corazón que el poeta del misterio y del terror romántico, Edgar Allan Poe, entrega “al que va a nacer” (pg.83). Porque el poeta está naciendo a una nueva forma de crear y mirar lo que le rodea.

            Junto al tiempo, los sueños, esos que los poemas emplean (pg.71), esos donde el poeta está “sumergido” y desde donde tiene que emerger y “salir afuera” a rescatar (¿la intuición poética?). El sueño del poeta le lleva a considerar la realidad centaurina de ser hombre-animal. Un binomio que el yo literario subraya al decir “que siga durmiendo / el antiguo animal que me habita /para que, cuando logre salir, / sea yo también el que salga/…/ y alguien dirá que nos vio/ claveteando de pasos la noche, fundidos en una sola montura” (pg. 85). Estos versos recuerdan la imagen de Sagitario donde el instinto y la razón traban una lucha constante. Será esto lo que quiere decirnos el poeta, que hay que superar esa lucha donde la razón (parte de la realidad) quiere sofocar el instinto –la intuición-. Por esto, en esta segunda parte del poemario, importa soñar, intuir, dar luz a la razón ideal. El poeta sueña, imagina lugares “que, de tanto imaginarlos, / poco a poco se desplazan, / hasta aparecer un día/ en otro punto del espacio.” Es vital estar “donde otros nos sueñan/ y nunca estemos aquí/ donde nadie nos nombra” (pg.87).

            Termina la segunda parte con un “aviso a navegantes” donde la realidad nombrada es el silencio, ese lugar existencial, donde el poeta sabe “no decir”, y aprende “a escribir…/ a yacer callado en las palabras.” Esta es la esencia de la creación, este es el hábitat del poema: El silencio, “donde los pájaros se posan/…/ con la emoción apenas contenida/ de aquello que está a punto de decirse” (pg. 90).

            Esto es Ultramor, un haber de ausencias, de batallas, de paisajes nevados, de suburbios donde duermen los niños vagabundos”, un “museo muy blanco del que escapa/un pequeño ladrón de guante negro/que lleva bajo el brazo tu retrato” (pg.93). Ultramor, la historia de un deseo poético que lucha entre el aquí y el allí dejando que el sueño frene el chronos, permitiendo que el ser nuevo surja hasta que la luz interior gane. Así es ese ser de “ojos que no ven”, el poeta, capaz de mirar otra realidad (imagen). Alfonso Brezmes lo sabe. Sí, sabe que el tejedor de palabras-el poeta- tiene un “corazón que presiente”, que intuye, por encima del tiempo, dejando que la realidad ikónica –presentida- supere a la propia realidad. Este hecho se da a entender en los versos de Ultramor haciendo ideal, bello, todo lo que mira.


            Brezmes ha trazado en este libro un gran poema sobre el hecho mismo de la creación. Al contrario de John Keats, en su “belle dame sans merci” (mujer sin piedad) donde el amor y la muerte están siempre presente, nuestro poeta resuelve con sus versos lo terrible del “aquí” con la esperanza de la luz, con la palabra escrita. Esto hace que esa realidad imaginada (ver pg. 58) mantenga al poeta en constante vigilia, despierto, recreado el Jardín primigenio, dándole sentido a vivir. Se recomienda Ultramor a todos aquellos que perdieron la ilusión y dejaron que sus sueños murieran en el ruido del aburrido cotidiano. 


ULTRAMOR. Alfonso Brezmes. Editorial Renacimiento. 2017

MIS VISITAS AL MUNDO

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Tiene Lisboa sonidos de agosto